Thursday, 28 January 2021

 DEVOCIONES DE ADVIENTO Y NAVIDAD.

 

PRIMERA SEMANA DE ADVIENTO - DOMINGO

 

He aquí, tu Rey viene a ti, manso… (Mateo, 21.5)

 Hay un Rey y Señor que es Rey de reyes y Señor de señores. Es Jesucristo, de quien Dios dice. ‘¡Yo he puesto a Mi Rey en Sión, Monte de Mi Santidad!’ (Salmos, 2.6.) A Él ‘Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un Nombre que es sobre todo nombre; para que ante el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre’ (Filipenses, 2.9-11.)

 Este Rey viene a ti, así como eres de pecador. Llega a ti ahora, cuando lees u oyes esta devoción, porque siempre está presente en donde está Su Palabra, y esa Palabra se te presenta ahora.

 Y viene a ti manso, no en juicio o para condenarte, sino para perdonar tus pecados y decirte así que eres un hijo querido de Dios, y goces, eternamente, de la bienaventuranza del cielo. ‘He aquí’, dice Él, ‘Yo estoy a la puerta y llamo’ (Apocalipsis, 3.20.) Haciendo esto, no acude a tu decisión, mas la promueve.

 Presta atención a Su voz y no resistas a Él en tu corazón, hombre mortal. Quienquiera que seas, Él viene a ti porque desea ser tu Salvador. Llega a ti, que conoces el consuelo que sólo proporciona la fe salvadora. Por eso, con gozo, salúdale, y cree en Él, sabiendo que le necesitas a cada paso del camino de la vida. Él viene a ti aun cuando supongas que tu fe es débil o puedas estar preguntándote si Él aún desea ministrarte como a uno de los Suyos. En verdad, te ama, no lo dudes jamás. Sí, y viene a ti, que tal vez te has apartado de Él para servir al pecado. Aún a ti, con misericordia, quisiera Él atraerte, porque vino a esta tierra para buscar y salvar a los pecadores. Entonces, quienquiera seas, une tus manos para suplicar.

 

 LUNES

 Cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén. (Romanos, 9.5)

 ¿Quién es este Rey a quien Dios ha instalado y ante quien toda rodilla debe doblarse? ¿Quién es Aquél de quien dicen las Escrituras. ‘He aquí tu Rey viene a ti, manso’? ¿Quién es el que quisiera que fueras Suyo; rescatarte de la culpa y la condenación que resultan de tu pecado; y quiere que goces para siempre de su bienaventuranza? ¿Quién es Jesucristo? Nació en Belén de Judea hace dos mil años, como un descendiente directo del Rey David, que vivió mil años antes de él. David, a la vez fue heredero de Abraham, Isaac y Jacob, los antepasados del antiguo pueblo de Israel, de modo que en cuanto a linaje, era israelita. Por este pueblo pasa la genealogía humana de Cristo. Esto se refiere a la naturaleza adámica de Jesús. En términos de Su naturaleza humana, Jesucristo es Nazareno, de la Galilea. Sin embargo, además de Su naturaleza humana, Cristo también posee una naturaleza divina. No es solamente un hombre, sino como dice nuestro texto. ‘Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.’ Él es Dios en la carne. En Su Persona, Cristo no pertenece a ninguna etnia, raza o nación, ya que Él es Dios en la carne.

 Es cierto, esto es algo único y maravilloso. Es lo que la Biblia enseña - no sólo en la Epístola a los Romanos, sino en todas las Escrituras de ambos, el Antiguo como el Nuevo Testamento. Además, esta ha sido la confesión de la Cristiandad, desde el principio. ‘Creo en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María Virgen.’ Lutero también confesó esto en su explicación del Segundo Artículo del Credo Apostólico. ‘Creo que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la Virgen María, es mi Señor.’

 Dios es Uno, en esencia, propósito, justicia y misericordia. De este único Dios, sin embargo, se revelan, el Padre, el Hijo y Su Espíritu Santo. ¡El Hijo se hizo hombre para buscarte y salvarte, hombre mortal! Tienes que buscarlo allí en donde puede ser hallado, en Su Palabra, en la Biblia, y en Sus Sacramentos. Allí tu fe recibirá seguridad.

 

MARTES

 Mas venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito á la ley, Para que redimiese á los que estaban bajo la ley, á fin de que recibiésemos la adopción de hijos. (Gálatas 4.4, 5.)

 ¿Qué significa ‘bajo la Ley’? La referencia aquí es a la Ley de Dios como se expresa en los Diez Mandamientos, los que aprendimos cuando niños. Y estás bajo esta Ley porque Quien la promulgó fue Dios, tu hacedor. Tiene un significado pavoroso el que tú y todos los hijos de Adán, estén bajo esa Ley, ya que Dios exige la muerte de quienes no la guardan perfectamente. Como pecador, sabes que no has guardado la Ley de Dios; de hecho, eres incapaz de guardarla como Él ordena que se la guarde. Esto quiere decir que esta Ley te condena ahora mismo, y para siempre. No importa lo que hagas, no puedes cambiarlo.

 Pero Dios sí lo puede hacer. Porque cuando vino la plenitud del tiempo, el tiempo que el Dios sabio había fijado en la eternidad, envió al mundo a su Hijo Unigénito, haciendo que nazca de una mujer, la Santa Virgen María; y lo situó bajo la Ley divina, de la misma manera en que tú y yo y todos los hombres lo estamos. Debería guardar a la perfección esa Ley, algo que sólo Él podía — lo que efectivamente hizo. Libremente aceptó la pena y el castigo de la Ley, que maldice a los pecadores. ¿Por qué? Porque como Substituto y Garante de la humanidad pecaminosa, común a todos, pagó la deuda, sufrió el castigo, para que nosotros, creyentes, gozáramos el pleno derecho de los hijos de Dios. ‘Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; El castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados.’ (Isaías, 53.5.) Él es ‘el Cordero de Dios que lleva el pecado del mundo.’ (Juan, 1.29.) ‘Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición.’ (Gálatas, 3.13.)

 Jesucristo lo hizo por ti, pecador. ¿No estimarás con gozo este Sacrificio en tu amparo? Si es así, ya no estás bajo la Ley, mas te has recobrado de ella y eres un amado hijo de Dios.

 

MIÉRCOLES

 Engrandece tu boca, y la colmaré. (Salmos, 81.10)

 Las pequeñas aves murieran de hambre si sus padres no buscaran comida para ellas y las alimentaran. Las hemos visto esperando que ellos regresaran; y luego, ya impacientes, estirando el cuello para recibir el alimento que se les ofrece. Las aves adultas no se cansan de buscar este alimento, ni desestiman el alimentar a sus crías.

 Cristiano, de manera semejante, Jesucristo, tu Rey, el poderoso Hijo de Dios, quisiera alimentarte. Él, quien con Su vida perfecta y Su amargo sufrimiento y muerte te redimió para que ya no estuvieras bajo la maldición de la Ley, viene a ti una y otra vez, manso y preocupándose por esa nueva vida en ti, y con el deseo de alimentarla y preservarla. ¿Qué es lo que Él ofrece y da? En primer lugar, el perdón de todos tus pecados — a diario y en abundancia, de modo que ninguno de ellos ponga en peligro tu salvación. Junto a la clemencia, hay la adopción en la familia de Dios, la seguridad de que eres hijo de Dios, y heredero del cielo. Con Su Palabra y en ella también te da Su Espíritu Santo, quien revela a Jesús como tu Salvador, dándote confianza en Él, y haciendo que recibas con gratitud Sus dones y que te goces en ellos. Él despierta tu fe y te preserva en ella por los Medios de Gracia, la Palabra y los Sacramentos. Tu Salvador viene a ti con ternura y acompañado por Su misericordia y Su fidelidad, conduciéndote durante tu paso terrestre, hasta que tomes el galardón final, la salvación de tu alma y la resurrección de entre los muertos. Sí, en esta vida, tu Redentor te hace conocer el amor y el alivio que necesitas, de los cuales comerás y beberás en tiempos de tribulación. Finalmente, cuando llegue la hora de tu muerte, Él estará allí para llevar tu alma y esconderla en Él. Y luego, en el Día del Juicio, resucitará tu cuerpo del polvo y lo glorificará, dándote la plenitud de la vida y la felicidad eterna.

 Te pregunto, ¿permitirás que las crías en el nido te avergüencen con su ansiedad en recibir un alimento que perece? ¿Cuando tu Salvador viene para ofrecerte comida celestial, la rechazarás? No lo hagas. Abre por completo tu alma y deja que Él la colme, para que con fe y confianza tu corazón se inunde de alabanza y bendiciones al Cordero.

 

JUEVES

 En todo lugar donde Yo hiciere que esté la memoria de Mi nombre, vendré á ti, y te bendeciré. (Éxodo, 20.24)

 En las meditaciones recientes, mencionamos que Jesucristo, el Hijo Eterno de Dios, te libró de la maldición de la Ley, pues Él se sujetó a esa Ley, para ser perfecta ofrenda por el pecado y redimirte por medio de Su muerte. También dijimos que este mismo Jesús aún viene a ti con Su gracia para ofrecerte el perdón y todo lo que necesitas para tu eterna salvación. Tal vez pienses, ‘¿Dónde está?’ Y ‘¿Cómo vendrá a mí?’ ‘¿Cómo puedo estar seguro de Su presencia y de Sus dones?’ Hay respuesta para estos interrogantes en ciertas palabras de Dios reveladas al Antiguo Israel. En el libro de Éxodo leemos, ‘En cualquier lugar donde Yo haga que se recuerde Mi nombre, vendré a ti, y te bendeciré.’

 Algunas palabras sobre esto. Sabes que luego que Jesús obtuvo la redención de Adán, resucitó de entre los muertos al tercer día, ascendió al cielo, y ahora está sentado a la diestra de la gloria de Su Padre, mediando en el Santuario por nosotros. Sin embargo, esto no significa que Él esté lejos de nosotros. ¿No es cierto que dijo a Sus primeros discípulos, ‘He aquí, Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’? ¿Y en otra ocasión. ‘Porque donde dos o tres están congregados en Mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos’? Sí, como Cristo es Dios, de un modo que la razón caída no alcanza, REALMENTE está presente. En dondequiera que Él haga que se escuche Su Palabra, dando honra a Su Nombre; en cualquier sitio donde se administren Sus Sacramentos, el Santo Bautismo, la Santa Absolución y el Santísimo Sacramento del Altar, allí Él también está presente, y viene a los que participan de Su Palabra y Sus Sacramentos. ‘En todo lugar donde Yo hiciere que esté la memoria de Mi nombre, vendré á ti, y te bendeciré’, dice. Y también te dará todo lo que te promete en esa Palabra y en esos, Sus Sacramentos. Dios se relaciona contigo en la Sangre de Cristo, en el perdón de tus pecados. Dios sale a tu encuentro en Sus Medios de Gracia, la Palabra externa y los Sacramentos. Búscalo, pues, donde puede ser hallado.

 Recuerda, Sus promesas son puras bendiciones. En el Sacramento del Altar, tienes el momento y el lugar donde más próximo a Dios estarás en esta tierra. Por las palabras de institución, el cuerpo del Cordero de Dios, sacrificado y herido, de modo sobrenatural, reposa sobre el altar, ante la adoración de los fieles, para dar el perdón y declararte limpio de tus pecados, y completo delante de Dios, en tanto marchas por la fe de Jesús guardando los Mandamientos de Dios.

 Acepta con confianza y gozo aquello que Él te ofrece cuando viene a ti en Palabra y Sacramento. No te desilusionarás: puedes depender totalmente de Él y de Sus dones.

 

VIERNES

 Y sacándolos fuera, les dice, Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y ellos dijeron. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y toda tu casa. (Hechos, 16.30-31)

 Las personas que buscan la salvación preguntan, con frecuencia, ‘Cuando Jesús viene a mí y me da todo lo necesario para mi salvación, ¿qué es lo que yo, de mi parte, tengo que hacer para ser salvo?’

 Consideremos esa pregunta. Dime, amigo, ¿qué es lo que hace una oveja perdida cuando el pastor la busca y la encuentra y la lleva a casa sobre sus hombros? ¿O prefieres una comparación que tenga que ver con un hombre? ¿Qué hizo el hombre que había caído en manos de robadores, y quedó allí, agonizando en el camino, cuando el Buen Samaritano llegó, vendó sus heridas, lo llevó a un mesón e hizo arreglos para su cuidado? Di, ¿qué es lo que hizo? De hecho, ¿qué es lo que podía hacer? Él no tuvo obra alguna. El Buen Samaritano se ocupó de todo.

Reconoces, pues, que nada hay que puedas hacer para tu salvación. Gracias a Dios, el Buen Samaritano, Cristo, lo hace todo. Desespera de tus propios esfuerzos y depende completamente de tu Salvador. Eso es lo que debes hacer en este asunto vital. Oíste al carcelero preguntar con temor y desesperación, ‘Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?’ Y sabes lo que respondieron Pablo y Silas. ‘Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, tú y tu casa.’ Es como decir. ‘Tú no puedes hacer nada por ti mismo, pero confía en el Señor Jesús para que Él lo haga.’ Esto está de acuerdo con lo que explicó Jesús a Nicodemo. ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.’ (Juan, 3.16.) Toda la Escritura contiene el mismo mensaje, de una forma u otra. Porque el Señor Jesús viene a ti y te trae y da todo lo que necesitas para tu salvación, confía en Él y vivirás para exaltarlo. De hecho, cuanto más vil hayas sido, cuanto más desesperada sea tu condición, tanto más se te llama a confiar en Él y sólo en Él, que vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Ya estás redimido para Dios en cuanto a Él concierne, puesto que Su Hijo, con Su vida santa y Su sufrimiento y muerte ha expiado el pecado del mundo, y eso incluye tu pecado, —y quiere salvarte. ¿Huirás de Él para tratar de preservarte tú mismo? No lo hagas. Más bien pídele que te salve con Su Espíritu y Su Palabra, para que tu corazón no caiga en el error, mas busque todo su auxilio en la gracia de Cristo.

