AUGUSTINUS
Suma Doctrinal, también llamada, ‘Augustinus.’
‡
De las Sagradas Escrituras.
1.
Enseñamos que la Sagrada Escritura, distinguiéndose así de todos los
otros escritos en el mundo, es la Palabra de Dios, desde que los santos
hombres de Dios que las escribieron no lo hicieron desde su propio
consejo, sino que escribieron lo que el Espíritu Santo les comunicó por
inspiración, como el mismo Santo Escrito expresamente lo testifica:
‘Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios’ (II Tim., 3.16,) y,
otra vez, ‘los santos hombres de Dios hablaron según fueron movidos por
el Espíritu Santo’ (II Pedro, 1. 21.) Desde que la Santa Escritura es la
Palabra de Dios, enseñamos, asimismo, que en ella, providencialmente
preservada, y fielmente transcripta en traducciones hechas sobre los
textos legítimos, no se encuentran errores ni contradicciones de ninguna
clase, sino que es verdad infalible, como nuestro mismo Señor lo
afirma: ‘La Escritura no será quebrantada’ (Juan, 10. 35.) ~
Reconocemos, por lo tanto, con alta reverencia & confianza, la
versión latina original de San Jerónimo, conocida como Vulgata, por su
erudición y la fidelidad a los originales demostrada por su autor, lo
que así ha sido declarado por doctos varones de Dios en todas las
iglesias, y todos los tiempos. Particularmente se recomienda la versión
hispana de Felipe Scío de San Miguel, con sus Notas. La Septuaginta, o
Biblia de los LXX, debe, asimismo, ser grandemente estimada, desde que
fue ella la que citaron tanto nuestro querido Señor Jesucristo como Sus
Apóstoles, tal cual lo testifican los escritos del Nuevo Testamento.
Comentarios:
La Vulgata de San Jerónimo ha sido apreciada como una versión fiel de
la Sagrada Escritura por parte de eruditos como Fagius, quien dijo «Non
est ergo temere nata Vulgata editio, ut quidam scioli stulte et
impudentur clamitant» (Prefat. ad collat. translat. Vet. Test.)
Carpzovius opina que Jerónimo, por la erudición y conocimiento de las
lenguas originales, sobrepasa, tanto a los primeros, como a los
postreros traductores de la Escritura, considerando incluso las notas
marginales que propuso y las introducciones al texto. (Crit. sacr.
Proemiun, p. 21-22.) Una misma cosa opina Drusius en su ‘Loca Difficilia
Pentateuchi.’ — Grocio, por su parte, manifiesta haber empleado la
Vulgata para sus estudios dogmáticos sobre Antiguo Testamento, desde que
ella no contiene nada contrario a la sana doctrina, nulla dogmata
insalubria continet, a la vez que destaca la sabiduría erudita de San
Jerónimo. A estos testimonios se suman los de Théodore de Beza;
Casaubon; Andrews; Louis de Dieu; Thomas Hartwell Horne; Anglicano; el
famoso hebraísta Gesenius y asimismo Hermann Roensch, en su obra « Itala
et Vulgata; des Sprachidiom des urchristtlichten Itala & der
katholischen Vulgata. » Leipzig, 1869.) Un mismo valor adjudicamos a la
KJV, la Biblia de Ginebra y la Douay-Rheims original. En castellano
pueden consultarse la RV 1865 Y RVG 2010.
2. Además, también
enseñamos sobre las Sagradas Escrituras, que ellas son dadas a la
Iglesia Cristiana para fundamento de la fe; como San Pablo dice,
refiriéndose a la Iglesia Cristiana: ‘Edificada sobre el fundamento de
los apóstoles y de los profetas’ (Efesios, II. 20.) Por lo tanto las
Escrituras son el principal fundamento sobre el cual toda doctrina
proclamada en la Iglesia debe ser discernida, y por lo tanto la
infalible norma y regla sobre la cual todas las doctrinas y maestros
deben ser estimados y juzgados. I Pedro, 4. 11.
3. En
consecuencia, condenamos y repudiamos las espurias y mutiladas
traducciones del Santo Escrito que, desde mediados del siglo diecinueve,
se multiplican y difunden entre Cristianos, con el propósito de
pervertir y derribar la Palabra de Dios.
4. Suscribimos,
asimismo, los documentos, estudios y sermones de los padres y videntes
de la fe Cristiana, en tanto estos documentos prueban ser una armónica y
a la vez verdadera y correcta exposición de las doctrinas que enseña el
Santo Escrito, y no contradicen ni a la sabia Tradición,* ni a la
cierta Historia de la Antigua Iglesia Cristiana.
* Llamamos
Tradición a la obra escrita por padres de la Iglesia y sucesivos
teólogos ortodoxos, cuya doctrina concuerda plenamente con la Sagrada
Escritura.
5. Rechazamos la doctrina que ciertos hombres
tratan de difundir dentro de la Iglesia Cristiana de nuestros días,
incluso bajo el nombre de ‘ciencia’, según la cual las Sagradas
Escrituras no son plenamente la Palabra de Dios, mas son, en parte,
Palabra de Dios, y en parte, también, palabra del hombre, y que, por lo
tanto, contienen errores o, al menos, es posible que los contengan.
Rechazamos esta doctrina como lo que es, una horrible y blasfema, porque
contradice descaradamente a Cristo y a Sus Apóstoles, y pone a la carne
del hombre como juez sobre la Palabra de Dios: y así destruye el
fundamento de la fe de la Iglesia Cristiana.
De Dios.
6.
De acuerdo con la revelación de la Sagrada Escritura, confesamos el
sublime artículo de la Santa Deidad, i.e., enseñamos que el Único Dios
Verdadero (I Cor., 8.4) se ha revelado como Padre, e Hijo, y que el
Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo (Mateo, 28.9,) todos, de una
misma voluntad divina (Juan, 10.30,) iguales en poder, iguales en
eternidad, iguales en majestad, desde que cada una de ellos posee la
única y entera divina voluntad (Col., 2.9.)
7. Con relación a
todos los maestros y comuniones que niegan la doctrina de la Santa
Deidad, sostenemos que están fuera de la Iglesia Cristiana, no teniendo
ningún Evangelio, ningún Bautismo, &c., como la misma Escritura lo
testifica: ‘Quienquiera niega al Hijo, este mismo no tiene al Padre’ (I
Juan, 2. 23.) El Hijo de Dios es el Dios que ha dado la Gracia al
hombre; Juan, 3.16-18, I Corintios, 12.3. Desde la Caída, ningún hombre
puede creer en la paternidad de Dios, a menos que crea en el Hijo Eterno
de Dios, quien se hizo hombre y nos reconcilió con Dios por Su
Sacrificio Vicario (Satisfactio Vicaria,) I Juan, 2.23; Juan, 14.6.
De la Creación.
8.
Enseñamos que Dios ha creado los cielos y la tierra, en el modo y el
tiempo registrados en el Santo Escrito (especialmente en Génesis, 1 y
2,) esto es, por Su todopoderosa y creativa Palabra, y en seis días. En
nuestros días esto es negado, o limitado, por los que afirman,
sometiéndose a una falsamente llamada ‘ciencia,’ que el mundo llegó a
existir por el proceso de la evolución;’ esto es, que el mundo se
desarrolló, en mayor o menor medida, librado a sí mismo en inmensos
períodos de tiempo. Desde que ningún hombre estuvo presente cuando a
Dios le plugo crear al mundo, nosotros debemos considerar como confiable
registro de la Creación, al propio Registro de Dios, que se encuentra
en el Libro de Dios, la Sagrada Biblia. — Aceptamos este registro con
toda confianza, y confesamos: ‘creo que Dios me ha creado a mí, y a
todas las criaturas.’
Del Hombre y del Pecado.
9.
Enseñamos que Dios creó al hombre Adam no semejante a un animal, ni
moralmente neutral, ni sólo capaz de desarrollo, sino a Su propia
imagen, es decir, en verdadero conocimiento de Dios y en perfecta
santidad y justicia, dotado incluso con conocimiento sabio de la
naturaleza. Génesis, 2. 19-23; Efesios, 4.24; Colosenses, 3.10.
Nosotros, además, enseñamos que el pecado y la muerte vinieron al mundo
por la Caída del primer hombre, como está descrito en Génesis, 3. Por
esta Caída, no sólo este mismo hombre, sino también su progenie natural,
han perdido el conocimiento, la justicia, y la santidad, originales; y
así todos los hombres son pecadores por nacimiento, muertos en el
pecado, inclinados a todo mal, y sujetos a la ira de Dios; Romanos,
5.12,18; Efesios, 2.1-3. Enseñamos también que los hombres son
incapaces, por cualquier propio esfuerzo o con la ayuda de ‘la cultura y
la ciencia,’ de reconciliarse a sí mismos con Dios, y así conquistar la
muerte, y la condenación.
De la Redención.
10. Confesamos
que en la plenitud de los tiempos, el Hijo Eterno de Dios se hizo
hombre al asumir, de la Santísima y Siempre Virgen María, y por el poder
del Espíritu Santo, una naturaleza humana como la nuestra, — aunque sin
pecado —- recibiéndola en Su Persona divina. Jesucristo es, por lo
tanto, ‘Dios verdadero, engendrado del Padre de toda eternidad, y
también hombre verdadero, nacido de la Virgen María,’ Dios verdadero y
verdadero hombre en una persona inseparable e indivisible. El propósito
de esta Encarnación milagrosa del Hijo de Dios fue que Él fuera el
Mediador entre Dios y los hombres, sufriendo y muriendo en lugar de
pecadores contritos, como aquel Cordero sin mancha, ni contaminación.
De la Theotokos, la Santa Madre De Dios.
11.
Creemos que la Santa Virgen es, estrictamente hablando, la Theotokos,
la Madre de Dios (Greg. Naz., Ep. I ad Cled,; Theod., Haer. Fab., v.
18.) Pues en tanto Aquel que nació de ella era Dios Verdadero; ella, que
le tuvo en el seno materno, por llevar al Verbo Encarnado en su
vientre, es la Santísima Madre de Dios. Por ello sostenemos que Dios
nació de ella, sin que esto implique que la Deidad del Verbo recibió de
ella Su ser original, mas significando, sí, que Dios el Verbo, quien fue
engendrado del Padre antes de todos los siglos, y que junto al Padre y
el Espíritu Santo, es eterno; quienes no tienen, ni comienzo de días, ni
fin de años; el Verbo tomó Su morada, para nuestra salvación, en el
vientre de la Virgen María; y sin cambio se hizo carne, y nació de ella.
Ya que la Santa Virgen no alumbró a un mero hombre, sino a Dios
verdadero: y no al mero Dios, más a Dios Encarnado, quien no trajo Su
cuerpo del cielo, ni pasó por la Virgen como por un conducto, mas
recibió de ella Su carne, de una misma esencia que la nuestra, la que
subsiste en Él mismo. Puesto que si el cuerpo hubiese venido del cielo, y
no hubiese participado de nuestra naturaleza, ¿para qué se habría hecho
hombre? Así, el propósito de Dios el Verbo al hacerse hombre, fue, que
la misma naturaleza, que había pecado, y caído, corrompiéndose, pudiese
triunfar sobre el tirano falaz, libre de corrupción, como lo dice el
santo Apóstol, ‘Pues así como por un hombre vino la muerte, también por
el otro [hombre, el del cielo] vino la resurrección de entre los
muertos’ (I Cor., 5.21.) Si la primera sentencia es verdad, asimismo
debe serlo la que prosigue.
12. Aún cuando no obstante, él dice,
‘El Primer Adán es terrenal, de la tierra; el Segundo Adán es el SEÑOR,
del cielo’ (I Cor., 15.47; Greg. Naz., ibid.) Pablo no dice que Su
cuerpo es celeste, mas enfatiza el hecho de que Él no es mero hombre.
Pues, observémoslo, él le llama a la vez Adán y SEÑOR, indicando de esta
manera Su doble naturaleza. Pues Adán, interpretado, significa nacido
de la tierra: y está claro que la naturaleza del hombre es de la tierra,
pues de ella es formado; pero el título SEÑOR, significa Su esencia
[Gr. ousia] divina.