 

SÁBADO

 Y ahora, hijitos, perseverad en Él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de Él en Su venida. (1 Juan, 2.28)

 ‘He aquí, tu Rey viene a ti, manso.’ Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de la Virgen, quien te ha redimido de la maldición de la Ley cuando fue hecho maldición en tu lugar, al tomar tu sentencia y castigo sobre Él, viene a ti en Su Palabra y en los Sacramentos, trayendo y dándote todo lo que necesitas para ser salvo. Y no hay nada que tengas que hacer más que recibirle, a Él y sus dones, en fe, y confiar en Él.

 ‘Ahora, hijitos,’ dice el Apóstol Juan, ‘perseverad en Él; para que cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de Él en Su venida.’ Sí, el Señor Jesús vendrá otra vez, y será visible a todo ojo, para juzgar a los vivos y los muertos. Todo aquel que al final de su vida, o en el fin del mundo, sea hallado en la fe, tendrá gran gozo. Pero el que no vivió en la fe de Cristo, será avergonzado cuando Él venga. ¡Por tanto, hijitos, permaneced en él! Él mismo nos dice. ‘Si vosotros permanecéis en Mi Palabra, seréis verdaderamente Mis discípulos.’

 Mientras vivamos en esta tierra corremos el riesgo de menguar en la fe de Jesús, o de, ‘perderlo de vista, mermar nuestra fe en Él.’ Esto sucede porque nuestro corazón es perverso e infame y en todo tiempo proclive a seguir los caminos que él mismo escoge. También, el mundo incrédulo con sus tentaciones y amenazas quisiera que siguiéramos la ancha senda que conduce a la destrucción. Y no olvidemos que hay un antiguo y vil enemigo, Satanás, que busca apresarnos con innumerables engaños y persuasiones. Por tanto, hijitos, permanezcan en Él, es decir: seguid confiando en Él, vuestro Salvador, y oyendo Su Palabra, y aprendiendo de ella.

 Para que Sus ovejas, Sus creyentes, no perezcan en el camino, ni sean arrebatadas de Su mano, mas lleguen seguras al hogar celestial, el Señor Jesucristo mismo las guardará. Él y no otro es quien ha prometido hacer esto. ‘Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de Mi mano.’ (Juan 10.28.) Puedes confiar en eso. También puedes pedir que lo haga, porque Él lo ha prometido. Y luego, en Su poder, bajo Su protección y con Su mano, sosteniéndote, será posible, con arrojo, dar batalla a tus propias tendencias maliciosas, en un mundo que es hostil a Cristo, y, de hecho, lograrás también luchar contra el diablo. En la Palabra de Dios están disponibles las armas espirituales, y con el Campeón de Dios se compartirá el triunfo. Así que, toma la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios (Efesios 6. 17.) ‘¡Hijitos, permaneced en él, vuestro Redentor!’

 

SEGUNDA SEMANA DE ADVIENTO

 DOMINGO

 Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad Mi yugo sobre vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga. (Mateo, 11.28-30)

 Jesús es quien habla. Y no ha cambiado de opinión desde que habló estas palabras. Las dirige a todos los suyos. Extiende Sus brazos y quiere reunirnos alrededor de Su Persona, así como el ave recoge a su cría debajo de las alas.

 ‘Venid a Mí,’ dice, sin excluir a nadie, y mucho menos a ti que ahora escuchas estas palabras. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados.’ Todos estamos cargados con el pecado y sus consecuencias, la miseria que causa en nuestras vidas y las de los demás, y con la muerte, que es la paga del pecado, y la amenaza de la condenación. También nos sentimos exhaustos al intentar combatir el pecado con nuestras propias fuerzas, sin volvernos a Jesús. Al fracasar, o quitar nuestra vista del pecado, y poner nuestros corazones en las cosas del mundo, que no compensan, o saturados con nuestras caídas, buscamos hacer algo con nuestras fuerzas, sólo para darnos cuenta de que esto es imposible. Así que no sorprende que el pecado sea una penosa carga. Por ello Jesús ofrece quitar esta carga de nosotros. Si prestamos atención a Su llamamiento y venimos a Él en fe salvadora, hallaremos descanso para nuestras almas — porque Él perdona nuestros pecados, da descanso a nuestras conciencias, y, finalmente, nos llevará a estar con Él para siempre.

 Ah!, pero también dice, ‘¡Llevad Mi yugo sobre vosotros!’ ¿Otra carga? No resistas ese yugo, Su yugo. El yugo de Cristo no es sino vivir bajo Él en Su Reino y servirlo, aprendiendo de Él cómo ministrarle y llevar, así, con voluntad y entereza, la Cruz que Él nos concede para nuestro beneficio. No temas por este futuro, porque Cristo no es un Señor áspero y altivo; es manso y humilde de corazón. Es tu amigo, de trato amable y benigno, Uno que sonríe contigo, y que contigo llora. Precisamente bajo Su yugo, en el reino y el servicio de Cristo hallarás descanso para tu alma: no hay verdadero descanso en ninguna otra parte, ni aquí, en el tiempo, ni en la eternidad. Cristo promete. ‘Porque Mi yugo es fácil, y ligera mi carga.’ Los Cristianos que creen esto le sirven y llevan su Cruz, porque saben que su fin seguro es la vida eterna.

 

LUNES

 Palabra fiel y digna de ser recibida por todos es esta: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. (1 Timoteo, 1.15)

 Cuando Cristo dice. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados’, está dirigiendo estas palabras, especialmente, a los infecundos por su iniquidad. De hecho, el pecado es la carga más pesada que puedes llevar, porque toda otra carga que el hombre deba sufrir, de una forma u otra, es resultado y paga del pecado. Jesucristo no sería un verdadero Salvador si sólo quitara las consecuencias temporales de nuestro pecado, pero no su culpa. Él desea quitar la carga angustiante del pecado; quiere salvar a los pecadores. Con este fin vino al mundo, como Él mismo lo afirma.

 Su amargo sufrimiento y muerte es la mejor prueba de esto: porque en la Cruz Él llevó el castigo de los pecados como Substituto y Garante de pecadores contritos. Durante Su permanencia en esta tierra, Sus palabras y acciones lo hicieron evidente. Él también vivió una vida perfecta para que Dios no tome en cuenta tu iniquidad. Sólo un ejemplo entre muchos. A Mateo, uno de los Publicanos, hombre de pésima fama, Jesús dijo: ‘¡Sígueme!’ Y en esa cena en casa de Mateo, a la cual fueron como invitados Jesús y Sus Apóstoles, hubo muchos Publicanos y mucha otra gente, pecadores notorios. Cuando los Fariseos advirtieron la circunstancia, se opusieron a los seguidores de Jesús, diciéndoles; ‘¿Por qué come vuestro Maestro con Publicanos y pecadores? Al oír esto, Jesús les dijo. ‘Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.’ Es evidente que Jesús invita a los pecadores a venir a Él, y que los busca sinceramente para salvarlos (de sí mismos y de su pecado, por el cual deberán responder en el Día del Juicio si no aceptan el perdón de Dios.)

 Sí, buen amigo, Jesús te llama, así como eres de pecador, y te busca con la mejor de las intenciones. No imagines que porque el mundo no te vea como a un pecador notorio, semejante a los Publicanos de los días de Jesús, no necesitas a un Salvador. Tal vez por la gracia de Dios no cometiste pecados viles. Pero es seguro que ignoras la verdadera condición de tu corazón, si conjeturas que no necesitas de un Salvador. Por otro lado, si eres un disoluto, un miserable sin retorno, y has pecado repetidamente contra Dios y tu conciencia, aun así no pienses jamás que la invitación de Cristo no sea para ti, o que Él no te esté buscando. Cristo no llama a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento. Pagó por el pecado del mundo, común a todos: pagó por tus pecados. Acepta ese pago.

 

MARTES

 Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores. (Isaías, 53.4)

 Como notamos ayer, cuando Jesucristo dice. ‘Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar,’ Él piensa substancialmente en la carga del pecado. Quiere quitarla de nosotros y darnos descanso para nuestras almas. Pero hay otras cargas que nos oprimen y nos cansan; la enfermedad, problemas de toda clase, la muerte, y el Juicio Final de Dios. Todos éstos de alguna forma u otra son consecuencias del pecado. Si Jesucristo nos quita el pecado, también seguramente quiere hacer algo para aliviar sus consecuencias. Esto quiere decir que podemos acudir a Él también con estas cargas buscando alivio.

 Consideremos hoy la enfermedad y el dolor. Son castigos por el pecado; son una parte de la muerte que es la paga del pecado (Rom. 6.23.) Cristo no sólo llevó por nosotros nuestros pecados, sino también el castigo de ellos. ‘El castigo de nuestra paz fue sobre él,’ como profetizó Isaías. Y en el versículo anterior, el mismo Profeta dice. ‘Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.’ ¿Cómo puedes dudar en venir a Cristo con la carga de tu enfermedad y dolor, para buscar alivio, cuando tu Salvador también ha llevado esta carga por ti? Y ahora piensas. ¿Quitará de inmediato esta enfermedad, o me dará el alivio en alguna otra forma? Toma esto con seriedad.

 Si vienes a Jesús con fe, como un pobre pecador, en ese momento Él perdona todos tus pecados, y te hace un hijo de Dios y heredero del cielo. Si entonces ponderas tu enfermedad y tus dolores, ya no serán un castigo y una señal de la Ira de Dios, sino una disciplina saludable y correcciones que la mano misericordiosa y fiel de tu Salvador te allega para tu eterno bien. Él no actúa como un juez severo y airado, sino como un médico compasivo y amistoso, que envía la medida necesaria de enfermedad y dolor para que estés presto para una vida con Él en el cielo. Al corregirte y disciplinarte así, actúa con simpatía y amor como un padre lo haría con el sufriente hijo. Por Su Espíritu, confirma que esto es así en Su Palabra, para que, consolado, puedas confiar en Él en medio de toda tribulación. Promete no asignarte un peso mayor del que puedas soportar; y toda carga que lleves, Cristo te fortalecerá, para sobrellevarla. En el tiempo que Él escoja, restaurará tu salud, o lo hará a la perfección y eternamente cuando estés con Él en la casa del Padre.

 MIÉRCOLES

 Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. (Mateo, 16.24)

 Si padeces alguna tribulación o angustia, seguramente es para ti la invitación de Jesús para que a Él vayan todos los que están cargados y cansados, para recibir alivio. Acude a Él y confía en la promesa de Su Palabra, y conocerás Su fidelidad y Su consuelo.

 Pero no imagines que te promete una vida fácil y agradable en esta tierra. La vida gozosa se reserva para los seguidores de Cristo en la Nueva Jerusalén. Para esta vida se aplican las palabras de Cristo. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su Cruz, y sígame.’ Quiere decir que si deseas ser Cristiano y hallar tu salvación en Cristo, tu viaje a será el camino de la Cruz, marcado con dolor. Tienes que conformarte con esto — lo cual requiere negarte a ti mismo. Tu carne, o naturaleza pecaminosa, que rechaza el sufrimiento que Dios te envía, tiene que ser acallada, y debes aceptar toda aflicción que tu Padre celestial no te ahorre. Te será posible si mantienes tus ojos fijos en la vida del Salvador y lo sigues. Pablo y Bernabé dan testimonio del hecho de que ‘es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.’ (Hechos 14.22.) Recuerda, Cristiano, que tu viaje al hogar celestial te lleva a través de un mundo corrupto. Aquí el diablo, el príncipe de este mundo, guarda hostilidad a los fieles porque ellos son seguidores de Cristo. Y los hombres que sirven al diablo no son menos hostiles, por cierto. Además, los Cristianos tienen un enemigo que habita su naturaleza, su corazón malo, que siempre está listo para tomar la senda ancha, la que lleva a la ruina. Cristo hace que los Suyos encuentren tribulación y dificultades, especialmente a causa de este enemigo interior, para que él sea combatido y sometido. Es cierto, como leemos en Hebreos 12.11. ‘Es verdad que ningún castigo al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza.’ Sin embargo, la Cruz y la dificultad son necesarias.

 ¿Pero, si es así, dónde está el descanso prometido?

 Tu Salvador, que sacrificó Su vida santa por tus pecados, se encargará de que puedas llevar tu Cruz, y hará que ello te beneficie. Está listo para consolarte y fortalecerte con las promesas que están escritas en Su Palabra. Recuerda, Él es quien está a cargo de esa Cruz, en todo tiempo, y el Espíritu Santo acompaña y fortalece la proclamación y lectura de esa Palabra. Así como el aire te rodea y sostiene tu vida, así, en una medida aún mayor, la gracia de Dios y Su Espíritu vivificante te envuelven, siempre. Así, todo lo que halles, sea cual fuere su origen, primero enfrentará esta gracia de Dios, y al hacerlo se transformará en bendición y servirá para tu bienestar eterno (Romanos 8.28.) Dios te lo asegura; no lo olvides jamás. Cuando más lo pienses, más alivio y fortaleza hallarás bajo la Cruz que Dios te impone; y estarás siempre dispuesto a tomar el yugo de Cristo y Su Cruz, y a seguirlo con fe salvadora.

 

JUEVES

 Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá. (Juan, 11.25)

 Tarde o temprano, en un momento que desconoces, Ah!, hombre perecedero, te sobrevendrá la muerte. Entonces abandonarás para siempre este mundo y todo lo que hayas valorado aquí. Tu cuerpo quedará aquí, pero sólo por un tiempo, mientras se consume y deviene polvo. ¿Y tu alma? ¿Qué será de tu alma, y qué le sucederá? ¿Hay alguien entre los sabios de esta tierra que pueda responder estas preguntas? - De seguro, la muerte y el morir no son cosas sin importancia. La muerte, la paga del pecado de la humanidad, a ciencia cierta es un pesado bagaje para que alguien lo soporte.

 Pero sabes lo que dice Cristo. ‘Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.’ Sí, aun cuando agonicemos, nos ofrece alivio y descanso. Sin embargo, habrá que confiar en Su Palabra, así como lo hizo el oficial del rey, en el Evangelio de Juan, (4.49.) Confiando en Su Palabra, partirás de esta vida sin desolación y conocerás el descanso y la vida que Él promete.