13. Y, otra vez, el Apóstol dice: ‘Dios envió
a Su Hijo Unigénito, hecho de mujer’ (Gal., 4.4.) No dice, ‘hecho por
una mujer.’ Por lo tanto, el santo Apóstol enseña que el Unigénito Hijo
de Dios, y Dios Él mismo, que se hizo hombre de la Virgen, y que Aquel
que nació de la Virgen, es el mismo Hijo de Dios y Dios Él mismo.
14.
Mas el Verbo nació en la forma corporal, en tanto se hizo hombre; y no
concibió Su morada en un hombre formado de antemano, como en el caso de
un profeta; mas vino a ser Él mismo hombre, en esencia y en verdad; esto
es; hizo que Su carne fuese animada con la inteligencia y racionalidad,
para así subsistir en Su propia subsistencia; y Él mismo subsistía por
ello. Pues este es el significado de ‘hecho de mujer.’ Así, ¿cómo
hubiese podido el mismo Verbo Divino ser puesto bajo la Ley, si no se
hacía hombre, o no era de una misma esencia con nosotros mismos?
15.
Por lo tanto es justo y veraz que llamemos Madre de Dios a la Santa
Madre de Dios. Este nombre abarca el pleno misterio de la Encarnación.
Pues si ella, quien llevó a Dios en su seno, es María, la Santa Madre de
Dios, con toda seguridad Aquel que de ella nació es Dios, y a la vez
hombre. Ya que, ¿cómo podría Dios, quien existe antes de todos los
siglos, nacer de mujer, sin hacerse hombre? Porque el Hijo del Hombre
debe, claramente, ser hombre por Sí mismo. Pues, ¿cómo podría Dios,
quien ES desde antes de la fundación del mundo, haber nacido de mujer, a
menos de venir Él como hombre? Así, el Hijo del Hombre debe ser, Él
mismo, hombre. Pero, si Aquel que nació de mujer es, en Sí mismo, Dios,
manifiestamente Aquel que es engendrado de Dios Padre según las leyes de
una esencia [ousia] que es Divina, y no conoce comienzo: Este mismo
que, en los últimos días, nació de la Virgen según las leyes de una
esencia [ousia] que tiene comienzo y está sujeta al tiempo; esto es, una
esencia humana, debe ser uno y el mismo con el primero. El nombre, por
cierto, significa la una subsistencia y las dos naturalezas y las dos
generaciones de Nuestro Señor Jesucristo.
16. Pero nosotros jamás
decimos que la Santa Virgen es la Madre de Cristo (cristotokos, como
opuesto a qeotokos;) pues, a fin de derribar el título MADRE DE DIOS, y
deshonrarla, a ella, la única digna de honor sobre la entera Creación,
el impuro y abominable judaizante Nestorio (Cirilo, ad Monachos, Epist.
1) un vaso de ignominia, inventó este vocablo, como un insulto. David,
el rey, y Aarón, el sumo sacerdote, son asimismo llamados cristos
[ungidos,] por el uso de constituir príncipes y sacerdotes por la unción
con óleos; y, además, cualquier hombre inspirado puede ser llamado
‘Cristo;’ pero aún así no sería, por naturaleza, Dios en Persona; sí; el
nefasto Nestorio insultó a Aquel nacido de la Virgen, llamándole
‘Portador de Dios,’ (theoforos, Deigerus. Greg. Naz., Ep. 2, ad Cled.
Basil, De Spir. Sanc., ch. 5, &c.) Lejos esté de nosotros hablar o
reflexionar sobre Cristo Dios como un teóforo, palabra, sin embargo,
propia a cada Cristiano (Ciril, cont. Nest., lb;) pues CRISTO EL SEÑOR
es, en verdad, DIOS ENCARNADO. Sí; el mismo Verbo se hizo carne,
concebido de la Virgen, mas viniendo como Dios con la naturaleza que,
por Él asumida, tan pronto vino a la existencia, fue deificada por Él;
de modo que tres eventos tuvieron lugar de modo simultáneo. En primer
lugar, la asunción de nuestra naturaleza; luego, la venida al ser, como
existencia; y, además, la deificación de la naturaleza asumida como
Dios. Y así es como la Santa Virgen es concebida y confesada como la
Madre de Dios, no tan sólo a causa de la naturaleza del Verbo, sino
asimismo por la deificación de la naturaleza humana, al ocurrir los
milagros de la concepción y la existencia en un mismo instante, esto es,
la concepción del Verbo; y la existencia de la carne del mismo Verbo.
Pues la Madre de Dios, de un modo soberano y maravilloso, fue el medio
de formar al Formador o Hacedor de todas las cosas; y de investir en Él
la humanidad: en el Dios y Creador de todas las cosas, quien deificó la
naturaleza por Él asumida, en tanto la unión preservaba aquellas cosas
que fueron unidas, hasta que estuvieron unidas, es decir, no solamente
la naturaleza divina de Cristo, mas además la humana; no sólo aquello
que está sobre nosotros, mas aquello que es de nosotros.
17. Pues
Él no fue hecho, inicialmente, como nosotros, y sólo después vino a ser
mayor que nosotros, sino que siempre, desde Su concepción, Cristo
existió con Su doble naturaleza, desde que Él existe como el mismo Verbo
desde el comienzo de la concepción. ‘Por lo tanto, Cristo es humano en
Su propia naturaleza; pero, asimismo, de un modo asombroso, lo es como
Dios y divino. Aún más; Él tiene los atributos de la carne viviente:
mas, a causa de la economía (oikonomias logw, a causa de la
Encarnación,) el Verbo recibió todas aquellas que, según el orden
natural, a éste corresponden.’ (San Juan Damasceno, De Fide Orth.)
De la Fe en Cristo.
18.
Desde que Dios ha reconciliado al hombre a Sí Mismo por la vida
inmaculada y la muerte vicaria de Su Hijo, y ha ordenado que la
reconciliación realizada por Cristo sea proclamada en el Evangelio, para
crear fe; II Corintios, 5.18-19; Romanos, 1.5; la fe en Cristo será el
único modo en que el hombre obtendrá su reconciliación personal con
Dios, eso es, el perdón de pecados, como el Antiguo y el Nuevo
Testamento lo testifican; Hechos, 10.43; Juan, 3.16-18, 36. A través de
esta fe en Cristo, por la cual los hombres obtienen el perdón de los
pecados, no se entiende ningún esfuerzo humano por cumplir la Ley de
Dios siguiendo el ejemplo de Cristo, mas fe en el Evangelio, esto es, en
el perdón de los pecados, o justificación, la cual fue ganada
completamente para nosotros por Cristo y se nos ofrece en el Evangelio.
Esta fe justifica, no porque es una obra del hombre, sino porque se
aferra de la gracia ofrecida, el perdón de pecados, Romanos, 4.16.
Consolidación del Eterno Convenio.
19.
Dios nos ha reconciliado a Sí Mismo en Jesucristo, II Cor., 5.18; la
obra de la reconciliación, o Expiación por el pecado, se adscribe al
Padre; no porque Él sea el autor de ella, pues esta es, propiamente, la
Obra de Cristo; mas desde que el Padre dio el primer paso hacia ella; Él
la diseñó; Él envió a Su Hijo en Sus propósitos y decretos, para ser el
sacrificio propiciatorio; Él le asignó esta Obra en consejo y convenio,
en promesa y profecía, y le envió para efectuarla, y consumarla; por
ello se dice que fue hecha ‘por Cristo;’ esto es, por Su sangre y
sacrificio, por Sus sufrimientos y muerte, a lo cual, y solamente a
ello, la Escritura adscribe nuestra paz, y reconciliación: y ésta es
hecha ‘a Sí mismo’, al ser Dios la parte ofendida, cuya Ley fue
traspasada, contra Quien se pecó, y cuya Justicia requiere y demanda
satisfacción. ‘Y nos dio la Palabra de reconciliación;’ esto es, el
Evangelio de Paz, la Palabra que predica, publica y declara que la paz
se ha hecho en la Sangre de Cristo; la cual es un don para los
sacerdotes, y una bendición para el pueblo. La pura y libre gracia de
Dios aparece aquí: el Padre establece la Obra de la reconciliación,
Cristo la perfecciona, y los pastores del Evangelio la proclaman.
20.
‘Que Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a Sí.’ Esto es, Él
estaba en Cristo diseñando el propósito, instituyendo el modo de la
reconciliación; Sus pensamientos en ello fueron pensamientos de paz y
perdón; Él llamó a un Concilio de Paz, (Salmos, 40.6-8; Esaías, 49.1-6;
Salmos, 89.3-4, 28-36, Proverbios, 8.23; Tito, 1.2; 2 Timoteo, 1.1, 9,
& Efesios, 1.3,) y en Su voluntad antecedente entró en un concierto
de paz con todos los hombres en Cristo, elegido y resuelto a ser el
Hacedor de esta paz. Dios ‘era reconciliado en Cristo’, esto es, por
Cristo; lo que significa reconciliación real a causa de Cristo. Dios, en
Su propósito, consejo y concierto, envió a Su Hijo a hacer la paz; y a
llevar sobre Sí el pecado, y el castigo de nuestra paz sobre Él; este es
el castigo por el pecado, cuya satisfacción fue efectuada por Cristo, y
así la paz con Dios, & así ahora se proclama en el Evangelio; — Y
como segunda parte de este concierto, de pura y libre gracia, en Su
voluntad consecuente, previendo su fe y perseverancia hasta el fin,
entró en convenio o concierto con todos los santos, los escogidos de
Dios, Juan, 20.24-30, que son elegidos en Cristo, cuya paz es Cristo, y
contra quienes ningún cargo puede ser levantado, Rom., 8.1-4; 33-34.
21.
El convenio de paz se acordó especialmente, en los consejos de la
eternidad, por la Deidad, en beneficio de los elegidos; y en este
concierto ellos fueron dados a la Persona del Hijo, como el objeto de Su
cuidado y amor; y todas las bendiciones espirituales fueron atesoradas y
hechas fidedignas en Él, y así se hicieron seguras para toda la
Simiente de la Promesa; II Sam. 23.5; Salm., 89.27-37; Esa., 55.3; Os.,
2. 23; Jn., 17.2, 10.24-30; Hebr., 2.13 & 8.10.
Comentarios:
Dios, que es Amor, desea y procura que todos los hombres se salven, en
términos de fe, (Salmos, 40.6-8; Esa., 49.1-6; 53.10-12; Salmos, 25.10,
14; 89.3;103.17-18; 111.9; Esa., 42.6; 49.8-10; 54.10; 55-1-3; Mal.,
2.5-7; 3.1, Jn., 3.16; Marc., 16.15-16;) mas, a la vez, ha visto y
preconocido quiénes, y cuáles, teniendo a su alcance los medios de la
salvación, habrían de recibir a Cristo en el Evangelio con fe
invencible. La Palabra alumbraría y despertaría en los muchos el
conocimiento de Dios y de Su Bondad; pero de todos estos, sólo algunos
perseverarían hasta el fin en la fe salvadora y santificadora. Es a
estos últimos que Dios ha incluido de modo especial y perfecto en Su
Convenio de Gracia, asegurando para ellos los medios y circunstancias
que los traerán a la fe, los sostendrán en ella, y les conducirán,
finalmente, al Reino glorioso. Dios no desea sino la salvación de todos,
pero, tras la Caída, ha estipulado la condición de la fe invencible, no
como causa, mas como instrumento de la salvación; y son los escogidos, y
sólo ellos, quienes, en fe verdadera, bienaventurada, reciben el Nombre
y el Sello de Dios en sus frentes (Salmos, 89.3-4, 28-36; 50.5; 89.3-4;
111.9-10; Esa., 59.20-21; Tito, 1. 2; I Tim., 2.1, 9; Efes., 1.3-6.
Apoc., 22. 4.) — Así pues, aunque Cristo derramó Su sangre como perfecta
ofrenda de expiación por el pecado de Adán y del mundo, y ofrece Su
completo perdón a todos los hombres, obrando en ellos eficazmente por Su
Palabra, sólo aquellos que creen el Evangelio y confiesan sus pecados,
reciben el Manto de Justicia, en tanto prosiguen por la senda celestial
de la fe. Al finalizar el Día Antitípico de la Expiación, sus nombres se
confirman en el Libro de la Vida del Cordero, y resplandecen como el
sol (Rom., 8.1-4; 33-34; Filip., 4.3; Apoc., 21.27.)