 Escuchemos una vez más la promesa. ‘El que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá.’ CREER EN ÉL quiere decir creer que Él es tu Salvador que fue castigado por tus pecados en la Cruz del Gólgota. Y cuando venga la muerte para terminar con tu vida, por el Sacrificio de Cristo para ti, podrás decir confiadamente. ‘Viviré, porque así lo prometió mi Salvador. Yo sé en Quién he confiado.’ De hecho, aunque tu cuerpo muera, tu vida permanece, y duerme, escondida en Cristo, en vivo y bienaventurado sueño; y serás levantado en el día de la Resurrección. Jesús dice, en Mateo, 10.28. ‘Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.’ No temas a los perseguidores terrenales, mas bien teme tú las consecuencias del Juicio Final, si no has creído en el Salvador.

 Hubo un Cristiano llamado Esteban. Los Judeanos lo lapidaron a muerte por su fe en Jesús. Cuando las innumerables piedras abatieron su cuerpo, y se le iba la vida, clamó al Señor, en el poder del Espíritu Santo, y dijo. ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu.’ – Así el Señor Jesús recibirá tu espíritu cuando mueras. Confía en ello.

 Así San Pablo escribe a los Filipenses: ‘teniendo el deseo de partir y estar con Cristo’ (1.23.) No existe ninguna razón por la cual el Cristiano deba temer la muerte. Si crees en Cristo, en tanto esta vida es cada vez más difícil para el creyente, tú también desearás partir para estar con Él; y como Pablo, podrás decir; ‘lo cual es muchísimo mejor.’

 ¿Qué dijo Jesús al ladrón que estaba junto a Él en la Cruz? - ‘De cierto te digo hoy, estarás conmigo en el Paraíso.’ Sí, al despertar en la Aurora de la Resurrección, estarás con Jesús en el Paraíso.

 En Apocalipsis, 14.13, Juan escribe. ‘Oí una voz desde los cielos, que me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor.’ - ‘De aquí en adelante’, esto es; a través de tu muerte, gozarás la bienaventuranza, si mueres en el Señor, creyendo que Él es tu Salvador.

 Dime, ¿no es esto un bálsamo y consuelo en medio de la muerte? Piensa en esto: vas a vivir, no a morir, vivir para siempre. Muerto, permanecerás como en bienaventurado y viviente sueño, hasta la felicidad eterna de la resurrección; y esto será para ti como un abrir y cerrar de ojos. Seguramente este es un gran lenitivo ante la muerte. Olvida toda pregunta inútil sobre cómo será nuestro estado después de la muerte. Ningún hombre puede contestarlo con exactitud y Dios tampoco responde en Su Palabra. Aprecia lo que tu Salvador te dice, y cuando recibas la bendición de Sus promesas, ya no habrá más preguntas. Solamente alegría sin fin.

 

VIERNES

 De cierto, de cierto os digo. El que oye Mi Palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. (Juan, 5.24)

 Bajo la carga de nuestros pecados, en la enfermedad y el dolor, en la angustia y la tribulación y seguramente cuando reposemos en el Señor, acudimos a Jesús con fe, porque Él quiere darnos alivio y descanso. Hemos reflexionado sobre esto toda la semana. Pero queda algo más que debemos considerar. ¿Te preguntas qué es? - El Día del Juicio.

 Dios ha establecido un día, que ni los ángeles ni los hombres conocen, el último día del tiempo, el Día del Juicio. En ese día el Señor Jesús, con gran poder y gran gloria, en compañía de todos los Santos Ángeles, descenderá visiblemente desde el cielo. Todos los que hayan muerto resucitarán, y el cielo y la tierra pasarán. Luego todos los hombres serán conducidos al trono del Juicio de Jesús para que cada uno reciba lo que ha hecho en su cuerpo, sea bueno o malo (2 Corintios 5.10.) Todo aquel que sea hallado culpable irá al tormento eterno; los absueltos pasarán a la vida eterna. ¿Cuál será tu destino?

 Escucha las palabras del Señor Jesús una vez más. ‘Amén, amén os digo. El que oye Mi Palabra, y cree al que Me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.’ Aún ahora, seguramente tienes la vida eterna si oyes y crees lo que dice Jesús. ¿Cuál palabra de Jesús? Su palabra acerca de la redención que ha obtenido para ti y para todos, en términos de fe, ese perdón de pecados y la vida eterna que Él da con tanta bondad. Si crees en ese mensaje de salvación, el cual junto a Su Padre celestial te promete y extiende, entonces son perdonados tus pecados, en verdad, y la vida eterna, ciertamente, es tuya. Y recuerda: ‘y no vendrá a condenación.’ ¿Comprendes? No hay condena alguna para ti. Con la fe recibes la regeneración, y, adoptado como hijo de Dios, naces a una vida nueva para seguir Su voluntad en Su Palabra, guardando Sus mandamientos en la fe de Jesús. Si esto crees, si esto haces, si confías en Él, luego ‘has pasado de muerte a vida.’ Y en el Día del Juicio, y ante el trono de Juicio de Cristo, estos hechos serán abiertamente declarados para que todos den testimonio. Jesús te lo asevera para que nada temas del Juicio Final.

 Cristiano, permanece con esa clemente promesa de tu Señor. Luego, cuando llegue la hora final, podrás dejar esta tierra con gozo. Tu Salvador guardará en fe tu vida en el Paraíso, y en un instante (ya que el cielo no está sujeto al tiempo, y no hay allí tedio alguno,) serás resucitado; tu cuerpo; Transfigurado, como celestial. No habrá temor del Juicio Final - este será el destino de los incrédulos. Tú, junto con Jesús, Sus santos ángeles y todos los elegidos, entrarás en la vida eterna. Allí toda carga será quitada y siempre estarás con el Señor.

 

SÁBADO

 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo. Creo; ayuda mi incredulidad. (Marcos, 9.24)

 Querido lector, hablaremos de un asunto muy serio.

 Has oído que el Señor viene a ti, manso, que te llama con amor, y te ofrece libremente los dones eternos, sin precio alguno. Te dice a ti, un pobre pecador, miserable, perdido y condenado. ‘Te redimí, ven a mí y te daré descanso.’ - ¿Y cuál es tu respuesta?

 Sí, tienes que dar una respuesta, firme, clara y decisiva. Tiene que ser sincera y no debes dudar. No debes posponerla. Recuerda, no puedes servir a dos amos, al pecado y a Cristo. ¿Cuál será tu respuesta? ¿Estás pronto a decir. ‘Voy, Señor Jesús’?

 ¿Sabes lo que significa ‘ir a Jesús’? Significa creer en Él, confiar en Él, hacer lo que Él dice. Significa que con tal fe y confianza a Él te sujetas y que es a Él a quien sigues, sin extraviarte. Eso significa venir a Jesús. ¿Quieres venir a Jesús? Considéralo bien, porque tu salvación depende de esto.

 Es cierto, por tu propia razón y fortaleza no puedes creer en Jesucristo ni llegar a Él. Tu condición de pecador, que afecta tu corazón, tus sentimientos, tu mente y tu voluntad, hace que esto te sea imposible. ¿Cómo puedes tú, o cualquier otro indigente mortal, creer en Él, Quien de manera maravillosa sobrepasa toda comprensión y produce prodigios? - Pero no desesperes. Él viene para salvarte. Aquí también hace un milagro. Mediante su Evangelio llega a ti, se te revela; te llama y mediante ese llamamiento abre tu oído ahogado y tu corazón muerto. Te da Sus dones, abriendo los ojos de tu entendimiento. - En resumen, por Su Espíritu Santo te mueve para que digas con fe. ‘¡Voy, Señor Jesús!’ Es cierto, si eres de los Suyos, no puedes resistirle. No obstante, también es cierto que es Él y no otro quien hace cada uno de estos llamados. ¿Estás listo para recibirlo, confiar en Él, seguirlo?

 Recuerda, debido a la corrupción pecaminosa de tu corazón, tu fe siempre estará débil, y sujeta a dudas. Pero recuerda también esto, tienes el privilegio de clamar, con ese padre que se menciona en nuestro texto. ‘Señor, creo; ayuda mi incredulidad.’

 

TERCERA SEMANA DE ADVIENTO

 DOMINGO

 Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí. (Juan, 5.39)

 Sólo hay una manera de llegar a la fe en Jesús y ser bendecido y confirmado en esa fe; esto es, verlo y escucharlo en las páginas de la Sagrada Escritura.

 En sus escritos, los Evangelistas y Apóstoles describen a Jesús, inspirados por el Espíritu Santo. Así, su retrato es absolutamente fiel. Hablan de Su nacimiento, Su vida, Su conversación, Su sufrimiento, muerte y resurrección. Y el mismo Espíritu Santo que los hizo pintar a Jesús en la Biblia, usa ese retrato para ponerlo en nuestros corazones, para que allí viva por la fe.

 Pero no sólo lo vieron los Evangelistas y los Apóstoles que vivían con Jesús, sino que también los Profetas, cientos de años antes de Su venida, testifican de Jesús en sus escritos.

 ¿Cuáles profetas? - Por supuesto, sabes que Dios escogió a los descendientes de Adam, de Abraham, Isaac, Jacob; y a sus doce hijos, también llamados Israel; en otras palabras, a un pueblo entre todas las razas en la tierra. Y les encomendó Su Palabra, e hizo que Cristo se encarnara en el vaso espiritual que descendería de David. A través de Sus profetas, por quienes habló, y a quienes colmó con Su Espíritu Santo de modo que hablaron y escribieron movidos no por su propia voluntad, mas impulsados por el mismo Espíritu — ellos escribieron conforme a la inspiración de Dios. Y estos Profetas, cuyos escritos registra el Antiguo Testamento, testifican de Jesús. Dijeron que vendría; y quién sería, cuándo llegaría y qué haría. Además, su testimonio profético acerca de Jesús es tan minucioso, preciso, y objetivo, que quien lo lee con fe se colma de admiración, asombro y devoción: y esa su fe en Cristo se fortalece grandemente. Lo profetizado durante un período que comienza mil quinientos años antes de Su nacimiento, y se extiende hasta cuatrocientos años antes de Su llegada, nos consuela y fortalece nuestra fe.

 Esta semana consideraremos ciertas profecías mayores del Antiguo Testamento sobre Cristo, algo que Él mismo dijo que debíamos hacer. ‘Escudriñad las Escrituras… ellas son las que dan testimonio de Mí.’ Bendeciremos y exaltaremos al Señor, quien ha cumplido todas estas profecías.

 

 LUNES

 Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal. (Génesis 3.15)

 Disponiéndonos a considerar las profecías del Antiguo Testamento sobre Cristo, primero observaremos aquella que dice que vendría un Redentor para la humanidad caída en el pecado y en la muerte.

 Las primeras profecías del Antiguo Testamento se hallan en Génesis; fueron escritas por Moisés, y él las recibió y preservó por la inspiración y poder del Espíritu Santo. Por el testimonio del mismo Cristo, amigo mío, rechaza tú con vehemencia a todo aquel que niegue la autoría Mosaica del Pentateuco.

 Los padres de la raza humana cedieron a la tentación del diablo, en la persona de Nahash en el Paraíso. En consecuencia, ellos mismos, junto a todos sus descendientes, se implicaron en el pecado, y así sobrevinieron la destrucción temporal y la muerte eterna. Entonces el Señor vino a ellos, confrontándolos con su trasgresión y sus terribles consecuencias. Pero eso no fue todo. También por Su misericordia les dio la promesa de un Redentor. Mientras Adán y Eva escuchaban, Dios dijo al diablo estas palabras: ‘Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ella te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañal.’ Es como si dijera. ‘Diablo, por ahora has vencido, pero no es tuya la victoria final. ¡Espera! Ahora pondré enemistad, guerra espiritual, entre ti y la Mujer, entre los que te siguen a ti y la descendencia de ella. Con el tiempo, su descendiente vendrá y te tomará en una batalla final y finalmente te herirá, terminando finalmente con tu poder y dominio, a la vez que tú, a la manera de un reptil, atacarás el talón sin poder vencerlo.’ Esa Simiente de la Mujer es el Señor Jesucristo, el Eterno Hijo de Dios, que nacería de una mujer y nos redimiría. Adán y Eva creyeron esto, y cuando Eva dio a luz a Caín, atribulada, suponiendo que ese era el Redentor, exclamó. ‘He obtenido un hombre, el Señor’ (Génesis 4.1.) Erraba en esto, pero Adán y Eva transmitieron la promesa de un Redentor a sus descendientes. Así Lamec, cuando nació Noé, su hijo, exclamó. ‘Este nos aliviará de nuestras obras y del trabajo de nuestras manos, por causa de la tierra que el Señor maldijo.’ Aunque Lamec creyó la promesa del Señor, él tampoco discernió quien era la persona.

 

MARTES

 En tu Simiente serán benditas todas las naciones de la tierra. (Génesis, 22.18)

 Por mil quinientos años, la Palabra que se dio en el Paraíso sobre la Simiente de la Mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente, consoló a los creyentes e iluminó su camino. Y Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé, que vivieron cientos de años, fueron quienes anunciaron este mensaje a la raza de sus tiempos, que crecía velozmente. Al pasar el tiempo se fue olvidando al Redentor que vendría. Finalmente, casi todos pensaban que se trataba de una fábula. Cuando la apostasía de la Palabra de la gracia de Dios llegó a su colmo, y sólo Noé y su familia creían en ella, Dios envió el Gran Diluvio y sólo Noé y su gente, ocho personas, sobrevivieron.

 Pero con el tiempo los descendientes de Noé tampoco perseveraron en la fe.

 Entonces Dios escogió a Abraham, quien debería ser el precursor de Su pueblo escogido, los israelitas adámicos. Esto pasó casi 2000 años antes del nacimiento de Cristo. Dios tuvo la intención de preservar su Palabra revelada por medio de Su pueblo, y hacer que naciera entre ellos el Redentor que salvaría de la maldición del pecado, trayendo una bendición eterna. Esto se expresa en la Palabra de Dios a Abraham. ‘En tu Simiente [Cristo] serán benditas todas las naciones de la tierra.’ Esto quiere decir que la Simiente de la Mujer que fue prometida en el Paraíso, sería descendiente de Abraham. Dios repitió la misma promesa al hijo y nieto de Abraham, a Isaac y Jacob. Entre los doce hijos de éste, fue Judá quien heredaría la promesa. ‘Judá, te alabarán tus hermanos;… No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos’ (Génesis, 49.8-10.) Ésta es la elaboración más definida de la promesa del Salvador, dada por un Dios de misericordia, inmediatamente después de que el hombre cayese en el pecado. Sí, buen lector, los creyentes de los primeros tiempos anhelaban al mismo Salvador que nosotros. Con anhelo esperaban Su venida.