De la Conversión.
22.
Creemos y enseñamos que somos salvos solamente por la inmerecida Gracia
de Dios, solamente por fe en Cristo, en el puro y libre don de la
salvación, obtenido para nosotros por la obra redentora de Cristo.
Rechazamos y condenamos toda enseñanza que admita la cooperación humana
en la conversión (sinergismo.) La Fe viviente, que es confianza personal
en Cristo como nuestro Redentor, es solamente obra y dádiva de Dios,
quien la obra, habitualmente, a través de los Medios de Gracia. (Col.,
1.12-13; Hechos, 26.18; II Cor., 4.6; I Ped., 2.9; Efes., 2.1; I Ped.,
1.23; Tito, 3.5.)
23. Así lo dice el Santo Escrito, ‘Ningún
hombre viene a Mí, a menos que el Padre que me envió no le trajere.’
Juan, 6.44; ‘Todos los que el Padre me dio vendrán a Mí; y al que viene a
Mí, no le echo fuera’, Juan, 6.37. Los corderos de Cristo, solamente
por Gracia, reciben una resurrección espiritual, efectuada por el mismo
poder que Dios obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos
(Efes., 1. 19-20;) Un pasar de muerte a vida (Jn., 5.24;) Un llamamiento
de las tinieblas a la luz admirable de Dios (I Pedro, 2.9;) Un quitar
el corazón de piedra y recibir uno de carne (Eze., 11.19.) La salvación
es obra de Dios del principio al fin (Salmos, 3.8; Esa., 43.11.)
De las Consecuencias de la Redención.
24.
Creemos que Dios, quien es perfectamente misericordioso y justo, ha
enviado a Su Hijo para tomar la naturaleza en la cual se había cometido
la desobediencia, a fin de satisfacer y llevar en ella el castigo de los
pecados por medio de Su amarga Pasión y Muerte. Así, pues, ha
demostrado Dios Su justicia en Su Hijo, cuando castigó sobre Él nuestros
pecados; y ha derramado Su bondad y misericordia sobre nosotros, que
éramos culpables y dignos de condenación, entregando Su Hijo a la muerte
por nosotros, movido por un amor puro y perfecto, siendo resucitado
para nuestra justificación: para que por Él tuviéramos la inmortalidad, y
la vida eterna. (Hebr., 2.14; Rom., 8.3; 2. Rom., 8.32; Rom., 4.25;
Tito 3.5.; II Tim., 1.10.)
De la Expiación.
25. Sobre la
doctrina de la Expiación, enseñamos que existe un sólo Señor,
Jesucristo, Dios Él Mismo, por Quien fueron creadas todas las cosas, y
por medio de quien ellas existen; y que Él tomó sobre Sí la naturaleza
humana, siendo Él impecable, para redención de la raza caída; que Él
habitó entre los hombres, lleno de gracia y de verdad; que vivió una
vida perfecta en nuestro beneficio, y murió como sacrificio por el
pecado del mundo, y resucitó para justificación de los fieles,
ascendiendo a las alturas, glorificado, para ser nuestro sólo Mediador
en el Santuario celestial, donde por los méritos de Su sangre derramada,
aseguró el perdón y absolución de los pecados de quienes,
perseverantes, confían y se allegan a Él: y como consumación de Su obra
de Sacerdote, antes de asentarse en Su trono como Rey, Él proclamará la
expiación por todos ellos, quitando sus pecados del Santuario en los
días del refrigerio (Hechos, 3.19, Vulgata, Bishops Bible, KJV, Biblia
de Ginebra, Torres Amat Original, Scío de San Miguel, ver Nota,) como
fue revelado en el servicio del Sacerdocio Levítico, el cual era sombra y
prefiguraba el Ministerio de nuestro Señor en el Cielo. Levítico, 16;
Hebreos, 8.4-5; 9.6-7; 11-28; 10.10-14; Rom., 8.34.
26. En cuanto
a la propiciación (Griego, ilasterion) en cumplimiento del tipo del
Antiguo Testamento, decimos que ella, obrada por Dios en Cristo, &
plenamente obtenida en la Cruz, como beneficio para todos, se proclama
para el Cuerpo Místico de Cristo, y se hace pública en el Gran Día
Antitípico de la Expiación. Cristo procuró en la Cruz un divino
sacrificio por el pecado del mundo (la ofrenda de sangre de la
expiación,) suficiente para salvar a todos, y lo ofreció a todo aquel
que en Él creyese, para que Él, así, luego de Su ascensión, al pasar
velo adentro con Su sangre (Levítico, 16; Hebr., 8.4-5; 9.6-7; 11-28;
10.10-14; Rom., 8.34,) por los méritos de Su Sacrificio Vicario, fuera
el Mediador delante del Padre hasta el fin del tiempo, asegurando el
pleno perdón de los pecados y la justificación (dikaiosis) a todo aquel
que los buscase en Él, con fe invencible (Esaías, 53.1-12; Juan,
3.14-17; II Corintios, 5.19; Hebreos, 9.22; I Pedr., 1.18, 19; I Juan,
1.7.) Luego, en el último Servicio de Su obra sumo-sacerdotal, borrará o
eliminará los pecados de todos quienes, arrepentidos, creyeron en Él
con aquella fe invencible, entonces justificados, viviendo en santidad
de vida, hasta el fin Hechos, 3.19;) perfeccionándose entonces la
expiación, no para Dios, que es Omnisciente, ni para los pecadores ya
justificados; sino que la justicia de Dios es vindicada ante las huestes
celestiales. Luego, el pecado no se levantará por segunda vez, Nahum,
1.9; (Vulgata; Scío de San Miguel; Biblia de Ginebra.)
27. No
discernir esto conduce a dos errores graves, que ilustran una teología
bíblica contradictoria. Sabemos que Cristo el Señor llevó sobre sí el
pecado del mundo, Juan, 1.29, ‘He aquí el Cordero de Dios que lleva
sobre Sí [ó: quita] el pecado del mundo. Pedro nos dice que Él ‘llevó
sobre Su propio cuerpo nuestros pecados sobre el madero,’ I Pedro, 2.24.
Pablo añade que Él ‘murió por todos,’ I Cor., 5.14-15. Si en la Cruz se
perfeccionó la expiación, universal, e indiscriminadamente, entonces
allí Él la habría terminado para todos los hombres; y en tal caso todos
serían salvos, ya que Dios no castigaría dos veces por el mismo pecado,
primero a Cristo, luego al pecador, habiendo previamente justificado a
éste ‘aparte y sin la fe,’ al morir Cristo en la Cruz. Esta doctrina,
inevitablemente, conduce al Universalismo. Pero la Biblia claramente
enseña que no todos los hombres serán salvos; y entonces Cristo no ha
consumado la Expiación sustitutivamente por los pecados de todos en la
Cruz. Mas, si aún así se insiste que en el Calvario se concluyó la
Expiación, entonces deberá admitirse que Su obra fue parcial, no
completa; y entonces prevalecería la doctrina que aplica los pasajes más
arriba indicados a los pocos elegidos, en tanto todo el resto fue
pasado por alto, y fue decretada su reprobación, lo que convierte a Dios
en autor del pecado, con el único fin de demostrar Su gloria. Esto
claramente se opone a las Escrituras y afrenta la Misericordia y Bondad
de Dios. Se evitan ambos errores cuando, siguiendo fielmente la
Escritura y observando el cumplimiento de los tipos en los antitipos (de
las figuras en las realidades últimas,) comprendemos que Cristo en la
Cruz procuró un divino sacrificio para el mundo, como ofrenda (prosfora)
de sangre y perfecta redención (agorazo) y propiciación (ilasterion)
por el pecado del mundo, que es común a todos: suficiente para salvar a
todos los hombres, y ofrecido y aplicado a cada uno que lo recibe,
movido por la Gracia; y que así, Él, por los méritos de Su sangre, velo
adentro, obra como el Mediador delante de Su Padre hasta el fin del
tiempo, Hebr., 9.11-14, Rom., 8.34, asegurando el perdón de todos los
que a Él se allegan con fe invencible, rodeándoles siempre con el manto
de Su Justicia: perdón, y santidad, de la cual Él es causa primaria y el
creyente sucesiva. Y así, Cristo, en el último acto de Su Ministerio,
quitará del Santuario los pecados de todos Sus llamados, y escogidos, y
fieles, (Hechos, 3.19; Apoc., 17.14,) consumándose, entonces,
públicamente, la Expiación y Purificación a favor de Su Cuerpo Místico.
La Expiación de Cristo, por lo tanto, no se hace en favor de todos los
hombres; esto es; con el propósito de salvarlos a todos infaliblemente,
ni tampoco para unos pocos elegidos: sino por todos aquellos, quienes,
llamados a la fe por la Palabra eficaz de Dios, I Pedr., 1.23, y Sus
medios de gracia, no resisten Su llamado y reciben y buscan de Él el
perdón de los pecados, santidad, y la vida eterna, recreados a imagen y
semejanza. Todos aquellos por quienes la expiación se perfeccione, serán
salvos en Su reino. Esta doctrina demuestra ser la verdadera, pues es
la única que no contradice la Palabra divina, mas la confirma; ni
desmerece los méritos de la oblación de Cristo, ni el valor o la gloria
de Su obra expiatoria en favor de los hombres. Los creyentes dividen así
rectamente la Palabra, y son preservados del universalismo, por un
lado, y de la predestinación absoluta, por el otro.
28. Esta
enseñanza está sustentada por todos los ritos típicos del Antiguo
Testamento, y se halla en los Profetas y los Salmos. Todo el Libro de
Hebreos habla de ella.
29. Cristo, pues, murió en la Cruz como
sacrificio completo por el pecado del mundo; resucitó para justificación
de Sus fieles y ascendió, pasando el velo, para presentar Su sangre, en
beneficio de todos Sus creyentes, como Su Mediador, ofreciendo los
méritos de Su sangre como expiación por los pecados. Entonces nuestra
justificación se estableció de una vez para siempre, en términos de fe. —
Así, Cristo en la Cruz es el Evangelio, el perdón de los pecados, y la
expiación perfecta, que da seguridad completa y consuelo a todo pecador
contrito y creyente: en la primera fase, Cristo víctima, en tanto el
Salvador prosigue Su obra expiatoria como Mediador en el Santuario, en
la segunda fase de Su ministerio, Cristo Sacerdote. El fin del Juicio
previo al Advenimiento, antitipo del Día de la Expiación de Levítico 16,
es la administración final de la redención obrada en el Gólgota, cuando
el Padre abrió la puerta de la reconciliación en el Sacrificio de
Cristo, — en aquel momento, aquellos que fueron justificados
personalmente por la sola gracia, por la fe viva, renacidos, y
fervientemente llamados a perseverar en la fe invencible y la gracia
santificante, y guardar los mandamientos de Dios, serán públicamente
declarados justos ante el resto de los hombres y ante los ángeles,
cuando sus pecados, que se confesaron, se quiten del Santuario, al
perfeccionarse la obra de la Expiación. Así, allí, ante el Trono, la
Gracia fulgurará en el Sol de Justicia; la Bondad y la Sabiduría de
Dios, vindicadas, serán motivo de bendición y alabanza para el universo,
y el pecado, suprimido, no se levantará por segunda vez, Nahum, 1.9.
Estas son las dulces glorias del Evangelio, que resplandecerán,
universalmente, al consumarse el Gran Día de la Expiación: y de allí en
adelante la Cruz será ‘canto y ciencia de los redimidos.’
De la Ley.
30.
Creemos que la voluntad de Dios para los hombres es la misma en todos
los tiempos; y que ella fue sumariamente contenida en las Palabras
proclamadas por el Señor en el Sinaí, grabadas en tablas de piedra, y
colocadas en el arca, la cual era llamada ‘arca del convenio,’ o
testamento (Núm., 10.33; Hebr., 9.4, &c.;) que esta Ley es inmutable
y perpetua, siendo una trascripción de las tablas colocadas en el arca
del verdadero Santuario, que se encuentra en el cielo, la cual es,
también, por la misma razón, llamada el Arca del Testamento de Dios. Al
sonar la séptima trompeta sabremos que ‘el Templo de Dios fue abierto en
el cielo, y fue vista en su templo el Arca de su Testamento.’ Apoc.,
11.19.
Del Evangelio.
31. Creemos que el corazón carnal o
natural es enemigo de Dios y de su Ley; este enemigo sólo puede ser
subyugado por un cambio radical de los afectos, y la sustitución de los
principios no santificados por principios santificados; que este cambio
sigue al arrepentimiento y la fe, y es una acción especial del Espíritu
Santo, que, de manera ordinaria, obra la conversión o regeneración por
medio del agua y la Palabra, justificándole. Col., 1.12-13. Hechos,
26.18. II Cor., 4.6. I Ped., 2.9. Efes., 2.1. I Ped., 1.23. Tito, 3.5.
La salvación es obra de Dios del principio al fin (Salmos, 3.8; Esa.,
43.11.)
32. Creemos que así como todos han violado la Ley de
Dios, y no pueden por sí mismos obedecer sus justos reclamos, así
tampoco nada bueno hay en nosotros, y estamos destituidos delante de
Dios. Pero el Evangelio nos anuncia el perdón de Dios y la justificación
solamente por gracia, en la cual estamos completos en Cristo; y como
fruto incontestable de esta fe invencible transitamos por el Evangelio,
observando amorosamente Sus mandamientos, en santidad, cubiertos por el
Manto de la Justicia de Cristo; por y en cuya fe y justificación y
santificación pasamos airosos por el Juicio, siendo final y públicamente
proclamados justos en aquel tribunal por la Vida y la Obra de Cristo,
cuyos beneficios se nos acreditan solamente por gracia, a través de la
fe. Rom., 3.20-28; Rom., 4; II Cor., 5.21; Gál., 2.16-21; 3. 23-26.
De la Justificación.
33.
Todas sus enseñanzas concernientes al amor de Dios por un mundo de
pecadores, relativas a la salvación obtenida por Cristo y considerando
la fe en Cristo como el único modo de ser salvo, la Escritura la resume
en la doctrina de la justificación. La Sagrada Escritura enseña que Dios
no recibe a los hombres sobre la base de sus propias obras, sino que,
sin las obras de la Ley, por sola Gracia, debido al perfecto mérito de
Cristo, Él los justifica, i.e., declara justos a todos aquellos que
creen que por causa de Cristo les son perdonados sus pecados. Esto el
Espíritu Santo lo testifica a través de San Pablo: ‘La Justicia de Dios
que es por la fe en Jesucristo para todos aquellos que creen; porque no
hay diferencia; pues todos han pecado y han sido destituidos de la
gloria de Dios, siendo justificados libremente por Su gracia a través de
la redención que es en Cristo Jesús.’ Romanos, 3.22-24. Y, otra vez:
‘Por lo tanto concluimos que el hombre es justificado por la fe, aparte
de las obras de la Ley.’ Romanos, 3. 28. Sólo por esta doctrina se le da
a Cristo el honor que le es debido, esto es; que por Su sufrimiento y
muerte Él es nuestro único Redentor, y sólo por esta doctrina los pobres
pecadores reciben el permanente consuelo de que Dios con toda certeza
tiene gracia para con ellos. Rechazamos como apostasía de la Fe
Cristiana todas las doctrinas por las cuales las obras humanas,
provenientes de la mera naturaleza, o de la supuesta obediencia a la
ley, fuera de la fe invencible en Cristo, son mezcladas en la doctrina
de la Justificación. Pues la Fe Cristiana no es otra cosa que esto, que
tenemos perdón de pecados y salvación sin obras propias, mas sólo por la
gracia de Dios, a causa de Cristo, a través de la fe.
Comentario:
La fe, a la cual el Apóstol aquí atribuye la justificación del hombre,
no es la seguridad presuntuosa de estar justificado de una vez para
siempre por un acto racional o emocional, sin prestar atención a los
frutos; pues la fe que salva es una fe que obra por el amor [la
caridad.] La fe conlleva, asimismo, una firme, sólida y viviente
convicción en todo lo que Dios ha prometido, o revelado. Hebreos, 11.
Una fe que obra por la caridad en Jesucristo, Gálatas, 5.6. En suma, una
fe que vive en la esperanza, el amor y el uso de los sacramentos. Las
obras aquí excluidas son las meras obras de la ley; esto es, las
llevadas a cabo como consecuencia de la ley natural, o la de Moisés,
antecedente a la fe en Cristo; pero de ninguna manera, aquellas que
siguen a la fe salvadora, y de ella proceden.
De la Reconciliación.
34.
II Corintios, 5.18-21 no dice que Dios pasó por alto los pecados, como
si éstos no existieran, sino que señala cómo Dios pudo reconciliar
hombres consigo mismo imputando sus pecados, no a ellos, sino a Cristo
(no en hecho, mas en el castigo;) esto es, justificándolos del pecado en
la Persona del Substituto. Hubo una transferencia, en cuanto a la pena y
el castigo. ‘Dios cargó en Él el pecado de todos nosotros’ (Esaías,
53.) La Misericordia de Dios no puede ser vindicada mediante la
injusticia, mas no imputándoles a los hombres sus pecados, en tanto el
castigo de éstos le es infligido a Cristo como Substituto de pecadores,
uno que sufre y muere en lugar de ellos, como ofrenda perfecta e
inmaculada por el pecado.
35. La Obra de Cristo es una Obra
terminada. Por parte de Dios la reconciliación ya ha sido hecha; mas no
debe dejarse de enfatizar, a la luz de la Sagrada Escritura, que a los
pecadores se les requiere que se arrepientan y crean, para ser así
reconciliados. Lo que efectuó la reconciliación fue el Sacrificio de
Cristo, por medio del cual el pecador es liberado de la culpa y la
condenación, al recibir la remisión de pecados: cuando su fe le es
imputada a justicia, sin obra alguna ni cooperación de su parte. (Lo
único que el hombre puede ofrecer como tributo para su redención es su
pecado, del cual necesita ser redimido.) La justificación es remisión de
pecados en nuestro favor delante del Juez en la corte celestial. La
reconciliación indica nuestra relación personal con nuestro Padre en el
hogar. Ciertamente, lo segundo es consecuencia de lo primero. Es sólo
cuando hemos sido declarados justos a través de la fe que tenemos la paz
para con Dios: esto es reconciliación. Debe evitarse el error del
Universalismo; no debe tergiversarse la reconciliación que tiene lugar
por el sacrificio de Cristo; esta es universal, pero aquí la
universalidad se refiere a que por Cristo se han eliminado todos los
impedimentos ‘en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra’: es
decir, los impedimentos que pudieran entorpecer la voluntad salvadora de
Dios.
36. De modo que Dios es el Justo, y a la vez el que
justifica al impío. Dios suspendió el Juicio y procuró una propiciación.
Fue a causa de Su Amor que Dios proveyó esta propiciación: ella fue
puesta a nuestro alcance a un gran precio: la Sangre del Cordero Eterno.
Dios emplazó a Cristo como propiciación, para que ésta sea recibida por
medio de la fe en Su sangre. Como leemos en Hebreos, 9.22, lo decisivo
en la realización del sacrificio es el derramamiento de la sangre de la
víctima. La sangre de Cristo justifica a todo aquel que reivindica para
sí, de un modo personal, el sacrificio de Cristo, a través de la fe.
Según Romanos, 3.25, Cristo no sólo hizo el sacrificio propiciatorio,
sino que Él mismo es el propiciatorio: Él es el Sitio de Misericordia,
mas en este sentido, Él es el lugar donde se encuentran Dios, en toda Su
santidad, y el pecador, en toda su impiedad.
37. En esta
inteligencia, y sin detrimento del vínculo tipo-antitipo entre los
rituales levíticos & y el Ministerio Mediador de nuestro Sumo
Sacerdote en lugares celestiales, bien podemos decir que la Cruz es el
Propiciatorio, porque la Cruz es el Lugar donde Dios, permaneciendo en
toda Su santidad, puede aceptar pecadores culpables a Su Presencia
Santa. Por esta razón, cuando San Pablo habla de la salvación, se
refiere a la muerte de Cristo como hilasterion (Rom., 3.25;) esto es,
como el medio de quitar la Ira de Dios; así se llama en la Septuaginta
al Sitio de Misericordia. Cristo, cubierto ahora con las vestimentas de
Su sangre en la Cruz, cumple (aunque en manera parcial, pues es también
Mediador en el Santuario y en el Altar) el tipo figurado por el
Propiciatorio en el Antiguo Testamento.
38. No existe, pues, de
acuerdo a la Escritura, ninguna justificación ‘antes, sin o aparte de la
fe.’ Cristo, justificación y fe no pueden separarse en la Escritura. La
Santa Biblia no conoce ninguna justificación que no sea ‘por medio de
la fe en Su sangre.’ Dios no declara justo al hombre piadoso, o
religioso, ni al que hace ‘buenas obras’ fuera de la fe en Cristo; pero
tampoco declara ni jamás declaró justo ‘aparte de la fe’ al impío que
permanece en la impiedad, sino que Dios declara justo al impío que cree;
al impío que deja sus obras, y que ya no confía en sus propios méritos,
mas en los de Cristo.
39. El pecador contrito que recibe la
justificación a través de la fe, recibe a Cristo en su vida. Por lo
tanto, la Justificación es una dynamis, una Obra de Dios siendo Dios,
quien obra en el Cristiano, (continuamente declarado justo por la fe y
cubierto por la sangre de Cristo,) la lucha contra el viejo hombre; de
modo que el Cristiano, en tanto Cristo obra poderosamente en él
solamente por gracia, es cada día declarado justo por fe, sobre la base
de una aliena iustitia, un mérito ajeno, el de su Salvador y Redentor.
Se enfatiza, una y otra vez, que el perdón de los pecados o la
justificación por causa de Cristo son válidos sólo para aquellos que
combaten contra el pecado por fe, procurando la santidad, y se afirma
que éstos están unidos con este conflicto. Esto no ha sido contemplado
como un aspecto ético, sino como el abismo en el cual el hombre pierde
toda confianza en sí mismo: y pura y poderosamente anhela ser liberado
por completo del pecado y así, finalmente, ser uno con la Voluntad de
Dios, listo y dispuesto a morir en Cristo.
40. Toda la obra ha sido de Dios, del principio al fin; Salmos, 3.8; Esa., 43.11.
De las Buenas Obras.
41.
Con relación a las buenas obras, enseñamos que son buenas solamente
aquellas que una persona realiza con el propósito de servir y honrar a
Dios de acuerdo a la norma de la Ley divina. Tales obras, no obstante,
ningún hombre las lleva a cabo a menos que primero crea que Dios le ha
recibido en la vida eterna de sola gracia, a causa de Cristo, aparte y
sin sus obras propias. Rechazamos como una gran necedad la sentencia
según la cual, de acuerdo con ‘un moderno y más profundo concepto de
Cristiandad,’ las obras deben ser destacadas, y la fe y sus doctrinas,
relegadas. Las buenas obras nunca preceden a la fe, sino siempre la
siguen y proceden de ella. Recordar a los Cristianos la misericordia de
Dios en Cristo, es el único modo de hacerlos ricos en buenas obras.
Rechazamos como necio y anticristiano todo intento de producir buenas
obras por la compulsión de la Ley o por motivos carnales.
De los Medios de Gracia.
42.
Aún cuando toda la tierra muestra la plenitud de la liberalidad y
bendiciones de Dios, y aún cuando Dios está presente y todo lo obra en
la Creación toda (Col., 1. 17; Hechos, 17.28; 14-17,) siempre creemos
que Dios no ofrece ni comunica las bendiciones espirituales adquiridas
por Cristo para los fieles, tales como el perdón de pecados, el Espíritu
Santo, &c., sino solamente a través de los Medios de Gracia
ordenados por Él. Estos Medios de Gracia son la Palabra del Evangelio, y
los Sacramentos del Bautismo y de la Santa Comunión, el Augusto
Sacrificio — especialmente, — sin olvidar los otros cinco Sacramentos.