 

MIÉRCOLES

 Aconteció aquella noche, que vino Palabra del SEÑOR a Natán, diciendo. Ve y di a mi siervo David. Cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré Su reino. Él edificará casa a Mi nombre, y Yo afirmaré para siempre el trono de Su reino. (2 Samuel, 7.4-5, 12-13.)

 David, a quien el profeta Natán dirigió esta Palabra del Señor, vivió mil años después de Abraham. Fue el padre de la tribu de Judá, y era rey en Israel. Dios le dijo que después de Su muerte le levantaría Simiente, y que establecería para siempre el trono de ese heredero. Esta simiente o heredero de David, que sería un Rey Eterno, no es otro sino Jesucristo.

 Así entendía también David la profecía, pues leemos. ‘Y entró el rey David y se puso delante de Jessé, y dijo, Señor Jessé, ¿quién soy yo, y qué es mi casa, para que tú me hayas traído hasta aquí? Y aun te ha parecido poco esto, SEÑOR, pues también has hablado de la casa de tu siervo en lo por venir. ¿Es así como procede el hombre, Señor Jessé? ¿Y qué más puede añadir David hablando contigo? Pues tú conoces a tu siervo, SEÑOR.’ (2 Samuel 18-20.) En muchos de sus Salmos, David, por inspiración del Espíritu Santo, profetizó acerca del Cristo que sería su hijo, hecho asimismo confirmado por los Profetas.

 Isaías, hablando del porvenir, dice, ‘Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. La inmensidad de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del SEÑOR de las legiones Angélicas hará esto’ (Isaías, 9.6, 7.) Y Jeremías. ‘He aquí que vienen días, dice el SEÑOR, en que levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En Sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado; y este será su nombre con el cual le llamarán. El SEÑOR, Nuestra Justicia ’ (Jeremías, 23.5-6.) También Ezequiel. ‘Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un sólo pastor’ (Ezequiel, 37.24.)

 Por esta razón entre los israelitas el Mesías o Cristo prometido fue generalmente conocido como ‘el Hijo de David’, como se lee en el Nuevo Testamento.

 Así después del tiempo de Eva, Abraham recibió la Promesa; y después de él, Judá, y luego David. Y han pasado siglos desde el día en que se cumplió esa promesa y nació en Belén aquel prometido Hijo de David, a quien los Patriarcas y Profetas esperaron por tanto tiempo.

 

JUEVES

 ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo, mas las señales de los tiempos no podéis. (Mateo, 16.3)

 En cierta ocasión, Jesús usó estas palabras para reprender a los Fariseos y a los Saduceos, cuando le exigieron que probara por una señal especial que Él era el Cristo prometido. Tal vez nos preguntamos por qué esta exigencia merecía una reprensión. Y fue así porque los Profetas ya habían predicho las señales que identificarían al Cristo; y estas señales se cumplían ahora ante sus ojos.

 Observemos algunas. Jacob, cuando agonizaba, profetizó. ‘No será quitado el Cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos’ (Génesis 49.10.) Como los Romanos gobernaban entonces la tierra, y los dirigentes Judeanos dependían totalmente de ellos, aquel era el tiempo para que el Cristo viniera.

 El profeta Isaías profetizó que el Cristo no surgiría en esplendor real, sino que sería más bien pobre, e insignificante, y aparecería en un tiempo cuando los herederos de David ya no gobernarsen. En su capítulo 53 leemos. ‘Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos.’ Y cuando Jesús nació, los hijos de David ciertamente eran pobres e insignificantes.

 El magnífico templo que Salomón había edificado era el orgullo del pueblo Judeano, pero Nabucodonosor, rey de Babilonia, lo había destruido. Después se construyó otro, aunque no tan espléndido como el primero, por lo cual los que habían visto el primer templo lloraron al verlo. Sin embargo, Hageo los consoló, diciéndoles, ‘La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera’, porque Cristo, el Deseado de todas las Gentes, entraría en ese templo. Lo hizo, y lo llamó la Casa de Su Padre.

En el capítulo 40, el profeta Isaías predijo. ‘Voz que clama en el desierto. Preparad camino a Jessé; enderezad las sendas en la soledad a nuestro Dios.’ El profeta Malaquías, el último de los profetas del Antiguo Testamento, escribió. ‘He aquí, yo envío Mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el Ángel del Convenio, a quien vosotros deseáis’ (Malaquías, 3.1.) Y en el cuarto capítulo, versículo 5. ‘He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día del SEÑOR, grande y terrible.’ - Así, en el tiempo en que los adalides Judíos exigían de Jesús una señal precisa, Juan el Bautista comenzaba su misión en la tierra de Israel. Habían pasado 400 años desde que había quedado enmudecida la voz profética. Juan fue un Profeta en el espíritu y el poder de Elías, y grandes multitudes se reunían para oírle. Predicó el arrepentimiento y lo proclamó para que todos oyeran que el Salvador estaba entre ellos, cuando dijo, ‘He aquí el Cordero de Dios, que lleva sobre Sí el pecado del mundo’ (Juan, 1.29.) Así que el tiempo para que apareciera el Salvador había llegado, y Jesús, poderoso en Palabra y Obra, fue ese Salvador y el Mesías prometido. ¿Se necesitaba otra señal?

 

VIERNES

 Y estando juntos los Fariseos, Jesús les preguntó, diciendo. ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron. De David. Él les dijo. ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo. Dijo el Señor á mi Señor. Siéntate á mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es que es su hijo? Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más. (Mateo, 22.41-46)

 Los Profetas del Antiguo Testamento también dan respuesta precisa a la pregunta. ¿Quién será el Cristo prometido?

 En primer lugar, aprendemos de sus profecías que el Cristo sería un hombre. Debería ser la Simiente o descendiente de una mujer, de Abraham, de Judá y de David. Como hijo del último, debería nacer en el pueblo natal de David, Belén. El profeta Miqueas escribió. ‘Pero tú, Belén Ephrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será SEÑOR en Israel’ (5.2.) Además, el Cristo debería nacer de una Virgen, como lo predijo Isaías. ‘Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel’ (7.14.) Todos ellos indican que Cristo el Redentor sería un hombre. Los Fariseos también lo creían, porque a la pregunta de Jesús. ‘¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?’ respondieron: ‘De David.’

 Su respuesta era correcta, mas no completa. Por eso, el Señor hizo una segunda pregunta. ‘¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo, Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a Mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es que es su hijo?’ En verdad, ¿cómo es posible?

 Los Profetas también responden esta pregunta. Cuando David recibió la profecía sobre su Gran Hijo, el profeta le aseguró que su trono sería establecido para siempre (2 Samuel, 7.16.) La profecía de Isaías es aún más concreta; ‘Porque un Niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre Su hombro; y se llamará Su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz… sobre el trono de David y sobre su reino… para siempre’ (Isaías, 9.6,7.) Jeremías escribe acerca de él. ‘Este será Su nombre con el cual le llamarán. Jessé, Nuestra Justicia ’ (Jeremías, 23.6.) Escucha la profecía de Malaquías; ‘He aquí, yo envío Mi mensajero, el cual preparará el camino delante de Mí; y vendrá súbitamente a Su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el Ángel del Convenio, a quien vosotros deseáis. He aquí viene, ha dicho Jessé de las Legiones’ (3.1.) Él es Miguel, y las Legiones, Sus Ángeles. Y en el capítulo 48 de Isaías leemos; ‘Óyeme, Jacob, y tú, Israel, a quien llamé. Yo mismo, Yo el primero, Yo también el postrero. Mi mano fundó también la tierra, y mi diestra midió los cielos; al llamarlos Yo, comparecieron juntamente… Acercaos a Mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba Yo; y ahora me envió el SEÑOR, y Su Espíritu’ (Isaías, 48.12-13, 16.) Aquí el Cristo venidero se designa a sí mismo como el Dios todopoderoso. Así, como lo escuchamos, los Profetas dicen que Cristo es Verdadero Dios junto con el Padre y Su Espíritu Santo. Pero también dicen que es Verdadero Hombre, un heredero de David que nace de una virgen.

 

SÁBADO

 No diciendo nada fuera de las cosas que los Profetas y Moisés dijeron que habían de venir. Que el Cristo había de padecer, y ser el primero de la resurrección de los muertos, para anunciar luz al pueblo. (Hechos, 26.22,23)

 Éstas eran las palabras que el apóstol Pablo habló en presencia de Festo, el gobernador, y Agripa, el rey de Judea, cuando se le pidió explicar su doctrina de Cristo. Pablo insistía que todo lo que había enseñado acerca del sufrimiento y la resurrección de Cristo, ya lo habían predicho los Profetas. Reflexionaremos sobre algunas de estas profecías que presentan la redención obrada por Cristo.

 Recordemos que en el Huerto del Edén el Señor dijo al Diablo, oculto en Nahash, que la Simiente de la Mujer aplastaría su cabeza, pero que el diablo a la vez le heriría en el talón (Génesis 3.15.) La profecía prefigura el sufrimiento y la muerte por los cuales Cristo nos salvó del poder del Infierno. Hay un ejemplo de esto en la ofrenda por el pecado, centro del culto del Antiguo Testamento, tal como Dios lo encomendó a los Hijos de Israel por medio de Moisés. En un acto típico se imponían los pecados de los culpables sobre la cabeza de la víctima en el sacrificio. Luego moría y Su sangre se derramaba en el Santuario de Dios: y así los pecados del pueblo se expiaban, y Dios era reconciliado. El ritual del Santuario Levítico prefiguraba la Sangre de Jesucristo que nos limpia de todo pecado.

 El mismo Hijo de Dios, hablando por boca del profeta Isaías dice, ‘Jessé el Señor Me abrió el oído, y Yo no fui rebelde, ni Me volví atrás. Di Mi cuerpo a los heridores, y Mis mejillas a los que mesaban Mi barba’ (Isaías 50.5,6.) Y el mismo Hijo de Dios, hablando en profecía, dice a través de David en el Salmo 22. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué Me has desamparado? … Mas Yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y desecho del pueblo. Todos los que Me ven me escarnecen; estiran los labios, menean la cabeza, diciendo. Se encomendó a Jessé; líbrele él; Sálvele, puesto que en Él se complacía. … Como un tiesto se secó Mi vigor, y Mi lengua se pegó a Mi paladar, y Me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros perversos Me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron Mis manos y Mis pies. Contar puedo todos Mis huesos; entre tanto, ellos Me miran y Me observan. Repartieron entre sí Mis vestidos, y sobre Mi ropa echaron suertes.’

 ¿No puedes ver delante de ti al Cristo Crucificado en este Salmo? Fue escrito mil años antes del evento que describe. Procederemos sobre ello mañana.

 

CUARTA SEMANA DE ADVIENTO

 DOMINGO

 Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los Profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían. (Lucas, 24.27)

 Jesús hizo esto por Sus escogidos. Pero ésta no fue la única ocasión; lo hizo con frecuencia. También fortalece nuestra fe saber que los profetas del Antiguo Testamento hablaron de Cristo y escucharon Su Palabra. Esta semana deseamos considerar, en estos días que aún restan hasta la Navidad, algunas de las profecías del Antiguo Testamento.

 La profecía más extraordinaria acerca del sufrimiento de Cristo se halla en el capítulo 53 del profeta Isaías. Allí se nos dice del Señor, ‘No hay parecer en Él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Padre puso sobre Él el pecado de todos nosotros. Angustiado Él, y afligido, no abrió Su boca; como Cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de Sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió Su boca.’

 Entonces, en medio de esta oscuridad, nos alumbra la profecía de la resurrección de Cristo. ‘Por cárcel y por juicio fue quitado; y Su generación, ¿quién la contará?’

 Mas inmediatamente el Profeta vuelve al sufrimiento del Redentor. ‘Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos Su sepultura, mas con los ricos fue en Su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en Su boca. Con todo eso, el SEÑOR quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento.’

 Y el Profeta también nos dice por qué sucedió todo esto. ‘Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá progenie, vivirá por largos días, y la voluntad del SEÑOR será en Su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de Su alma, y quedará satisfecho; por Su conocimiento justificará el Justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó Su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.’

 Lector, si no supieras que el profeta Isaías, que nació unos 800 años antes del nacimiento de Cristo, fue quien testificó lo dicho, ¿no supondrías que uno de los Apóstoles o Evangelistas, testigo de la Pasión y muerte, fue quien lo había escrito?

 También recuerdas que uno de los Apóstoles, Judas, fue quien entregó a Jesús a Sus enemigos por treinta piezas de plata. Luego, con angustia y desesperación, echó el dinero en el templo y se ahorcó. Los sacerdotes usaron los fondos, y compraron con ellos el terreno de un alfarero, para sepultura de extraños. En el capítulo 11 del Profeta Zacarías, los versículos 12 y 13, hallarás también esta profecía.

 Qué admirable el modo en que Dios predestinó que todo lo que obraría en nuestra salvación, fuera previamente profetizado con tanta nitidez, y que luego, en la plenitud del tiempo, que todas estas profecías se cumplieran con tanta fidelidad.

 

LUNES

 Al SEÑOR he puesto siempre delante de mí; Porque está a Mi diestra, no seré conmovido. Se alegró por tanto Mi corazón, y se gozó Mi gloria; también Mi carne reposará segura; Porque no dejarás Mi alma en el sepulcro, Ni permitirás que Tu santo vea corrupción. Me mostrarás la senda de la vida; En Tu presencia hay plenitud de gozo; Deleites a Tu diestra para siempre. (Salmos, 16.8-11)

 Lector, quien habló estas palabras demuestra una poderosa confianza en Dios. Considera atentamente lo que dice. Afirma que Dios está a Su Diestra, y que por este motivo no sufrirá ningún daño definitivo. Además, aunque muera, todavía tiene esperanza; porque Su cuerpo reposará seguro y Dios no lo abandonará en la muerte; ni siquiera permitirá que la corrupción toque Su cuerpo; por el contrario, la senda de la vida será franca y Dios le dará plenitud de gozo para siempre.

 ¿Quién será el que tiene tal confianza, inquebrantable, en Dios? ¿Será David? Por cierto, él escribió el Salmo del cual se toman estas palabras. Pero ¿podría David decir que Dios no permitiría que su cuerpo viera corrupción en el sepulcro? ¿Acaso no se consumen todos los hombres, una vez muertos? Durante mil años después de Su muerte fue célebre la sepultura de David; así, más allá de cualquier fama, el cuerpo de David estaba sujeto a la corrupción.

 ¿Cómo pudo David expresar tales pensamientos? En primer lugar, David fue un Profeta. Además, él sabía que Cristo, el Mesías, el Redentor del mundo, sería su hijo, su descendiente. Así, David, hablando por el Espíritu de profecía, realmente se refería a Cristo en este Salmo. Reveló que Cristo no sería abandonado por su Padre celestial ni siquiera en la muerte; que Su cuerpo extinto, contrariando a la naturaleza, no habría de corromperse, mas resucitaría. En realidad, es Cristo quien habla a través de David en este Salmo, y Su Espíritu Santo hizo que el rey expresara estas palabras por escrito.

 Esta es, pues, una profecía de la resurrección de Cristo. Si lees Hechos 2.22-23, verás que Pedro también la proclama, citando, como prueba, este Salmo. Y en el capítulo 13 de Los Hechos (versículos 35-37) San Pablo dice lo mismo.

 Lo ves, no sólo se profetiza en las Escrituras el sufrimiento y la muerte de Cristo como nuestro Substituto, sino también Su gloriosa resurrección. Esto es substancial, pues, como escribió el Apóstol Pablo a los Corintios, ‘Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron’ (1 Corintios, 15.17,18.) En verdad, un Salvador muerto, Él mismo vencido por la muerte, no nos redimiría de la muerte. Mas de hecho Cristo ha resucitado de la muerte como había profetizado, hablando por boca de David. Conquistó el pecado, la muerte y el infierno. Tenemos un Salvador vivo y vencedor. Bendigamos el Nombre de Dios.

 

MARTES

 Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los tuyos; y también para los rebeldes. (Salmos, 68.18)

 Los Profetas predijeron que Cristo sufriría y moriría por nuestros pecados. Y que resucitaría triunfalmente de entre los muertos, como ya lo hemos señalado. Pero además profetizaron que Cristo ascendería al cielo por nosotros, y que tendría sede a la Diestra de Dios, enviándonos Sus dones, dando poder a nuestra salvación. Deseamos, hoy, considerar esas profecías.

 En nuestro texto David habla del Cristo venidero. ‘Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad.’ Es como si dijera; ‘Tú, el Cristo y Dios de Israel, has conquistado y llevado cautivos a los que nos mantenían en cautividad, el pecado, la muerte, el infierno y la condenación; has ascendido al cielo en triunfo, para allí anunciar Tu victoria y recibir la aprobación del Padre sobre ella.’ Algo semejante leemos en el Salmo 47; ‘Subió Dios con júbilo, el SEÑOR con sonido de trompeta. Cantad a Dios, cantad; Cantad a nuestro Rey, cantad.’

 Otra profecía afirma que Dios no rehusará reconocer la victoria de Cristo, mas le dará Su plena aprobación. Escuchemos la profecía de David sobre el asunto. ‘El SEÑOR dijo a Mi SEÑOR; Siéntate a Mi diestra, hasta que ponga a Tus enemigos por estrado de Tus pies.’ (Salmos, 110.1.) No sólo exaltará el Padre al Salvador invicto a una posición de honor en los cielos, sino que obligará a todos Sus enemigos al reconocimiento de esta, Su victoria sobre ellos. Lo confesamos en el Credo Apostólico, al decir. ‘Subió al cielo, y está sentado a la Diestra de Dios Padre Todopoderoso.’

 ¿Pero qué quiere decir David cuando dice, ‘Tomaste dones para los hombres’? David aquí habla en principio del don del Espíritu Santo, porque los Profetas predijeron que después del triunfo de Cristo, Su Espíritu Santo sería derramado sobre los creyentes con señales y maravillas visibles. Así Dios, hablando por el Profeta Joel, dice. ‘Y después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones.’ (2.28.) Y en el capítulo 12 de Zacarías se rinde; ‘Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración.’ En el capítulo 2 de los Hechos hay un relato del cumplimiento de esta profecía en el día de Pentecostés. (Otras profecías acerca del don del Espíritu Santo; ver Isaías, 32.15; 44.3; Jeremías, 31.31-34; Ezequiel, 11.19; 36.27; 39.29.)

 Amigo mío, el don del Espíritu Santo es un don precioso de Dios, y es Cristo quien nos lo ha procurado, porque es por Su Espíritu Santo que creemos en Jesucristo como nuestro Salvador; y es por Su Espíritu Santo obrando en los Medios de Gracia como Él viene a nosotros en fe, ministrándonos; sí; y así permanecemos en Él, y así, finalmente, estaremos con Él para siempre.

 

MIÉRCOLES

 En el año que murió el rey Uzías yo vi al SEÑOR sentado sobre un trono alto y sublime, y Sus faldas llenaban el templo. Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces, diciendo. Santo, santo, santo, SEÑOR de las Batallas; toda la tierra está llena de Su gloria. Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. (Isaías, 6.1-4)

 Aquí se nos dice lo que vio Isaías en una visión especial del Señor de las Legiones Angélicas. Examinemos con cuidado a Quién vio Isaías en tal circunstancia. Como proclamaron los Serafines, Isaías vio al Señor Todopoderoso, al Dios de Israel, cuyas manifestaciones y revelaciones prodigiosas al pueblo se han registrado en el Antiguo Testamento. Él habló por los Profetas; a Él adoraba Israel; en ciertas ocasiones, de modo visible, colmó el Santuario y el Tabernáculo con una Nube, manifestando así Su presencia y Su gloria. Sacó a los Hijos de Israel de Egipto, y los condujo a través del desierto, llevándolos a la tierra prometida. Los guió por una Columna de Nube de día, y por una de Fuego de noche. Habló con Moisés, desde una zarza que ardía mas no se consumía, figura de Cristo, Dios con nosotros. Fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Noé, rescatado del Diluvio, le presentó una ofrenda de acción de gracias; de hecho, fue el Verbo Divino quien habló con Adán y Eva en el paraíso terrenal. Ahora se manifestaba a Isaías.

 Si abres la Santa Biblia en el Evangelio de Juan, leerás, en el capítulo 12, versículo 41; ‘Isaías dijo esto cuando vio Su gloria [de Cristo], y habló acerca de Él.’ Observemos esto. Juan allí habla de Jesucristo, y expresa que Isaías vio Su gloria en la visión mencionada por nuestro texto.

 ¿Qué significa esto? Jesucristo aún no había nacido en los tiempos de Isaías, y leemos que Isaías vio al Dios de Israel. ¿Cómo hemos de entender esto?

 Jesucristo es Jessé, el Dios de Israel, de quien habla el Antiguo Testamento. Jesucristo, el Hijo Eterno del Eterno Padre, es quien se hizo hombre en la plenitud del tiempo, y sufrió y murió como tu Substituto. Juan claramente lo afirma en su Evangelio. También Pablo, en 1 Corintios, 10.4-9; ‘Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la Roca espiritual que los seguía; y la Roca era Cristo.’ Y en el versículo 9; ‘Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes.’

 En verdad, Cristiano, el Señor Jesús no es desconocido para ti, pues en el Nuevo Testamento lo recibes como ese Hombre que es Dios verdadero, en tanto, en el Antiguo Testamento, como al Dios que se hará Hombre para sufrir y morir en tu lugar. ¿No es cierto que Jessé habla por el profeta Isaías y dice. ‘Di Mi cuerpo a los heridores, y Mis mejillas a los que mesaban Mi barba; no escondí Mi rostro de injurias y de esputos’? (Isaías, 50.5.)

 

JUEVES

 Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel. (Isaías, 7.14)

 En estos días que preceden la Navidad, discurriremos dos profecías relativas al nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Comenzaremos con la ya mencionada.

 Acaz fue rey de Judá, y ofendió al Señor, porque siguió los vicios de sus vecinos paganos. Por ello el Señor lo entregó en manos de sus enemigos. Su ejército fue derrotado, y su país, oprimido.

 En el tiempo cuando Rezín, rey de Siria, y Peka, rey de Israel, sitiaban a Jerusalén, el Señor dijo al Profeta Isaías. ‘Ve a Acaz y dile que no tema porque Jerusalén no será tomada… Pide al SEÑOR señal de que así será.’ Pero cuando Isaías dijo esto, el rey, incrédulo, fingiendo humildad, respondió. ‘No pediré, y no tentaré al SEÑOR.’ Isaías replicó, ‘Oíd ahora, casa de David. ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, sino que también lo seáis a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará señal. He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel… Porque antes que el niño sepa desechar lo malo y escoger lo bueno, la tierra de los dos reyes que tú temes será abandonada.’ En vez de confiar en el Señor, Acaz acudió al rey de Asiria para obtener ayuda. Así, el Profeta le dijo. ‘Jessé hará venir sobre ti, sobre tu pueblo y sobre la casa de tu padre, días cuales nunca vinieron desde el día que Efraín se apartó de Judá, esto es, al rey de Asiria.’

 ¿Cómo debemos entender esta profecía? Al hablar al incrédulo Acaz sobre el prometido nacimiento del gran heredero de David, Emmanuel, (una promesa que ningún creyente israelita ponía en duda,) Isaías avergonzó al rey que buscaba socorro en los hombres, antes que en Dios. En efecto, le decía, ‘Acaz, ¿Cómo es que todos los fieles israelitas esperan ayuda del Cristo, que nacerá de una virgen, un descendiente de la familia de David, tu antepasado, mirando a Él para ser librados de todo mal de cuerpo y alma, y tú no crees que el Señor puede liberarte de la mano de tus enemigos?’

 Cristiano, nuestro Emmanuel, Jesucristo, nació en cumplimiento de esta profecía. Y ha demostrado que es nuestro Redentor y Socorro. Apreciemos siempre la promesa de la gracia de Dios en Aquel que nació de una Virgen, en esta vida presente y especialmente en la hora de nuestra muerte. El que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, cómo no nos dará juntamente con Él todas las cosas en Su misericordia - todo lo que es de nuestra salvación.

 

VIERNES

 Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. La inmensidad de Su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre Su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del SEÑOR de las Legiones hará esto. (Isaías, 9.6-7)

 Isaías, inspirado por el Espíritu Santo en su profecía, habla de luz en medio de las tinieblas, de gozo donde hay tristeza, de libertad en la esclavitud, y atribuye todo esto a un niño, un hijo que nace para gobernar sobre el trono de David.

 Este niño que nace para nosotros, este hijo que nos es dado, es nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Trae luz a este mundo en tinieblas de pecado y de muerte; gozo a los abatidos, libertad de la Ley de Dios, cuando demanda y condena.

 El niño tiene el gobierno sobre sus hombros; Su bendita autoridad y reinado sobre nosotros fue aprobado por Dios y confirmado por Él. Él es nuestro verdadero Príncipe y Rey.

 Su nombre, que indica Su carácter y habilidad, es Admirable. En Él, Dios, al nacer de una virgen, se hizo hombre. Con Sus milagros Jesucristo probó ser el Hijo de Dios y el Cristo prometido. En forma prodigiosa nos redimió con Su sufrimiento y muerte, Su resurrección y ascensión como nuestro Substituto. También se llama Consejero. Es la personificación de la sabiduría perdurable que, de toda eternidad, estuvo junto el Padre en comunión con Su Espíritu Santo, en aquel sacro consejo de redención donde Él concertó expiar el pecado del mundo y glorificar a Sus elegidos. Con el tiempo, Él mismo perfeccionó Su parte en el concierto, sellando el testamento con Su sangre. Tú siempre estás en Sus propósitos y bajo Su cuidado. Afiánzate en Él, y a Su Palabra, y te conducirá al hogar en la Jerusalén de arriba.

 También se lo caracteriza como DIOS FUERTE, porque nada es imposible para Él, y Él es nuestro amparo. PADRE ETERNO es otro de sus nombres, porque Él, junto con Su Padre y Su Espíritu Santo, ES desde la eternidad y hasta la eternidad; es el Creador de todo lo que existe. El texto de los LXX lo llama ÁNGEL DEL GRAN CONSEJO, recordando Su participación en el Convenio divino; y, por Su obra Expiatoria y Su sacrificio perfecto, Cristo nos reveló a Dios como a un Padre amoroso, y a nosotros como a Sus amados hijos. También lleva el título de Príncipe de Paz. Estableció la paz entre Dios y los hombres. Dios da esta paz a Sus creyentes durante sus vidas en este mundo, y revela la condición eterna de plena bienaventuranza cuando, en comunión con todos los elegidos de Dios, nos descubriremos en el Reino de Gloria.

 Este Niño es el Hijo prometido de David, quien ejerce un gobierno justo y eterno, un reino sagrado en el cual todos Sus creyentes tendrán eterna comunión.

 

MEDITACIONES DE NAVIDAD. LA SEMANA DE NAVIDAD.

 24 de diciembre

 He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará Su nombre Emmanuel. (Isaías 7.14)

 El Jueves pasado meditamos sobre esta profecía. Hoy observaremos su cumplimiento. ¿Dónde estará el Cristiano que esta Noche no se deleite en cavilar sobre el cumplimiento de esta Palabra?

 Cuando llegó el tiempo que Dios había predestinado en Su eterno consejo, envió al Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth. Allí vivía una virgen, descendiente del rey David, llamada María. Ella estaba comprometida en matrimonio con un varón de nombre José, un carpintero, también descendiente de David. El Ángel le dijo. ‘¡Salve, llena de gracia! El Señor es contigo.’ — María se perturbó por estas palabras y se preguntaba qué clase de cortesía sería ésta. - Mas el Ángel le dijo; ‘María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás Su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David Su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y Su reino no tendrá fin.’ - Luego María preguntó al Ángel; ‘¿Cómo será esto? pues no conozco varón.’ El Ángel le respondió; ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra; por lo cual lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios… porque ninguna cosa es imposible para Dios.’ — María respondió; ‘He aquí a la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu Palabra. Y el Ángel se fue de su presencia.’ (Lucas, 1.28-38.)