El Evangelio, de acuerdo con las Escrituras, es la palabra de la gracia
de Dios, Hechos, 20. 24, 32; obra la fe, Rom., 10.17, y ministra el
Espíritu, Gálatas, 3.5; el Bautismo es aplicado para la remisión de los
pecados, Hechos, 2. 38, y es el lavamiento de regeneración, Tito, 3. 5; y
el objeto central de la Santa Misa, es decir, de la comunión del
verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo, real y
substancialmente presentes en el Sacramento por la eficaz palabra de
institución, no puede ser otro que la aplicación y sellamiento del
perdón de pecados, y es testificado por estas palabras: ‘Dado por
vosotros’, y ‘Derramada por vosotros’, ‘para la remisión de los
pecados’, Lucas, 22. 19-20; Mateo, 26. 28. Por esta razón Cristo encarga
a Su Iglesia no permanecer en casa con los Medios de Gracia a ella
confiados, mas, por el contrario, ir fuera de su morada corriente y por
todo el mundo, predicando el Evangelio y administrando los Sacramentos.
Marcos, 16. 15-16. Por la misma razón la Iglesia debe retener siempre
esta firme convicción, es decir, que no hay otra manera de ganar almas
para la Fe y mantenerlas en ella que el uso de los Medios de Gracia
ordenados por Dios. Rechazamos cualquier otro medio para edificar la
iglesia como ‘nuevos órdenes’, por los cuales no sólo la iglesia no es
edificada, sino que resulta dañada.
De la Iglesia.
43. Hay
en la tierra Una Santa Iglesia Católica, cuya única cabeza es Cristo, y
que es congregada, preservada y gobernada por Cristo a través de Su
Palabra y los Sacramentos. Los miembros de esta Iglesia Cristiana son
los Cristianos, es decir, todos aquellos, y sólo aquellos quienes,
desesperando de su propia justicia, delante de Dios, creen en Cristo
como su único Salvador, es decir, aquellos que creen que Dios ha
perdonado todos sus pecados a causa de la Pasión y Muerte de Cristo,
dirigiendo sus almas a la santidad. Esta Una Santa Iglesia Católica, la
cual es sólo manifiesta a la fe, en tanto para la incredulidad está
escondida, es una visible comunión de creyentes, en la cual se enseña la
Palabra de Dios con toda pureza en cada una de sus partes, y los
Sacramentos se administran de acuerdo con la institución de Cristo,
siendo el Obispo sello y garantía de todo ello.
44. Aún cuando,
por la gran misericordia de Dios, se encuentran hijos Suyos también en
las iglesias heterodoxas, estos cuerpos no existen por la voluntad de
Dios, sino que son francamente prohibidos, desde que Dios quiere que Su
Palabra sea tanto predicada como creída sin adiciones o sustracciones
humanas, como está escrito en I Pedro, 4. 11: ‘Si alguno habla, que
hable según los oráculos de Dios.’ Por lo tanto es la voluntad de Dios
que los Cristianos se unan sólo con organizaciones eclesiásticas
ortodoxas, y que aquellos Cristianos que se han extraviado en iglesias
heterodoxas las abandonen y busquen la comunión con la Iglesia Católica
Ortodoxa. Romanos, 16. 17; Mateo, 7.
45. Rechazamos todo tipo de
unionismo, i.e., ‘ecumenismo,’ o comunión eclesiástica, con falsos
maestros y falsas doctrinas, como desobediencia al expreso mandato de
Cristo y como la causa real del origen y continuación de divisiones en
la iglesia, como un daño permanente y una amenaza de completa pérdida de
la Palabra de Dios.
46. Todos los incrédulos, aunque estén en
comunión externa con la iglesia e incluso ejerzan el oficio de Maestro,
Doctor, o cualquier otro oficio en la Congregación, no son miembros de
la iglesia; por el contrario, no son sino morada e instrumentos de
Satanás; Efesios, 2.2.
47. Puesto que es solamente por la fe en
el Evangelio que los hombres llegan a ser miembros de la Iglesia
Cristiana, y puesto que esta fe no puede ser vista por los hombres, sino
que es conocida solamente por Dios; III Reyes, 8.39; Hechos, 1.24; II
Timoteo, 2.19; concluimos que la Iglesia Cristiana sobre la tierra es
una escondida hasta el Día del Juicio; Colosenses, 3.3-4. Algunos han
hablado de dos caras de la iglesia, señalando los Medios de Gracia como
‘el lado visible.’ Es verdad, los Medios de Gracia se relacionan
necesariamente con la Iglesia, siendo que la Iglesia es creada y
preservada por ellos (vrg. Por el Oficio de la Palabra y los
Sacramentos.) Pero los Medios de Gracia no son, por ese motivo, una
parte de la iglesia; pues la iglesia, en el sentido propio de la
palabra, consiste sólo de creyentes; Efesios, 2.19-20; Hechos, 5.14.
Así, para no ser cómplices de la noción de que la Iglesia Cristiana, en
el sentido lato del término, es en principio una mera institución
externa, al modo de las seculares, continuaremos llamando a los Medios
de Gracia como ‘marcas’ de la iglesia. Así como el trigo sólo se halla
allí donde se ha sembrado, del mismo modo, la Iglesia sólo puede ser
hallada donde la Palabra de Dios está en uso. Repudiamos el concepto
Protestante según el cual la Iglesia es invisible; no; la Iglesia es
visible, aunque escondida a la carne y la incredulidad.
48.
Asimismo, confesamos y enseñamos que Cristo ha instituido Su Oficio, —
el Oficio de la Palabra y los Sacramentos — en los Apóstoles, y en
quienes les sucedieron en sus facultades naturales y ordinarias, los
Obispos, y Sacerdotes o Pastores, Juan, 20.22-23; como el Árbol cuyo
fruto, la Palabra, crea y alimenta a la Iglesia Cristiana.
49. Se comisiona, asimismo, a todos los creyentes, a predicar privadamente el Evangelio.
50.
Rechazamos, por último, toda doctrina que afirme que este poder
espiritual, que es conferido por el mismo Cristo, o cualquier parte del
mismo, se adscriba como perteneciendo de iure divino a personas
individuales, aún cuando estas sean: un Obispo, o varios, o príncipes o
gobernantes seculares. La designación a oficios públicos accesorios al
Sagrado Orden del Ministerio de la Palabra y los Sacramentos, es
conferida sobre los candidatos por los guardianes de esos poderes. Esto
es, por el Cuerpo Místico de Cristo, expresado en la Iglesia viadora por
la Jerarquía y los fieles, quienes reconocen el carisma, y efectúan el
llamado, según la debida prelación, examinándoles el Presbiterium y
ordenándoles luego el Obispo, de acuerdo con la institución de Cristo.
Concierne también a todos los Cristianos tanto el derecho como el deber
de considerar y discernir en materias de doctrina; no según sus propias
nociones, por supuesto, más siempre según la Palabra de Dios y la pura
enseñanza del Magisterio eclesiástico. I Cor., 10. 15; I Pedro, 4. 11.
Del Ministerio.
51.
Con respecto al Oficio del Ministerio enseñamos que es una institución
divina, al ser el Oficio propio de Cristo, dado a la iglesia e investido
en los Apóstoles, y de éstos recibido por los Obispos y Presbíteros. Es
el Oficio el que origina a la iglesia, y no la iglesia al Oficio. Así,
pues, los Cristianos de un cierto lugar, por orden de Cristo, son
convocados a reunirse en la predicación de Palabra de Dios y la
administración de los Sacramentos, no sólo en privado, o en el círculo
de sus familias, sino también públicamente, reconociendo y llamando para
ambos casos a personas calificadas para tal tarea, poseedoras del don
celestial; y del mismo modo á participar de los Sacramentos y velar que
éstos se administren según la institución de Cristo. Tito, 1.5; Hechos,
14. 23; II Timoteo, 2.2. El Oficio del Ministerio no posee otro poder
que el poder de la Palabra (I Pedro, 4. 1) y los Sacramentos; es, por
tanto, el deber de los Cristianos prestar una obediencia incondicional
al Oficio del Ministerio cuando y dondequiera y en tanto el Ministro les
predique rectamente la Palabra de Dios (Hebreos, 13.17; Lucas, 10.16,) —
por otra parte, si el Prelado, o el Ministro, en sus enseñanzas y
requerimientos, van más allá de la Palabra de Dios, no será el deber de
los Cristianos obedecerles, sino desobedecerles, por fidelidad a Cristo,
de acuerdo con Mateo, 23. 8.
De la Elección de Gracia.
52.
Enseñamos una Elección de gracia, o predestinación a la salvación, pero
rechazamos una simétrica elección de ira, o predestinación a
condenación. Hay, ciertamente, una Elección eterna de gracia, incoada en
los muchos, y plena en otros, pues la Sagrada Escritura claramente
revela el hecho de que todos aquellos quienes, por la gracia de Dios en
Cristo, y a través de los Medios de Gracia, son convertidos,
justificados, santificados y preservados en la fe en el tiempo, a estos,
tales bendiciones espirituales ya se les han otorgado antes de la
fundación del mundo, i.e., desde la Eternidad, y ello por la misma
razón, esto es, por la pura gracia en Cristo, y luego por los mismos
medios, a saber, por los divinamente establecidos Medios de Gracia. Que
esta es la doctrina del Santo Escrito se observa en Efesios, 1. 3-5; II
Tes., 2. 13-14; Hechos, 13. 48; Romanos, 8. 29-30; II Timoteo, 1. 9,
Apocalipsis, 3.5.* Por ello, rechazamos toda doctrina por la cual se
pretenda que no sólo la gracia de Dios y los méritos de Cristo son la
causa de la elección eterna para salvación, sino que Dios ha encontrado,
o visto, también en nosotros, algo bueno que causara o le moviera a
elegirnos. Rechazamos, pues, esta doctrina, no importa si este ‘algo
bueno’ presupuesto en el hombre, sea llamado ‘buenas obras’, ‘conducta
correcta’, ‘auto-determinación’, o se le dé cualquier otro nombre.
*
Asi lo entiende, asimismo, Mgr D. Felipe Scío, en su nota a esta
Escritura: ‘qui vicerit sic vestietur vestimentis albis et non delebo
nomen eius de libro vitae et confitebor nomen eius coram Patre meo et
coram angelis eius;’ ‘El que venciere será así vestido de vestiduras
blancas, y no borraré su nombre del Libro de la Vida; y confesaré su
nombre delante de Mi Padre, y delante de Sus ángeles’ (Apoc., 3.5.)
‘Todos los Cristianos son escritos en ese Libro, cuando reciben el
Bautismo; más se borra de él su nombre, cuando pierden por el pecado la
gracia allí recibida. Solamente aquellos, a quienes concediera Dios el
don singular de la final perseverancia, permanecerán escritos en el
Libro de la Vida; pues estos pertenecen a la predestinación perfecta, o
plena; y los primeros, a la que llaman incoada, o imperfecta, los
teólogos como San Agustín y Santo Tomás.’
53. Al ser Dios Santo y
todos los hombres depravados, será preciso que todos se pierdan, o
bien, que todos se salven; como no dice esto la Escritura, sabemos,
pues, que muchos, sí, serán salvos: la Sagrada Escritura claramente
revela el amor de Dios por un mundo de pecadores, y muestra que la
redención de Cristo considera el pecado de todos los hombres, pues Su
expiación es infinita (es Dios quien murió en la Cruz como sacrificio
por el pecado.) De este modo, podemos decir que Cristo murió por todos
los hombres, para así glorificar a Sus elegidos, y dar, a muchos de los
reprobados, gracias transitorias; al morir por todos, Él murió por la
naturaleza humana, común a todos, y por el pecado, que es común a todos;
no, sin embargo, para que todos los individuos obtuviesen,
inexorablemente, el pleno fruto de Su muerte, mas para ofrecer el precio
de Su preciosa sangre por la salvación de Sus escogidos, los creyentes,
dispersos por toda tierra, reino, tribu, y nación. Y al enseñar así,
resistimos a los Pelagianos, y a su herencia, los Semi-Pelagianos,
ratificando la condena de la Iglesia en el Tercer Concilio General de
Éfeso (431 D.C.) & los Sínodos de Orange y de Valencia (529 D.C.,) y
de este modo confesamos la misma doctrina de los Apóstoles, Agustín,
Gottschalck, Amyraut, Jansenius, y Quesnel. Enseñamos, pues, que Cristo
se dio a Sí mismo como rescate por muchos, ‘Pues el Hijo del Hombre no
vino a ser servido, sino a servir, y a dar Su vida como rescate por
muchos’, Mateo, 20.28; y ‘Cantaron un Cántico nuevo, diciendo, Tú eres
digno de tomar el Libro, y de abrir sus Sellos. Pues Tú fuiste inmolado,
y nos has redimido para Dios con Tu sangre, de todo linaje, y lengua, y
tribu, y nación’, Apocalipsis, 5.9.