 José, el desposado de María, no conocía de esta visita del Ángel en casa de María. Sin embargo, al pasar el tiempo, fue evidente que ella estaba encinta. José tuvo gran aflicción por esto. Y como era un hombre justo, pero también piadoso, no quería exponerla públicamente conforme a la Ley de Moisés, mas dejarla, de un modo que sorteara el escándalo. ‘Y pensando él en esto, he aquí un Ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo. ‘José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque LO que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás Su nombre JESÚS, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados.’ Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo. He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás Su nombre Emmanuel, que traducido es; Dios con nosotros. Y despertando José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. Mas no la conoció; y ella dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.’ (Mateo, 1.18-25.)

 Cristiano, sin duda, éste es el milagro más grande que jamás haya ocurrido - el nacimiento del Hijo eterno de Dios. El Profeta lo predijo y el Evangelista y el Apóstol testifican que así sucedió, y toda la Cristiandad acepta este testimonio. ¡No permitas que nadie, jamás, te haga dudar de ello! Mira a Jesús como Él se revela en Su Palabra, y así siempre sabrás que Él es, en verdad, el Milagro de los siglos. Al verlo en Su Palabra, Él dominará tu corazón, y tú, como Tomás, te postrarás ante Él en adoración, en Palabra y Sacramento, saludándolo como tu Señor y tu Dios.

 A fin de que esto te sea revelado, por la gracia de Dios, en las próximas semanas se te expondrá el retrato que los Evangelios pintan de Jesús.

 

DÍA DE LA NAVIDAD - 25 DE DICIEMBRE

 No temáis; porque, he aquí, os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. (Lucas, 2.10-11.)

 Es propio que consideremos el nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo en el día que en que esto se celebra. — César Augusto había decretado un censo en todo el mundo romano. Cada cual debía presentarse para que su nombre fuera inscripto en el Acta de los que pagarían impuestos. Era la primera vez que una potencia extranjera imponía esa clase de impuesto en tierra de Israel. Éste, entonces, fue el tiempo del cual Jacob había profetizado que Shiloh, o sea, el Cristo prometido, vendría: Aquél a quien se debía todo tributo. (Génesis, 49.10.) Obedeciendo el decreto del César, cada hombre en la tierra Judeana, ahora una provincia de Roma, volvía al lugar de origen de su familia, donde se archivaban los registros.

 Posiblemente fue el emperador, o uno de sus consejeros, quien tuvo la iniciativa de este censo; y nadie siquiera imaginaba que Dios utilizaba esta orden para Sus propios propósitos; que el Cristo naciera en Belén, como lo había profetizado Miqueas en el capítulo cinco de su Libro. Es cierto, José y María, de quienes oímos ayer, moraban en Nazareth de Galilea; pero al ser ambos herederos de David, debían regresar a Belén para el censo. Lo hicieron, y estando allí llegó el tiempo de que María diera a luz. ‘Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.’ (Lucas, 2.7.)

 ‘Había pastores en la misma tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí el Ángel del Señor vino sobre ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran temor. Mas el Ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Y esto os será por señal: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre. Y repentinamente fue con el Ángel una multitud de las Legiones celestiales, que alababan á Dios, y decían: Gloria á Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.’ (Lucas 2.1-14.)

 Para ti también nació el Salvador, querido amigo, y el anuncio de Su nacimiento también es para ti. El Gran Señor del cielo se hizo hombre por ti, así como eres tú, un pobre pecador. Él es tu Salvador, tu Redentor, y quiere ser tu amado Jesús. Mira cómo viene a esta tierra; no con poder para consternación, sino como un Infante acostado en un pesebre. Y si lo recibes como tu Salvador, ya no volverás a temer — ya sea por tu pecado y culpa, por la muerte y el Juicio Final, — sabiéndote a salvo del Infierno y la condenación. Porque Él se ha hecho cargo de todo esto, y te guarda y te protege de todo mal. ¡Regocíjate en Él, mi hermano en la fe! Dios mismo te convoca á hacerlo.

 

26 de diciembre

 Pero el Ángel les dijo. No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal. Hallaréis al Niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. (Lucas, 2.10-12.)

 Como advertimos ayer, el Ángel del Señor habló estas palabras a los pastores en el campo próximo a Belén. Pero no estaba solo; una gran legión Angélica lo acompañaba cantando un Himno de alabanza. —

¿Y cuál fue la reacción de los pastores ante el mensaje del Ángel? Lucas dice, ‘Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros. Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.’ Esta gente piadosa se regocijó grandemente con el mensaje del Ángel, y deseaba ver al Cristo y Salvador aguardado por tan largo período, y cuyo nacimiento ahora se anunciaba de modo tan admirable. ‘Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.’ No se ofendieron porque el niño fuera pobre y yaciera en un pesebre. ¿No fueron éstas las señales por las que identificarían al niño al cual tanto deseaban ver? Y su fe se fortaleció al ver al Infante y las circunstancias que rodeaban Su nacimiento; de modo que así adoraron a Cristo el Señor. — Los humildes hechos, tales como los presenciados en el establo, eran convenientes para Aquél que iba a asumir la pena y la maldición del pecado, esto es, sufrir y morir en lugar del hombre. Querido Cristiano, tú también debes recordarlo, y nunca ofenderte por la humildad de tu Salvador; por lo contrario, debes reconocer en ello la señal de que Él es, verdaderamente, el Salvador. Mira con ternura a ese Niño en el pesebre, como lo hicieron los pastores.

 ‘Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del Niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.’ (Lucas, 2.17-20.)

 Puedes aprender de esto cómo celebrar la Navidad. Primero, guarda como un tesoro las palabras acerca de este Niño en tu corazón, y medita en ellas, como lo hizo María. Toda la Escritura trata de Jesús. Así, lee, estudia y escudriña con diligencia el Santo Escrito. De este modo se afianzará tu fe en Jesús, cada vez con mayor consistencia en tu corazón, y traerá frutos de gozo y salud. (Y al hacerlo, asegúrate de estar leyendo una fiel traducción de la Escritura.)

 En segundo lugar, cuando hayas reconocido que Jesús es tu amado Salvador, anuncia Su Palabra para que muchos puedan escuchar el Evangelio de salvación que tienen en Cristo Jesús. No pienses que este encargo se circunscribe a los Ministros. Los pastores de Belén lo hicieron sin dejar su labor. Haz lo mismo. Algunos se maravillarán por tus palabras, y tal vez las cavilen en su corazón.

 Finalmente, en tus faenas, o dondequiera que te halles, bendice a Dios por todo lo que oyes y recibes por el Niño de Belén. Así es como se celebra cabalmente la Navidad.

 

27 de diciembre

 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido dado por el Ángel antes que fuese concebido. (Lucas, 2.21)

 Durante los días que quedan de la semana de Navidad, queremos considerar lo que las Escrituras nos anuncian de la infancia de Jesús. Lo primero que leemos es que el Niño santo fue circuncidado al octavo día, y que se le dio el Nombre de Jesús.

 ¿Qué es la circuncisión? - Dios había prometido a Abraham y sus sucesores que Él sería su Dios, que les daría Su Palabra, y que finalmente enviaría, para nacer entre ellos, a Cristo, el Salvador del mundo. Dios prometió que a todo el que recibiera esta promesa con fe, esta fe se le imputaría por justicia. Esto significa que el creyente recibiría el perdón de pecados por el Salvador venidero, en quien confió. La señal de este convenio era cortar el prepucio a todo varón que naciera en Israel. Debía comenzarse con Abraham, y cumplirse en todos sus descendientes. En la circuncisión Dios traía a Su pueblo su concierto de gracia, y lo sellaba. Así Israel ingresaba al Convenio establecido por Dios, y por fe recibía Su gracia. Esto significaba la circuncisión.

 ¿Por qué fue circuncidado el niño Jesús? Después de todo, la circuncisión se instituyó para pecadores que necesitaban del perdón que Dios dio en Su misericordia. Sin embargo el niño Jesús no sólo fue concebido y nació sin pecado, — porque fue concebido del Espíritu Santo, — sino que, a la vez, era el Mesías, el Cristo, por quien Dios brindaba Su gracia por la circuncisión de la carne. ¿Por qué, preguntamos, fue circuncidado el niño Jesús?

 Primero, porque cuando nació lo hizo como un israelita; y fue circuncidado por esa razón. Segundo, fue un hijo de Adán, como leemos en Lucas; y sin embargo, según lo dice Pablo en Hebreos, no había pecado en Él. Recordemos esto: por la Misericordia divina Él debía llevar los pecados de los prevaricadores. En la circuncisión inauguraba Su obra de expiar o redimir la deuda del pecado, derramando Su sangre como Substituto de pecadores. Esto significa que Él vivió una vida perfecta en tu beneficio, y al morir como el inmaculado Cordero de Dios como rescate por el pecado y la muerte, te llama a ser salvo solamente por gracia, por la fe, y no por obras muertas. Si crees, tu fe, como la de Abraham, es imputada a justicia, y tus pecados te son perdonados. ESTO SE LLAMA JUSTIFICACIÓN. Justificación y fe no pueden dividirse; son una, así como Cristo y Fe también son uno. La Sagrada Escritura no conoce Justificación alguna ‘antes, sin, o aparte de la fe.’ Cuídate, pues, de los lobos vestidos de ovejas, que pretenden distorsionar esta bendecida doctrina.

 Por eso, al circundarse, se le dio el nombre de Jesús, conforme al mandato del ángel; y, otra vez, recordémoslo, el nombre JESÚS significa Salvador. Todo lo que Él dijo, hizo; todo aquello a lo que se sometió tuvo el designio de salvarnos, — y esto incluye Su circuncisión.

 Cree en este Niño Jesús, con fe salvadora, como tu Redentor; tú, hombre impío: y ámalo en tu corazón. Alaba su Nombre Santo y poderoso mientras vivas, y así vivirás bendiciéndole para siempre en Su presencia en la Casa del Padre. Glorifiquemos a Dios. Amén.

 

28 de diciembre

 Y cuando se cumplieron los días de la purificación, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor… y para dar la ofrenda, conforme a lo que está dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas, o dos palominos. (Lucas, 2.22-24)

 En el antiguo Israel, cuando una casada daba a luz a su hijo primogénito, debía permanecer en el hogar durante cuarenta días. Luego, iría al Santuario, junto con su esposo y el niño. Allí presentaría un cordero de un año, y una paloma, como holocausto y ofrenda por el pecado y para purificación de la culpa obtenida por el nacimiento de otro pecador al mundo. Si los padres eran indigentes, podrían presentar un substituto de dos tórtolas o palomas (Levítico 12.) El otro acto intimado a los padres, era que se presentase el niño al Señor y se lo redimiese con el pago de cierta suma. Esto les recordaría que el Señor había salvado a los primogénitos de los Hijos de Israel cuando exterminó a los primogénitos de los Egipcios (Éxodo, 13.) Esta exoneración además denunciaba el hecho de que el niño había sido concebido y nacido en el pecado, y requería ser redimido.

 José y María cumplieron estos ritos cuarenta días después del nacimiento de Jesús. Lo hicieron como Israelitas piadosos, pues era lo prescripto por la Ley de Moisés. El sacrificio de las palomas fue una sombra que anticipaba el Sacrificio de Cristo. El precio de la redención presagiaba Su sufrimiento y muerte en beneficio de pecadores. - Pero ¿por qué se hicieron estos rituales de purificación por el Santo Infante Cristo? Pues, porque Él es el Cordero de Dios que llevó el pecado del mundo. Él cumplió la Ley que nosotros no podemos cumplir en su perfección a fin de ser nuestra ofrenda por el pecado: para que nosotros, por fe en Su sangre, fuésemos perdonados y tenidos como justos, solamente por gracia.

 Sabemos que así es por la Palabra de Dios a Lucas, que nos refiere el momento cuando se presentó al Infante Jesús en el Templo. ‘Y, he aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo, piadoso, esperaba la consolación de Israel [es decir, la venida del Cristo;] y el Espíritu Santo era sobre él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y vino por el Espíritu al templo. Y cuando los padres del niño Jesús le trajeron al templo, para hacer por Él conforme a la costumbre de la Ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo, Conforme a tu Palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has dispuesto en presencia de todos los pueblos; luz para ser revelada a los Griegos (Israelitas de la Diáspora,) y gloria de tu pueblo Israel’ (2.25-32.) Simeón habló otra palabra profética, también registrada por Lucas. ‘He aquí, Éste es puesto para caída y para salud de muchos en Israel, y como señal que será contradicha;’ y a María le dijo, ‘y una espada traspasará tu alma.’ De este modo profetizó que muchos se ofenderían por Jesús y lo rechazarían para su propio mal, en tanto otros confiarían en Él solamente por fe y se levantarían del pecado y de la muerte espiritual para heredar la vida eterna. En cuanto a la espada, se refería al amargo sufrimiento que padecería la virgen al pie de la Cruz de su Hijo, cuando Éste muriese.

 Cristiano, el Señor Cristo está siempre tan cerca de ti como lo estuvo del viejo Simeón. Dondequiera que estén Su Palabra y Sus Sacramentos, Él también está presente, dándote el perdón de los pecados. Abrázalo en fe. Hazlo. Y si tienes a Aquél que expió por tu naturaleza pecadora, y por todas sus secuelas, resucitarás a vida eterna.

 

29 de diciembre

 Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los Griegos, Y gloria de tu pueblo Israel. (Mateo, 2.13)

 Oímos ayer estas palabras de Simeón. Aquí nos dice que Jesús es el Salvador que Dios ha dispuesto en presencia de todos los pueblos, no sólo de los Judeanos, sino también de los Israelitas, hijos de Adam, en la Diáspora; para que Jesús fuera para ellos una luz en las tinieblas espirituales y la sombra de muerte, en la cual marchaban. Hoy consideraremos a los primeros de éstos, que llegaron a la fe en Jesús.

 Mateo informa en su Evangelio; ‘Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo. ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque Su estrella hemos visto en el Oriente, y venimos a adorarle.’ — Esto parece haber ocurrido después que José y María volvieron a Belén desde Jerusalén. Los Magos, que vinieron del Oriente, pertenecían a una antigua fraternidad de sabios ó eruditos. Por ejemplo, el Profeta Daniel fue un destacado maestro en uno de esos grupos, cuando estaba en Babilonia, y es posible que a través de él se arraigara en Oriente el conocimiento del Hijo de David, del rey que nacería entre los Judeanos. Dios tuvo a bien señalar el nacimiento de Jesús con una Estrella en el cielo, algo que ante los Magos, quienes practicaban una ciencia antigua, escudriñando los astros, no podía pasar desapercibido. Así, un puñado de ellos, confiando en las profecías y señales de Dios, viajó a Jerusalén, inquiriendo por el rey recién nacido a los Judeanos.

 ‘Cuando Herodes el rey escuchó esto, se turbó, y toda Jerusalén con él. Y reunió a todos los Jefes de los Sacerdotes, y á los Escribas del pueblo, y les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Y ellos le dijeron: En Bethlehem de Judea: porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Bethlehem, en tierra de Judá, no eres la menor entre los príncipes de Judá: porque de ti saldrá el Capitán que pastoreará á Mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando a los Magos en secreto, les indagó, sin demora, cuándo había aparecido la Estrella. Y enviándolos á Bethlehem, dijo: Id allá, y preguntad con diligencia por el niño; y después que le hallareis, decídmelo, para que yo vaya, y también le adore.’ – Tal la hipocresía de Herodes.

 Sigue el informe de Mateo. ‘Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la Estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al Infante con su madre María, y postrándose, le adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes; oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por Dios, en sueños, que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra, por otra senda.’ (Mateo, 2.1-12)

 

30 de diciembre

 Después que partieron ellos, he aquí un Ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo. Levántate y toma al Niño y a Su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al Niño para matarlo. (Mateo, 2.13)

 Qué gran contraste con lo que leímos ayer. Entonces escuchamos que unos sabios vinieron del Oriente para adorar al niño Jesús: y hoy oímos que Herodes, el cruel Idumeo rey de los Judeanos, buscaba matarlo. El niño Jesús permitió que aquellos sabios lo hallaran, mas Herodes no pudo descubrirlo — porque el Ángel del Señor le advirtió a José en un sueño, y le dijo que huyera a Egipto con el niño y Su madre. Lo hizo esa misma noche.

 Herodes ideó un plan homicida tan pronto como los Magos le participaron del nacimiento de Cristo. Por esa razón les consultó diligentemente sobre el tiempo en que apareció la Estrella, y les pidió también que le notificaran cuando dieran con el Infante, diciendo que él también deseaba ir a adorarle. Pero Herodes, al verse luego burlado por los Magos, se enfureció. Como Mateo lo cuenta, ‘Se airó sobremanera, y mandó matar a todos los niños varones menores de dos años que había en Belén, y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.’ De este modo supuso que de seguro el niño Cristo moriría. En cuanto a los infantes que Herodes asesinó, el matar sus cuerpos estaba en su mano, pero no podía arrebatarles el espíritu. — Ellos fueron, de este modo, los primeros mártires Cristianos. Jeremías ya lo había predicho; ‘Voz fue oída en Ramá, llanto y lloro amargo; Raquel que lamenta por sus hijos, y no quiso ser consolada por sus hijos, porque perecieron’ (Jeremías, 31.15.) - Aquí Raquel representa a todas las mujeres y madres de Belén, porque en ese lugar Raquel, esposa del patriarca Jacob, fue sepultada, después de morir al dar a luz a Benjamín.

Al final del capítulo segundo de Mateo, se nos dice que el Señor intervino otra vez luego de la muerte de Herodes. ‘Pero después de muerto Herodes, he aquí un Ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo. Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; mas avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazareth, para que se cumpliese lo que fue dicho por los Profetas: que habría de ser llamado Nazareno.’

 Lector, aquí ves cómo el mundo impío odia y persigue a Cristo en tanto Él lo confronta y lo sobresalta en sus obras de impiedad. Mas el mundo no le pudo dañar, hasta que ‘por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios’ Él mismo consintió que le llevasen a la muerte, como se lee en Hechos, 2.23. Puedes estar seguro que el mundo quiere tratar a los seguidores de Cristo de este mismo modo, y que así lo hace. — ¿Pero cuál es la consecuencia final? Cristo resucita del sepulcro y Asciende al cielo, para allí Reinar a la Diestra de Su Padre. Allí prepara lugar para todos los que le pertenecen. En cuanto al mundo hostil, a Él y a los Suyos, el veredicto final siempre es, ‘han muerto los que procuraban la muerte del Niño.’ ¿Cuál será su suerte entonces?

 

31 de diciembre

 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. (Lucas, 2.40)

 Y descendió con ellos, y volvió a Nazareth, y estaba sujeto a ellos. Y Su Madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas, 2.51,52.)

 Aquí tienes lo que las Escrituras relatan sobre la vida de Jesús hasta que Él cumplió los treinta años, — a excepción de lo que hoy escribiremos. Es cierto, existen antiguos relatos, en los cuales se cuenta toda clase de hechos de la niñez y juventud del Señor Cristo. Estos son los llamados evangelios apócrifos, concebidos por embaucadores, y claramente reconocibles como tales. Aconsejamos no perder el tiempo con tales vanas leyendas.

 El santo Infante creció desapercibido. Este niño único sirvió con humildad a Sus padres. Creció en sabiduría y estatura, y en favor con Dios y con los hombres. Mantuvo oculta Su naturaleza divina. No empleó la divina majestad conferida a Su naturaleza humana, desde que era Dios y hombre en una Persona. Se desarrolló como niño, y como adolescente, así como lo hacen los demás. Él, en quien moraba toda la plenitud de la Deidad corporalmente, ‘siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz’ (Filipenses, 2.6-8.) Dios en la carne, Cristo no utilizó Su majestad y poder durante Su ministerio en favor de la raza caída y para salvación de Sus creyentes. Ocultó Su gloria.

 Hubo ciertos momentos cuando, de un modo similar al rayo solar que de pronto resplandece, fulgurando desde un velo de nubes, irrumpió la exhalación de Su majestad divina detrás del estado de humillación que Él voluntariamente adoptó por amor a nosotros.

 En una ocasión los padres de Jesús, viajaron, como todos los años, a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, Él también comenzó a acompañarlos. Al fin de la fiesta y en tanto volvían a la casa, el niño Jesús se rezagó en Jerusalén; y esto lo ignoraban Sus padres - ya que suponían que estaba con otros peregrinos. Al fin de un día de viaje, sin embargo, comenzaron Su búsqueda. Como no le hallaron, volvieron a Jerusalén para indagar por Él. Al tercer día lo hallaron en el Templo, en medio de los Ancianos, escuchándoles y haciéndoles preguntas. Y se nos dice que todos los que lo oían se maravillaban por Su perspicacia y Sus respuestas. Cuando Sus padres lo vieron se extrañaron. Su madre le dijo. ‘Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces Él les dijo. ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de Mi Padre me es necesario estar?’ (Lucas, 2.41-52.)

 Lucas nos dice que ellos no sabían de qué Él les hablaba. - ¿Comprendes tú Su respuesta, buen amigo? Piensa en ello. Esta Palabra Suya fue ese rayo de majestad divina del Unigénito del Padre, que recién mencionamos. Sin embargo, de inmediato se ocultó otra vez detrás de la forma humilde del siervo de Dios que era, pues Lucas narra, ‘Y descendió con ellos, y volvió a Nazareth, y estaba sujeto a ellos.’ - Pero se nos dice que Su Madre meditaba todas estas cosas en su corazón. Haz tú lo mismo.

 

EL DÍA DE AÑO NUEVO

 Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo. Quédate con nosotros. (Lucas, 24.29)

 Al comenzar un nuevo año, como lo haces hoy, no te diferencias de aquel que emprende un viaje largo y arduo, con esperanzas de llegar con éxito a destino, pero a la vez reflexionando sobre temibles obstáculos que podrían tornar quimérica esa meta. Seguramente confías comenzar otro año, al final de éste. Sin embargo, sabes que habrá conflictos y hasta peligros que amenacen tu ventura temporal y eterna. Sí, hay muchas razones por las que debes arrojar todas tus ansiedades sobre el Señor.

 Por cierto no quieres emprender el nuevo año como si fuera un juego azaroso; esto sería una necedad. Nuestro consejo es que vuelvas con fe a tu Salvador, quien es tu mejor amigo, y le implores que permanezca contigo durante todo este año, y para siempre.

 Como sucedió el año pasado, también este padecerás dilemas diarios con el pecado. Es penoso, pero así es. No sugerimos que intentes seguir tu propio camino, que resultaría ser uno en el pecado. Eres, a fin de cuentas, un Cristiano y un hijo de Dios. Sin embargo, sigues siendo un pobre pecador. Por eso dijimos que tendrás conflictos con el pecado cada día. Incluso puede suceder que en la debilidad de tu carne y las incitaciones del diablo, de pronto, te veas envuelto en algún error inextricable. ¿Quién puede asegurar que esto no suceda? Luego viene la pregunta: ¿querrás persistir en ese pecado?

 Seguramente sabes que no podrás triunfar con tus propias fuerzas. Tampoco querrás que la culpa y la carga de tus faltas, que se multiplican incesantemente, te separen del amor de Dios. — Allí es donde entra el Señor Jesús, el que lleva tu pecado; y por ello te alentamos a volver a Él, especialmente en este primer día de un nuevo año (y, en realidad, todos los días,) rogando que permanezca contigo. Lo hará, con toda certeza, en respuesta a tus preces. Perdonará tus pecados, y con misericordia fortalecerá tu fe para que así te defiendas contra el error y los fraudes y agresiones del diablo. Velará por ti como tu Buen Pastor, porque Él ama a Sus ovejas.

 Sabes que el camino de la vida es peligroso, como el comienzo de un nuevo año. Por otra parte, ni siquiera conjeturas los riesgos que te amenazan por el camino; y si piensas atravesarlo en soledad, no serás bendecido. Por la simple razón de ser Cristiano e hijo de Dios, el diablo es tu enemigo inexorable. Mayor motivo entonces, para pedir que Jesús permanezca a tu lado. Tú permaneces desde siempre en Su corazón. Entonces, no importa qué suceda, todo resultará para tu bien. La mano que fue clavada en la Cruz por ti, convertirá cada sufrimiento y adversidad en bendición. Y aunque fuera tu destino marchar por oscura sombra de muerte a lo largo de este año, no debes temer ningún mal, ya que tu Buen Pastor está contigo. Si llegaran tiempos de tristeza y de gemidos, te consolará con Su Palabra, llevará tu Cruz, aliviará tu carga, y con amor la quitará de ti, velozmente, para tu bien.

 Por último, Cristiano, también sería posible que te hallaras con la muerte este año. Y después de la muerte viene el Juicio. ¿Y cuál será tu destino si tu Salvador y Abogado no está entonces contigo? - Con todas tus fuerzas ora con exaltación e insistencia, ‘¡Querido Jesús, permanece conmigo!’ Entonces ni la muerte ni el Juicio podrán hacerte daño alguno, y tu amado Señor te llevará a casa del Padre en los cielos.

 ‘¡Quédate conmigo, Señor Jesús!’ - Qué este ruego esté siempre en tus labios y en tu corazón; y así, y no de otro modo, tendrás un próspero año nuevo.

 

2 de enero

 Voz que clama en el desierto. Preparad camino al SEÑOR; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. (Isaías, 40.3.)

 He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día del SEÑOR, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres. (Malaquías, 4.5-6)

 Estos mensajes proféticos hablan de un Predicador y Profeta como Elías, que se adelantaría al Señor Cristo, preparando senda delante de Él. Hoy queremos hablar del maravilloso nacimiento de ese Predicador.

 En el tiempo de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre Zacarías, y su esposa se llamaba Elizabeth. Eran rectos delante de los ojos de Dios, y observaban cabalmente los preceptos del Señor. Pero no tenían hijos. Sucedió que quince meses antes del nacimiento de Cristo, cuando Zacarías servía como sacerdote ante Dios y era su tiempo de quemar el incienso, un Ángel del Señor vino a él. Zacarías, al darse cuenta, temió. Pero el ángel le dijo; ‘No temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elizabeth te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.’

 Zacarías preguntó cómo podría estar seguro de esto, ya que él y su esposa eran ancianos. El ángel respondió. ‘Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.’ — Mientras tanto, el pueblo esperaba a Zacarías e inquiría por qué demoraba tanto en el Templo. Cuando salió no les podía hablar. Reconocieron que había visto una visión, porque él les hacía señas, mas no podía hablarles. Cuando terminó el tiempo de su ministerio, volvió a casa.

 Elizabeth dio a luz un hijo como el Ángel le había dicho a Zacarías. Sus vecinos y parientes se regocijaron con ella, porque el Señor le había mostrado gran misericordia. Al octavo día, cuando era el tiempo de circuncidar al niño, se decidió darle el nombre Zacarías por su padre; pero su madre habló, diciendo. ‘No; se llamará Juan.’ Le dijeron, ‘No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.’ Entonces emplazaron al padre, quien pidió una tablilla, y para asombro de todos escribió. ‘Juan es su nombre.’ Al momento se abrió su boca y se soltó su lengua, y habló bendiciendo a Dios. Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo. ¿Quién, pues, será este niño?

 Su padre fue lleno del Santo Espíritu de Cristo y profetizó; ‘Bendito el Señor Dios de Israel, que ha visitado y redimido a Su pueblo, y nos levantó un poderoso Salvador en la Casa de David Su siervo, como habló por boca de Sus santos Profetas que fueron desde el principio; salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de Su santo pacto; del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder, que, librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos los días de nuestras vidas. Y tú, niño, Profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, con que nos visitó desde lo alto la Aurora, para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz.’ (Lucas, 1.62-79.)