De la Bondad y Benevolencia de Dios.
54.
Si no hubiera tomado lugar la Mediación de Cristo, no tendríamos el
mínimo motivo para suponer que la condenación de nuestra raza, miserable
como es, y hundida en el pecado, hubiera demorado una hora más allá de
la de los ángeles caídos. Por ello, se sigue que es Cristo quien procura
a los pecadores incrédulos su felicidad y alegrías temporales, las que
superan sus merecimientos; e incluye con ello una sincera oferta de
misericordia.
55. Dios ha dispuesto bienaventuranza eterna para
todos los hombres, ha invitado a todos a experimentarla, y en Su
voluntad antecedente, honestamente desea que todos sean salvos y la
obtengan, en tanto Él ha hecho todo cuanto era necesario para ello; en
Su voluntad consecuente, y según los hombres vengan a Él o se muestren
ingratos, salvará a los fieles y condenará a quienes le repudiaron,
Math., 22.2 ss. En consecuencia, sostenemos, como consistente a la
perfección con la verdad Bíblica, que la Expiación de Cristo por el
pecado debe ser expuesta y levantada ante el mundo entero, creyentes e
incrédulos, como la expresión de la bondadosa y benevolente naturaleza
de Dios hacia todos.
56. Dios exhibe aquí, una provisión, de tal
modo vinculada al pecado de la raza, que por ella (la Expiación,) cada
obstáculo que impediría el retorno de cada uno de los pecadores a Su
amor, originado en la culpa de ellos ante la Ley, ya fue removido. Pero
en cada pecador existe otra clase de obstáculos; aquellos, sí, que
surgen de su voluntad depravada. En cuanto a los electos, Dios retira,
asimismo, en Su voluntad consecuente, esos impedimentos del camino, por
Su llamamiento todopoderoso (que obra en los Medios de Gracia,) según el
convenio y testamento de redención hecho con y para ellos, y consumado
en beneficio de ellos, por la Persona del Mediador. En cuanto a los
incrédulos, y en tanto Él llama a todos los hombres al arrepentimiento, y
es Su Voluntad obrar por la Palabra en aquellos a quienes Él llama,
para que sean alumbrados, convertidos, y salvos, ~ y en cuanto los
Medios de Gracia siempre poseen su innato poder para obrar
arrepentimiento y fe: Dios ha juzgado, en Su omnisciencia, como sabio, y
justo, no abrogar por la fuerza su rechazo; estos, así, actuarán según
su voluntad carnal, despreciando y rechazando a Cristo.
57.
Alguno objetará: Pero si Dios preconocía que ésta habría de ser la
actitud de los incrédulos; y asimismo sabía que su desprecio por la
Misericordia del Evangelio, agravaría ciertamente su condenación final,
(todo lo cual admitimos,) entonces este Evangelio no fue una expresión
de benevolencia hacia ellos. A esto replicamos, Primero, la oferta fue
una bendición en sí misma; así lo sintieron esos pecadores en sus
momentos de angustia; y seguramente la naturaleza bondadosa de la oferta
no puede negarse por la circunstancia de que ellos la pervirtieran,
aunque ello haya sido previsto. Segundo, Dios acompaña la oferta con Sus
amorosos ruegos por que no se abuse de ella; Tercero, Su benevolencia
se hace, así, manifiesta ante los ojos de todas las otras criaturas, más
allá de que los perversos se roben a sí mismos su beneficio permanente.
58.
Y esto alentaría otra objeción; que tal dispensa hacia pecadores
finalmente endurecidos es plenamente fútil, y por ello, indigna de la
Sabiduría de Dios. Respondemos: no es fútil; desde que garantiza
resultados seguros para los incrédulos, para Dios, y para los salvos. A
los primeros, les asegura varias bendiciones y protecciones temporales,
en esta vida, de carácter secular, los cuales, al menos, el pecador
estima como beneficios muy sólidos; y asimismo una sincera promesa de
vida eterna que él, y no Dios, deserta. A Dios, esta dispensación
asegura un gran tesoro de Gloria, tanto por Su bondad hacia Sus tenaces
enemigos, como por la perfección de Su Justicia en el castigo final. A
otras criaturas santas les asegura no tan sólo esta nueva revelación de
la Gloria divina, mas una mejor comprensión de la pertinacia y vileza
del pecado como malignidad del espíritu.
59. Es cierto, pues, que
Dios, al actuar sobre criaturas finitas, y para la instrucción de
mentes finitas, debe, y así lo hace, proseguir, y perseguir, al proveer
Sus relaciones, una pluralidad de fines, de los cuales uno se subordina
al otro. Así pues, Dios, consistentemente, hace del mismo privilegio,
primero, una manifestación de la Gloria de Su Bondad, dispensando Su
misericordia a todos; y entonces, cuando el pecador la pervierte, de la
Gloria de Su Justicia. Él no es defraudado, ni cambia Su propósito
secreto. La alteración ocurre en la reciprocidad de la criatura con Su
providencia. Y Su Gloria consiste en esto: que viendo el fin desde el
principio, Él obtiene lo bueno de la perversa maldad del pecador.
60.
No tenemos, tal vez, una Escritura que nos proporcione una exposición
tan vasta y comprehensiva del designio y resultados del Sacrificio de
Cristo, como Juan, 3.16-19. Recibe importante ilustración desde Mateo,
22.1-14. En esta última Parábola, el rey envía el mensaje a huéspedes
que él prevé rechazarán y nunca compartirán la fiesta. ‘Mis bueyes y
grosuras se han sacrificado: venid, pues, a la Boda; todas las cosas ya
están dispuestas.’ Sólo aquellos hombres no estaban dispuestos. Algunos
han visto en Juan, 3.16, ‘el mundo,’ a toda la humanidad; otros, mirando
hacia los días que precedieron a la Cruz, y a la vasta masa de
incrédulos en todas las eras; afirman que ‘el mundo,’ aquí, es la
asamblea de todos los creyentes en todas las naciones, no solamente en
el antiguo Israel. No obstante, podemos, con prudencia, y sin temor,
contrastar tal exégesis, procurando seguir esta línea, que aquí resume
nuestro Señor, en una paráfrasis libre, confiando que lo que hasta aquí
hemos escrito baste, unido a la coherencia y consistencia de la
exposición, para probar su propiedad. Versículo 16. La misión de Cristo
para expiar por el pecado es manifestación de la inexpresable
benevolencia del Padre al mundo entero, al hombre como hombre y pecador,
mas específicamente designada para procurar la salvación actual de
creyentes. — ¿No implica esto que esta prodigiosa misión, rechazada por
otros, será la ocasión (no la causa) de que éstos perezcan de una manera
aun más segura e irremediable? Sí, lo implica. Sin embargo, versículo
17, se deniega que este resultado vindicativo fuese el designio primario
de la labor de Cristo; y la primera afirmación se reitera otra vez: que
Su designio principal, fue manifestar a Dios, en el sacrificio de
Cristo, como compasionado y compasivo con todos. ¿Cómo podrá
reconciliarse esta aparente paradoja? No, seguramente, retractando
ninguna de nuestras tesis doctrinales. La solución, versículo 18, reside
en el hecho de que los hombres, actuando sin impedimentos, brindan
respuestas opuestas a esta misión. A los que creen en lo que se ofrece,
les da la Vida. A quienes prefieren rechazarla, es la ocasión (no la
causa) de su condenación. Pues, versículo 19, la fuente positiva de este
resultado perverso es la impía actitud de los incrédulos, que rechazan
el poder de Dios en Sus Medios, y la provisión ofrecida por la
benevolencia divina, por un motivo de impiedad: aversión a confesar y
abandonar sus pecados. La suma del asunto es ésta: Que la Obra de Cristo
es, para toda la raza, una manifestación de la Misericordia de Dios.
Para los creyentes, de sola gracia, es medio de salvación, en razón del
llamado efectivo y misericordioso que Cristo señala en los primeros
versículos. Para los incrédulos llega a ser una ocasión subsiguiente de
agravada condenación. Esta perversión melancólica, en tanto no forzada
por Dios, se origina por la contumacia propia a los incrédulos. Lo
eficaz en el corolario bienaventurado es el llamamiento efectivo del
Verbo: lo eficaz en el corolario desventurado es la propia voluntad
pervertida del hombre. En ambos casos, se revela ampliamente la
benevolencia de Dios. Ambos casos fueron, por supuesto, preconocidos por
Él, e incluidos en Su propósito, que es Santo.
De La Obra de Dios en Nuestra Salvación.
61.
El Padre entró en Concierto con Cristo, Su Hijo Unigénito, quien, por
Su parte, convino guardar la santa ley de Dios que Adán traspasó,
asumiendo la naturaleza humana, propia a todos, tomando sobre Sí, Él,
que es puro y sin contaminación, el pecado, igualmente común a todos; y
así morir en la Cruz como propiciación y sacrificio vicario por el
pecado del mundo (Salmos, 40.6-8; Esaías, 49.1-6; 53.10-12; Salmos,
25.10, 14; 89.3;103.17-18; 111.9; Esaías, 42.6; 49.8-10; 54.10; 55-1-3;
Mal., 2.5-7; 3.1;) y también resucitar, y ascender a los cielos, y allí
ser el Mediador de Sus fieles, designado para que ninguno de ellos se
perdiese. El Padre, a su vez, convino en darle a Su Hijo un Cuerpo
Místico, numeroso, para que Él lo lavase de todo pecado por Su
satisfacción vicaria, y en que, una vez salvo, le preservara, y
sostuviera, y guiara, presentándolo finalmente delante de Su trono, sin
mancha ni contaminación; y además, en declararlos justos por fe en los
méritos de la Sangre de Cristo, y en amarlos por siempre, adoptándolos
como hijos e hijas, para que reinen junto a Él, con Cristo, eternamente
(Salmos, 89.3-4, 28-36; 50.5; 89.3-4; 111.9-10; Esaías, 59.20-21; Tito,
1. 2; I Timoteo, 2.1, 9; & Efesios, 1.3-6.) Y el Espíritu Santo, a
su vez, convino que, en Su debido tiempo, obraría la fe en todos
aquellos llamados al arrepentimiento, iluminando y vivificando a cada
uno de los que el Padre dio al Hijo, obrando en ellos la regeneración, y
con ella la fe invencible, a la cual mantendría viva, limpiándolos y
apartándolos de toda corrupción, & llevándolos finalmente, a todos
ellos, a la santidad y la gloria.
62. La Expiación de Cristo, el
Dios-Hombre, que tomó sobre Sí el pecado de Adán, ó pecado del mundo, es
una infinita; esto es, una más que suficiente para salvar a todos y
cada uno de los hombres de la raza caída; asegurando, además, a cada
uno, beneficios y gracias temporales, y expresando a todos una franca
promesa de salvación, ya que la bondad de Dios se extiende a todos por
igual.
63. No obstante ello, y pese a que Dios abrió nuevamente
las puertas del Edén a todos los hombres, obrando para ello la fe, por
Su Palabra y los Sacramentos, Él ha juzgado como sabio y bueno no
remover por fuerza, finalmente, de todos ellos, esa su obstinada
voluntad perversa y maligna, que los lleva a rechazar aquella franca
promesa y ofrecimiento de salvación, en tanto, sí, al prever su fe firme
y final, y a causa de los méritos de Cristo (que se hallan en el hombre
solamente por fe, que es la gracia primera) depone toda voluntad
perversa en los elegidos, llamándolos, justificándolos, santificándolos,
invistiéndoles con el gran don de la perseverancia, y trayéndoles, por
último, delante de Si, sin mancha ni contaminación.
64. Es propio
de la Bondad y Benevolencia de Dios para con todos los hombres, que la
redención obrada por la sangre de Cristo, como expiación por el pecado,
común a todos, asumiendo la naturaleza humana, asimismo común a todos
(pero sin pecado en la inmaculada Persona de Cristo, el Dios-Hombre,)
viniese sobre todos ellos, según el amor y la compasión antecedente de
Dios, por las cuales Él dio Su Hijo al mundo; no obstante, de acuerdo
con Su voluntad consecuente en la Elección de Gracia, definitivamente
decretada antes de la fundación del mundo, esta redención es eficaz sólo
para los creyentes.
65. Hay una voluntad oculta en Dios, en la
cual Dios todo lo obra en todos, incluso la maldad en los malos, sin ser
Él mismo malo ni maldad, ya que Él es Bueno y Santo; y obtiene de la
impiedad del diablo y los impíos el Bien final; — así, mientras la
mayoría perece en sus pecados y rechaza a Dios y todo lo que lleva el
nombre de Cristo, sólo unos pocos integran el Rebaño del Buen Pastor.
Sin embargo, nosotros debemos buscar a Dios en Su voluntad revelada en
la Palabra, que nos lo presenta como compasivo con todos, muriendo por
los pecados de todos, y deseando que todos se salven.
66. Y estas
dos voluntades son dos para nosotros, incapaces de discernir cómo en
Dios todo propósito confluye hacia el sumo bien, en Su único y santo
propósito, y en Su santa y única, perfecta voluntad.
67. Y aunque
el Dios Escondido obra en cada uno como quiere, y Sus propósitos no son
jamás frustrados por ninguno; sí; todos somos llamados a buscar al Dios
Revelado en Su Palabra, la cual pone delante de nuestros ojos a Cristo y
a Éste crucificado, Salvador del mundo, obrando en nosotros la fe, y
dándonos con ella el perdón de pecados, vida, y salvación.
Del Milenio Craso.
68.
Enseñamos que la Iglesia de Dios en la tierra estará sujeta a la Cruz
hasta el fin del mundo, y esto en forma creciente, cuanto más se
aproxime el Último Día. Hechos, 14. 22; Mateo, 24. 12-14. Rechazamos la
doctrina según la cual la Iglesia puede confiar en un glorioso y futuro
estado en un reino mundanal de mil años, porque esa doctrina contradice
claros pasajes de la Escritura y seduce a los Cristianos con el engaño
de guiar su esperanza a una imaginaria beatitud aquí en la tierra, en
lugar de dirigirla solamente a la bienaventuranza en el cielo y a la
Jerusalén Celeste, que descenderá de los cielos.
69. Sí;
rechazamos toda clase de milenarismo craso, o quiliasmo, es decir,
aquellas opiniones que pretenden que Cristo, luego del ‘Rapto’ de la
Iglesia volverá visiblemente a esta tierra para gobernarla por mil años
antes del fin del mundo, por medio de una clase de dominio carnal de la
Iglesia sobre éste; o que los sacrificios levíticos y ordenanzas
similares propias al antiguo Israel serán restablecidos; o que antes del
fin del mundo la Iglesia gozará de una temporada de especial
prosperidad; o que antes del fin del mundo tendrá lugar la conversión
universal de una teorética ‘nación judía.’
70. Sobre esto, la
Escritura enseña claramente, y también nosotros, por consiguiente, que
el Reino de Cristo sobre la tierra permanecerá bajo la Cruz hasta el fin
del mundo; Hechos, 14.22; Juan, 16.33; 18.36; Lucas, 9.23; 14.27;
17.20-37; II Timoteo, 4.18; Hebreos, 12.28; Lucas, 18.8; que la Segunda
Venida visible del Señor será Su Advenimiento final, Su venida para
proclamar Juicio sobre los vivos y los muertos. Mateo, 24.29,30; 25.31;
II Timoteo, 4.1; II Tesalonicenses, 2.8; Hebreos, 9.26-28; que la hora
del Último Día es, y permanecerá, desconocida; Mateo, 24.42; 25.13;
Marcos, 13.32, 37; Hechos, 1.7; y que no habrá conversión general, o
masiva, de ‘nación judía’ alguna; Romanos, 11.7; II Corintios, 3.14;
Romanos, 11.25; I Tesalonicenses, 2.16.
71. De acuerdo con estos
claros pasajes de la Escritura, rechazamos, pues, en su totalidad, la
doctrina conocida como Milenarismo craso, o mundanal, no sólo porque
contradice el Santo Escrito, sino también porque engendra una falsa
concepción del Reino de Cristo, y trastorna la esperanza de los
Cristianos, proponiendo objetivos terrenales y epicúreos; I Corintios,
15.19; Colosenses, 3.2; haciéndoles mirar la Escritura como si fuera un
libro oscuro.
De La Profecía y el Milenio Sobrenatural.
72.
Creemos que la Profecía es parte de la revelación de Dios al hombre;
que ella se ha incluido poderosamente en la Escritura, la cual es
provechosa para instrucción (II Tim., 3.16;) que se ha designado para
nosotros y para nuestros hijos (Deut., 29.29;) que, lejos de estar
cubierta por impenetrable misterio, es ella la que constituye, muy
especialmente, la Palabra de Dios, como Lámpara a nuestros pies y Luz
para nuestros caminos (Salmos, 119.105; II Pedro, 1.19;) que se
pronuncia una bendición sobre aquellos que la estudian (Apocalipsis,
1.3;) y que, por lo tanto, ella puede ser claramente comprendida por el
Cuerpo Místico de Cristo, revelándole su posición en la Historia, y el
especial cometido puesto en sus manos.
73. Creemos, además, que
la historia del mundo, las fechas precisas en el pasado, el surgimiento y
caída de los imperios, y una sucesión cronológica de eventos que
conducen al Reino Eterno de Dios, se han delineado en una gran cadena de
profecías; y que todas esas profecías ya se han cumplido, sí; y vemos
ahora las escenas finales.
74. Desalentamos toda doctrina sobre
una ‘conversión mundial’ de los así llamados Judíos, (a quienes no
confundimos con el Antiguo Israel ni con los pretéritos Jeezrelitas,) y
del mismo modo reiteramos nuestra denuncia de la enseñanza sobre un
milenio terrestre, — observando que tales extravíos tienden a adormecer a
los hombres en estado de seguridad carnal, para que así sean
sorprendidos por el Gran Día del Señor, como por un ladrón en la noche
(I Tes., 5.3;) que, en todo caso, la Segunda Venida de Cristo precede, y
no sigue, al llamado milenio; que éste no forzosamente debe concebirse
en medición humana (Salmos, 90.4, II Pedro, 3.8;) y que hasta que el
Señor aparezca, el poder de la secta neo-papista, o ‘iglesia’
neo-talmúdica y masónica, con Sede en Roma: y el resto de la
confabulación Global, la Ciudad Anticristiana, con sus sociedades
secretas y movimientos subversivos, y la Sinagoga de Satanás, con todas
sus abominaciones, continuarán, bajo el designio de aniquilar todo Altar
puro y todo vestigio de regencias Cristianas, y a las iglesias
Remanentes (II Tes., 2.8;) que el trigo y la cizaña crecerán juntos
(Mateo, 13.29, 30 y 39;) y que la vileza y maldad de los impíos y los
falsos profetas empeorará progresivamente, llevando la sociedad al caos y
a la esclavitud, como lo declara la Palabra de Dios, II Tim. 3.1 y 13,
en aquel profetizado, por la Escritura Santa, como Reino del Anticristo.
Es por esto que enseñamos, sí; otra vez; que la verdadera Iglesia de
Dios en la tierra estará bajo la Cruz hasta el fin del mundo, y esto en
forma creciente, cuanto más se aproxime el Último Día. Hechos, 14.22;
Mateo, 24.12-14.
75. Creemos que el misterio según la cual la
Segunda Venida de Cristo y la resurrección de los santos, que la
acompaña, y que es seguida por un período al que la Escritura llama el
reino de mil años de los salvos con Cristo en los cielos, es Bíblico, y
puede ser demostrado por el Santo Escrito. La tierra será un erial
durante ese período. El pueblo de Dios participará con el Señor en el
Juicio sobre Satanás, sus ángeles y el mundo de los impíos. Luego de tal
era ‘milenial,’ tendrá lugar la resurrección de los impíos, y el Juicio
ante el Gran Trono Blanco, y allí la sentencia divina sobre toda maldad
e injusticia será anunciada. Satanás, sus ángeles caídos y la masa de
los incrédulos será arrojada al lago de fuego y azufre, al fuego
inextinguible que consume toda iniquidad sin dejar raíz ni rama. La
tierra, tal como la conocimos, pasará para siempre, y los santos
heredarán el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra como SOBRENATURAL morada
eterna. Esta es la Quinta Monarquía del Profeta Daniel (2.44, 45; II
Pedro, 3.13; Apoc., 6.14; 20.1-3; Jer., 4.23-27; Apoc., 20.4-15; Esaías,
65.17; Mal., 4.1; Apoc., 21.1-5.)
Del Santuario en el Cielo.
76.
Hay un santuario celeste, que Dios reveló como modelo a Moisés para
erigir el tabernáculo terrenal (Éxodo, 25-40.) Este santuario celestial
tiene dos departamentos; el primero es el Lugar Santo, o Sancta; el
segundo, el Santísimo, Sancta Sanctorum. En el segundo departamento se
halla el Arca de Dios, que contiene Su Ley inmutable, perpetuamente
expuesta en los Diez Mandamientos, que rigen sobre todos los hombres de
todas las eras. Sobre esta Ley y su cumplimiento perfecto en beneficio
de los escogidos, se fundó el Eterno Concierto entre el Padre y el Hijo,
quien convino como representante y cabeza de Su Cuerpo Místico
(Números, 14.18; Proverbios, 28.13; Jeremías, 32.19; Ezequiel, 18.30,
33.20, 34.17, 20; Daniel, 7.9-10; Mateo, 22.1-14; Romanos, 14.12; II
Corintios, 5.10; Hebreos, todo el libro; Santiago, 4.12; I Pedro, 4.5;
Judas, 14-15; Apocalipsis, 5.1-9, 11.18, 22.14-15; nuestros artículos
sobre el Convenio o Concierto.)
77. El Ministerio de Cristo en el
primer departamento, el Lugar Santo, comienza en Su ascensión y se
extiende durante el periodo señalado en las Escrituras, lo que
constituye un misterio (Daniel, 8.14; Eze., 4.6.) Entonces Cristo
ingresa al otro departamento, o Lugar Santísimo, e inicia la segunda
parte de Su obra Sumo Sacerdotal de Perdón de pecados, Mediación y
Juicio previo a Su Segunda Venida, para purificar el Santuario, como
nuestro Sumo Sacerdote. Este Juicio no es uno para enunciar el perdón de
los elegidos, ya declarado en la justificación de cada uno de ellos, a
su tiempo; mas se quitan los sellos y se abre el Rollo ante los cielos,
corriendo el velo de los consejos eternos de Dios en la salvación de Su
Cuerpo Místico, y la revelación de quienes fueron a las Bodas sin el
atuendo apropiado (Levítico, 16, 23.27-32; Números, 14.34; Hebreos,
6.19-20, 9.3, 7, 11-15, 12.24; Mateo, 22.1-14.)
De La Babilonia Espiritual.
78.