 3 de enero

 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel. (Lucas, 1.80)

 Este niño, por supuesto, es Juan, de quien oímos tuvo el elevado destino de ser el Precursor y el Heraldo que prepararía el camino al Cristo. Se nos dice que vivió en el desierto, hasta que apareció públicamente a Israel. En esa soledad y aislamiento se preparaba a Juan para su futura vocación.

 Luego, cuando tuvo unos treinta años, en el año quince del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilatos gobernaba Judea, y Herodes era Tetrarca en Galilea, y su hermano Felipe era Tetrarca en la región de Traconitis y Lisanias; y Anas y Caifás eran los Sumos Sacerdotes, por mandato de Dios, Juan dejó el desierto y llegó a la región por el río Jordán. Predicó bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, diciendo. ‘Arrepentios, porque el Reino de los Cielos se ha acercado.’ Su ropa estaba hecha de pelo de camello, y tenía un ceñidor de cuero. Su comida consistía en langostas y miel salvaje, como la de los Profetas del antiguo Israel.

 Fue un poderoso Predicador de arrepentimiento, y proclamó con igual poder al Cristo que ya había venido, y que pronto aparecería públicamente. Lo hizo por mandato de Dios y administró el nuevo Sacramento, el santo Bautismo, mediante el cual se dio a los pecadores el Perdón en el nombre del Mesías. Su aparición causó sobresalto, pues por cuatrocientos años no había habido ningún profeta en Israel. Ahora nuevamente había venido uno que anunciaba la inminente aparición del Cristo, y el amanecer de la Época del Nuevo Testamento. Su predicación levantó los espíritus del pueblo con poder, y hubo un entusiasmo sin paralelo entre ellos. Toda la campiña de Judea y toda la gente en Jerusalén salieron para verlo. Confesando sus pecados, fueron bautizados por Juan en el río Jordán. Cuando Juan vio que muchos de los Fariseos y Saduceos venían donde él bautizaba, les dijo. ‘¡Raza de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la Ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya el hacha está puesta en la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado, y echado al fuego.’

 Cuando la multitud oyó lo que dijo a estos hipócritas, muchos le preguntaron con corazón sincero. ‘Entonces, ¿qué haremos?’ No les dijo que hicieran alguna obra en especial. Como todo genuino predicador, les respondió, con franqueza; ‘El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.’ Vinieron Publicanos para ser bautizados. ‘Maestro, ¿qué haremos?’ Él les dijo. ‘No exijáis más de lo que os está ordenado.’ También le preguntaron unos soldados, diciendo. ‘Y nosotros, ¿qué haremos?’ Y les dijo. ‘No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.’ - En otras palabras, no debían actuar con exagerada piedad en público, para ser vistos de los hombres, como era costumbre entre los Fariseos, sino, más bien, marchar en el temor de Dios y servir a los que les rodeaban, cada día.

Cuando la gente pensaba que Juan tal vez pudiera ser el Cristo, les dijo. ‘Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de Quien no soy digno de desatar la correa de Su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en Su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en Su granero, y quemará la paja en fuego inextinguible.’ (Lucas, 3.1-18.)

 El Señor nos conceda Su Espíritu Santo para que nosotros también escuchemos el mensaje de Juan y, arrepentidos de nuestros pecados, dejemos que nos señale al Cristo, nuestro Salvador; y luego adornemos nuestra fe con las obras sencillas del amor Cristiano, para no ser rechazados como hipócritas, mas nos deleitemos de la vida eterna en los cielos.

 

4 de enero

 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. (Mateo, 3.13)

 También Jesús, quien ahora tenía treinta años de edad y hasta entonces había vivido en Nazareth en Galilea, a resguardo de la curiosidad pública, llegó a Juan para ser bautizado por él.

 ¿Pero, por qué? ¿No fue el bautismo de Juan uno de arrepentimiento para el perdón de los pecados? ¡Jesús, el Santo de Dios, por cierto no tenía de qué arrepentirse, ni bautizarse para el perdón de los pecados! De hecho, Juan se resistía a bautizar a Jesús. Dijo. ‘Yo necesito ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí?’

 Jesús respondió. ‘Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.’ En efecto estaba diciendo. ‘Ésta es una parte de la Justicia que vine a cumplir.’ Luego Juan consintió y lo bautizó, aunque no concebía por qué debía ser así.

 Mateo continúa en su tercer capítulo. ‘Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía al modo de paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía. Este es mi Hijo amado, en Quien tengo complacencia.’

 Buen lector, tú también, como Juan, tal vez te preguntes qué significa todo esto. - Es cierto que Jesús no fue un pecador, sino Aquél perfectamente Santo y Justo, y por ese motivo no requería del Bautismo de arrepentimiento para Su propia persona. — Esta es la explicación: así como Cristo admitió ser circuncidado, siendo la circuncisión el sacramento de iniciación bajo la Ley, era necesario que no sólo admitiera, más instituyera éste, con la misma divina autoridad, siendo la iniciación al Reino de eterna Misericordia y Verdad. — Mas también era necesario por otra razón: Nuestro Señor fue predestinado al Oficio de Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec, para ser Sumo Sacerdote sobre Su cuerpo, que es la Iglesia Cristiana. Ahora bien; así como el Sumo Sacerdote era iniciado al Oficio por un lavamiento y la unción, así lo hizo Cristo: y de este modo fue bautizado, lavado y ungido por el Espíritu Santo. De este modo dio cumplimiento al propio precepto de Su iniciación al Oficio de Sumo Sacerdote, al comienzo de Su Ministerio, y así fue preparado para hacer expiación por el pecado del mundo.

 En la Transfiguración el Padre le ordenaría, como Hombre divino, al máximo rango del Sacerdocio de Melquisedec; y en Su gloriosa Resurrección, recibiría las Llaves del Infierno y de la Muerte, y, como Rey de Reyes, y Señor de Señores. se sentaría a la Diestra del Padre, como Su Virrey, y nuestro Mediador en el Santuario de los Cielos.

 El Bautismo de Cristo, en los inicios de Su Ministerio Público, es, pues, la declaración preliminar y solemne de Dios, enseñando que Cristo cumpliría la obra de la redención del hombre — y que en Él, el mundo entero tiene perdón de pecados. Por ello el Espíritu Santo descendió visiblemente sobre Él, y el Padre, desde los cielos abiertos, declaró complacencia con Su Hijo. Esto fue hecho en nuestro beneficio.

 Así el Bautismo de Jesús es la confirmación divina de que, por Su causa, recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento; y de que se nos da el Espíritu Santo en él, al imponérsenos las manos, y de que por medio del Bautismo, por la fe, llegamos a ser hijos de Dios, y el cielo es nuestro.

 Piensa con frecuencia en tu Bautismo, buen amigo; haciéndolo, hallarás fuente de gran consuelo y fortaleza para tu fe.

 5 de enero

 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. (Mateo, 4.1)

 El diablo tentó a Adán y Eva en el Paraíso, y cayeron en el pecado. Como consecuencia, este pecado y la muerte llegaron a ser herencia común de cada hombre. — Pero eso no es todo. Inmediatamente después de la Caída, el Señor mismo profetizó perpetua y activa enemistad de parte del diablo, aunque también su derrota por la ‘Simiente de la Mujer’, el Señor Jesucristo, triunfo que implicó nuestra redención.

 Cuando Cristo apareció en la carne, inmediatamente después de Su Bautismo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto, para allí emprender la batalla contra el diablo, en favor de los pecadores. Allí encontró al enemigo de Dios y de los hombres, a Satanás; y como Adán y Eva, nuestros primeros padres, Él, como nuestro Capitán, también fue tentado por él. Si hubiera sucumbido a los engaños del enemigo, la raza adámica hubiera estado perdida para siempre. Pero al obtener la victoria, hubo remedio para la caída de Adán y el poder de Satanás fue quebrantado. — Bajo esta luz se debe ver la tentación de Cristo.

 No fue en un paraíso placentero, sino en un desierto sombrío, donde Dios encubrió Sus bendiciones, cuando Jesús estaba hambriento y exhausto, después de un ayuno de cuarenta días, y fue tentado del diablo por nosotros.

 ‘Y vino a él’, dice Mateo del diablo en el capítulo cuatro. No sabemos de qué manera ocurrió esto. Luego, el tentador le dijo. ‘Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.’ Fue una burla y un escarnio, dirigidos contra la bondad del Padre Celestial — un dardo de fuego lanzado contra el alma asediada de Cristo. — Jesús enfrentó la tentación citando la Palabra de Dios. ‘Escrito está; No sólo de pan vivirá el hombre, mas de toda Palabra que sale de la boca de Dios.’ En efecto estaba diciendo: Esta Palabra me asegura que soy el Hijo de Dios y que Él me puede sostener sin pan, si así lo desea. Y así se desvió la saeta del diablo del alma de Jesús, pues ella estaba protegida por la Palabra del Padre.

 Sigue el relato de Mateo; ‘Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del Templo, y le dijo. Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A Sus ángeles mandará a ti, y en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra.’ Ahora el diablo citaba la Palabra de Dios, pero velándola y empleándola de forma equívoca. Su intención era hacer que Jesús pusiera a Dios a prueba, y buscara gloria y fama empleando un milagro de Su propio sufragio. — Una vez más Jesús recurre a la Palabra de Dios y dice. ‘Escrito está también; No tentarás al Señor tu Dios.’ Esta segunda saeta de la aljaba del diablo resultó, asimismo, infecunda.

 Sigue la narración. ‘Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo. Todo esto te daré, si postrado me adorases.’ - El ‘príncipe de este mundo’ ofreció hacer a Cristo su virrey, bajo la condición de que Jesús lo reconociera como Su soberano, y con la esperanza de que el esplendor del mundo engañara y apartara a Cristo de Dios. — Otra vez, Jesús, cuando le ordena apartarse, cita la Palabra: ‘Vete, Satanás, porque escrito está. Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás.’

 Luego el diablo le dejó, y llegaron ángeles para servirle. Así el Segundo Adán pasó esa prueba que nuestro ancestro, el Primer Adán, reprobó. La caída de Adán y su deserción de Dios, que involucró a toda la raza, fue remediada. Jesucristo había ganado para nosotros la gloria. Cree esto con firmeza, pues, haciéndolo, pondrás al enemigo en fuga.

 Y cuando llegue la seductora tentación, conocerás por el paradigma de tu Salvador cómo habrás de resistirla. Invoca a Cristo, quien en tu lugar y para tu bien eterno sobrellevó con éxito la tentación del diablo; y como Él, refúgiate en la eficaz Palabra de Dios.

 

6 de enero

 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. (Juan, 1.37)

 Un día, cuando, Juan bautizaba en el Jordán, vio a Jesús acercársele y dijo. ‘He aquí el Cordero de Dios, que lleva sobre Sí el pecado del mundo.’ Siguió para decir. ‘Este es Aquél de quien yo dije; Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También dio Juan testimonio, diciendo; Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo; Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que Éste es el Hijo de Dios.’ ‘Al día siguiente, allí estaban Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo; He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo; ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron; Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo; Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.’

 Uno de los que siguió a Jesús después de oír el testimonio de Juan, fue Andrés. Su primer acto fue hallar a su hermano Simón, al cual dijo: ‘Hemos hallado al Cristo.’ Luego llevó a Simón a Jesús, Quien lo miró y le dijo; ‘Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas.’ Esta palabra, traducida del Arameo, significa ‘piedra’, el apodo que Jesús dio a Pedro.

 Al día siguiente Jesús decidió salir para Galilea. Halló a Felipe y le dijo. ‘Sígueme.’ Felipe, al igual que Andrés y Pedro, provenía del pueblo de Bethsaida. Él buscó a Nataniel y le dijo. ‘Hemos hallado a Aquél de quien escribió Moisés en la Ley, así como los Profetas; a Jesús, el hijo de José, de Nazareth.’ — Cuando Nataniel oyó la palabra Nazareth, clamó; ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ Por la Escritura sabía que el Cristo, o Mesías, debería nacer en Belén. Pero Felipe sencillamente dijo; ‘Ven y ve.’ Cuando Jesús vio a Nataniel acercándose, dijo de él; ‘He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.’ — Nataniel quería comprender cómo Jesús sabía de él. Jesús contestó; ‘Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’ De este modo Cristo le dijo a Nataniel que lo había visto, y sabía por su fe y actos, que era un Israelita, y no un Idumeo. Nataniel reconoció el valor de lo que Cristo dijo y exclamó. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.’ - Jesús le dijo. ‘¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que éstas verás… En verdad, de cierto os digo. De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y vienen sobre el Hijo del Hombre.’ En efecto, estaba diciendo que Sus discípulos entenderían plenamente que Él era aquella escalera que llega al cielo, la que Jacob había visto en su sueño. De ella oímos en Génesis, 38. — Ésta es la historia de los primeros seguidores y discípulos de Jesús, y se encuentra en el primer capítulo del Evangelio de Juan.

 Uno no llega a ser seguidor de Jesús como fruto de un Sermón, o por un testimonio acerca de Jesucristo. Es necesario que vayamos a Jesús; que lo veamos y lo escuchemos. Tal vez discrepes y digas. ‘¿Cómo será posible esto en nuestros días? Es cierto, todavía se predica acerca de Jesús, pero ya no es posible ir a Él, verlo y escucharlo como lo hicieron aquellos.’

 Nuestra respuesta a la réplica es: si te congregas y escuchas en el Servicio Divino las palabras de consagración, que no son otras que las del mismo Cristo; ‘Este es Mi Cuerpo; Esta es Mi sangre’, entonces sabrás que Su Presencia ha venido con el perdón; que Su cuerpo y Su sangre están en el mismo Altar. Y cuando lees Su Palabra en los Evangelios, ves y escuchas a Cristo mismo en el poder del Espíritu Santo, que siempre obra en Su Palabra y los Sacramentos. Sí: no sufres ningún detrimento frente a los Apóstoles, porque tú, de este modo, solamente por fe, ves lo que ellos vieron, y escuchas lo que oyeron aquellos testigos oculares, y lees lo que el Espíritu Santo les hizo escribir.

 Recuerda también lo que hicieron Felipe y Andrés cuando habían encontrado al Señor Jesús. Hablaron de Él a otros, especialmente a sus amigos y seres queridos.

 

© Enrique Ivaldi Broussain - Noviembre 2002 - 2015

 

SOLI GLORIA IESU

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