La profecía declara que la Babilonia mística consistiría de un cuerpo
moral, o virtual (no de un individuo; lo que no excluye la aparición de
una cabeza visible final, resumen de la impiedad del resto,) que,
habiendo surgido en un cuerpo inicialmente puro, se corrompió en el
error doctrinal y la apostasía. El gobierno papal, desde su ruptura con
la Iglesia Católica Ortodoxa, se ha presentado como el Anticristo de la
profecía Bíblica; fue un gran poder despótico desde entonces y, otra
vez, luego de que una sombría conspiración logró tomarlo por asalto a
mediados del siglo veinte, junto a una Confederación Global de cuerpos y
naciones una vez Cristianas, volverá a perseguir a los santos de Dios
en el fin del tiempo. Sus grandes errores, como la extinción del
Agustinianismo; ‘el cambio de los tiempos,’ mencionado por el profeta
Daniel, contando los días por la salida y no por la puesta del sol; la
comunión en una especie, el celibato forzado, la doble procesión del
Espíritu; esto entre los antiguas negaciones; y la así llamada
jurisdicción temporal y universal del Obispo de Roma, y otros muchos,
como las novedades introducidas en ambos Concilios Vaticanos, en los
últimos dos siglos: especialmente la abrogación del Santo Sacrificio de
la Misa; la eliminación de la Vulgata de San Jerónimo; el Universalismo
panteísta, Humanista-Liberal; y su sacerdocio falaz, modernista,
judaizado, antropocéntrico, e ilegítimo, la señalan como la
contemporánea Babilonia, Madre de las Rameras, o asociaciones que la
siguen en su Apostasía, y Sede religiosa del Anticristo. (I Juan, 4.2,3;
Dan., 2.40, 41; 7.7, 8, 20-25; 11.31, 36-39, 45; Apoc., 12; 13.1-8; 17;
18. 23, 24.)
Sobre la Sexta y Séptima Edades del Mundo, y el Reino del Anticristo.
79.
Junto a Apoc., 3.10, leemos, ‘Porque has guardado la Palabra de Mi
paciencia, Yo también te guardaré de la hora de la tentación, que ha de
venir sobre el mundo entero, para probar a los moradores de la tierra.’
Creemos que la hora de la tentación que ha de venir, y que aquí se
predice, es el tiempo de la persecución del Anticristo, el que Nuestro
Señor profetizó en Mateo, 24, y en Daniel, 11.12. Los ‘moradores de la
tierra’ son la masa de los incrédulos, los hombres naturales o
terrenales. Los fieles, por su parte, son los moradores del cielo, donde
por la fe se asientan con Cristo, Efes., 1.3; 2.6. — El Señor Cristo
define a este tiempo del fin como la hora de la tentación, supuesto que
durará poco, y que aquello que la Glosa llama la Séptima edad de la
Iglesia, ha de ser muy breve. — La Divina Bondad acostumbra preservar a
Sus elegidos de la hora de la prueba y de los tiempos infaustos, por dos
medios: 1.) Llamándoles a Sí, por medio de una muerte natural, antes
que los sorprendan angustiosos males y tribulaciones desmedidas: otorgó
esa gracia a Ezequías, a Josías y a otros santos del Antiguo y Nuevo
Testamento. 2.) Preserva también a los Suyos, sin llevárselos de este
mundo, pero si librándolos del mal; Juan, 17. 15: «’Yo no te ruego que
los quites del mundo, mas que los guardes del mal;» así es como
Jesucristo envió a Sus Apóstoles y discípulos en medio de los lobos. Con
esos dos medios, Dios, en la Sexta edad, preservará a su Iglesia del
Tiempo de la Angustia del Anticristo. A.) Llamándola a Sí: pues, al fin
de la Sexta edad, la piedad desaparecerá, el pecado comenzará a
multiplicarse y se le tendrá como virtud, en un mundo colmado por una
nube de inicuos; en el cual, lentamente, se levantará una generación
perversa y degenerada, de modo que el orbe, en otro tiempo Cristiano,
será ahora una turba de infieles, y un infierno terrestre. Los rectos,
los devotos, los piadosos e inteligentes Prelados y Pastores, y santos
seglares, serán en aquel tiempo quitados en gran número por la muerte
natural, al no tolerar ellos la pestilencia de un mundo inmerso en los
venenos de la Ciudad Anticristiana: y vendrán en su lugar hombres tibios
y carnales, meros impostores, quienes cuidarán sólo de sí mismos.
Corruptores, éstos, de la doctrina y la práctica de la Iglesia
Apostólica, serán como árboles sin fruto, astros errantes y nubes sin
agua. B.) Jesucristo preservará a Su Iglesia del mal: a Su Cuerpo
Místico, sin quitarlo de este mundo; porque la Iglesia perdurará hasta
la consumación de los siglos; aunque, en comparación de la muchedumbre
de depravados, serán pocos, un puñado, los Santos Fieles y los Maestros
de la Palabra, a quienes Dios enviará en medio de los lobos, para
enseñar a un Remanente la verdad y la justicia. Muchos de ellos caerán
bajo el filo del acero en las llamas, cadenas, y ruina. (Dan., 11.) Dios
preservará, así, a los últimos elegidos de la hora de la tentación,
librándolos del mal, es decir, impidiendo que consientan a la impiedad
del tirano iracundo, y ayudándoles a morir por la verdad, la justicia y
la fe de Jesucristo.
80. ‘Mira, que vengo presto: retén lo que
tienes, para que ninguno tome tu corona.’ Esas palabras contienen una
saludable advertencia para los muchos, sobre la repentina e imprevista
Segunda Venida de Cristo, y, al mismo tiempo, una exhortación, para que
los fieles perseveren en la gracia. Ellas son escudo necesario y
esencial, que se nos presenta, principalmente, en la última tribulación
descripta en Math., 24.1. Pues entonces — ahora mismo — los hombres
pensarán que el Reino del Anticristo durará siglos, a causa de la gran
prosperidad y hegemonía del tirano; que ha sido, y es, un cuerpo, y
culminará en un individuo. El Anticristo, así, ha venido siendo, y es,
un cuerpo moral o virtual de individuos, la mayoría de ellos agentes de
cambio, introducidos en la que ahora es la Desolación de la Iglesia
Cristiana, y el Desamparo de las instituciones del mundo Cristiano; pero
esto no excluye la aparición final de una cabeza visible, poseída por
el Diablo. Los Fariseos y demás infieles, que le recibirán como al
Mesías, creerán indestructible su reino; y escarnecerán a Cristo y a Su
Iglesia, blasfemando de mil modos, dándoles por muertos y borrados de la
faz de la tierra. Ahora bien; para abatir esa soberbia y destruir esa
falsedad, dice el Señor: ‘Mira, que vengo presto.’ — Así como en tiempo
de la tremenda persecución de Diocleciano, prototipo del Anticristo,
muchos fieles renunciaron a la fe Cristiana, y sacrificaron a los
ídolos; así también sucederá en la persecución del fin de los tiempos, y
será todavía peor; porque excederá a todas las precedentes. Por este
motivo el Señor Cristo, como Capitán en jefe, previene de antemano a Sus
soldados, armándolos con el escudo soberanamente necesario de la
fuerza, constancia y perseverancia sobrenaturales. Para ello les dice:
‘Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. A quien venciere,
le haré columna en el templo de Mi Dios. Y no saldrá jamás fuera: y
escribiré sobre él el Nombre de Mi Dios, y el Nombre de la Ciudad de Mi
Dios, la Nueva Jerusalén, que descendió del cielo de Mi Dios; y Mi
Nombre nuevo.’ Para fortalecer a Sus escogidos, y confirmarlos aún más y
más en la última y más terrible persecución, Nuestro Señor hace seguir,
en el contexto, la promesa de los mayores bienes, como recompensa
proporcionada a las difíciles victorias conseguidas por los justos sobre
el Cuerpo Tirano y parásito, y el Tirano en persona. De esas victorias,
la primera habrá de ser la firmeza y constancia, por las cuales los
fieles del fin se revelarán como columnas de la Iglesia Cristiana.
Resistirán al furor del Déspota, sus falsos milagros e invenciones
diabólicas, y sacrificarán sus cuerpos, sangre y vida por la verdad y la
justicia de Dios. La segunda victoria será la confesión del verdadero
SEÑOR que creó el cielo, la tierra y todo lo que ellos encierran; el
Anticristo se ensañará especialmente contra esa confesión,
constituyéndose como el Dios de los dioses. La tercera victoria será la
fe invencible y la fidelidad de la Iglesia de Cristo, a la que el
Anticristo desechará como impostura, y en su furor la disgregará por los
cuatro vientos del cielo, sobre los áridos cerros, y en las cavernas.
La cuarta, en fin, será la confesión del Nombre de Cristo, contra la
cual se levantará el Tirano. Él se glorificará en los falsos milagros
que forjará con ayuda de pérfidos artificios. Se llamará Mesías, y como
tal le recibirán los que odian a Cristo, según las palabras del mismo
Salvador, en Juan, 5. 43. « Yo vine en Nombre de Mi Padre, y no me
recibisteis: si otro viniere en su propio nombre, a este recibiréis.»
81.
‘Y al ángel de la Iglesia que está en Laodicea, escríbele: Estas cosas
dice el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación
de Dios.’ Creemos que la Séptima y última Edad de la Iglesia comenzará
con la aparición del Anticristo, y persistirá hasta el fin del mundo.
Será esta una edad de ruina, en la que se verá una total defección de
fe, Luc., 18. 8. «’Mas cuando viniere el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en
la tierra?’» En esta edad se cumplirá la Abominación de la Desolación,
Gr. bielodigma eremoseos, descripta en San Mateo, 24, y en Daniel, 8, y
12. Entonces también concluirá el siglo, y se cumplirá la Palabra de la
voluntad divina. A esta edad se vincula el Sábado de la creación del
mundo, cuando Dios, luego de haber concluido Su obra, descansó en el día
séptimo, Gén., 2. Así es, pues, como Dios, en la Séptima edad de la
Iglesia, consumará Su obra espiritual, que decretó cumplir por Su Hijo
Jesucristo: y luego reposará con la plenitud de Sus santos, por toda la
eternidad. — Esta edad es, asimismo, antitipo del séptimo Espíritu del
Señor, Espíritu de Ciencia. Porque en ese tiempo se sabrá ciertamente,
en seguida que el Anticristo haya sido destruido y precipitado en el
infierno, que el Verbo Divino vino al mundo como hombre. Entonces
aparecerá en el cielo la Señal del Hijo del Hombre, y todo ojo le verá.
Así, pues, esta edad está representada por la Séptima época del mundo.
Porque así como ella será la última, aquella en la que concluirá el
siglo, así también la Séptima edad, será la postrera de la Iglesia. Por
fin: la Iglesia de Laodicea es tipo de esta edad, la que se explica por
el vómito. Esta nombre conviene, pues, a esta última edad, la edad del
‘laos dikeos,’ o gobierno del pueblo, la era de la democracia plebeya,
durante la cual, antes que el Anticristo llegue al poder en la Tiranía,
que el mito jacobino de la soberanía popular engendra, la caridad se
enfriará, la fe se perderá, y todas las naciones se verán trastornadas
por la violencia, el crimen, el hambre, la injusticia, la ignorancia, la
blasfemia y el odio, frutos de la Revolución; alienados los hombres,
divididos entre sí, se levantará en la tierra una casta de egoístas,
epicúreos, indolentes y tibios. Los pastores, prelados y gobernantes,
serán hombres falsarios y engañosos, semejantes a los árboles de otoño,
sin hojas y sin fruto; serán como astros errantes, nubes sin agua, al
decir del Apóstol. Cristo, entonces, lanzará la Iglesia de Su boca, y
permitirá que Satanás sea desatado y extienda su poder en todo lugar; y
que el Hijo de Perdición penetre en el Reino, que es la Iglesia. —
Estas, no son sino las últimas noticias.
82. ‘Porque tú dices,
soy rico, y me he enriquecido, y de nada tengo necesidad: y no sabes que
eres desventurado, y miserable, y pobre, y ciego, y desnudo. Te
aconsejo que de Mí obtengas oro acrisolado en fuego, para que seas rico y
ropas blancas, para que vistas, y no se descubra la infamia de tu
desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.’ Enseñamos que
Nuestro Señor Jesucristo revela, aquí, bajo la forma de una paternal
corrección, los vicios y defectos de esta, nuestra edad, contra los
cuales ofrece, a la vez, saludable consejo y oportuno remedio. El primer
vicio será una culpable soberbia del espíritu, fundada sobre la propia
‘ciencia;’ soberbia que de tal modo cegará a los hombres, que ni aún
siquiera conocerán sus propios pecados, ni sus errores. Se consolidarán
en sus vicios, deleites obscenos, y mentiras, a tal punto, que ellos se
justificarán a sí mismos, y desconocerán la sana doctrina. Eso es lo que
Jesucristo significa con estas palabras: Por que tú dices, con falsa
jactancia y vana presunción, yo soy rico, es decir, ‘estoy dotado de la
justicia, verdad, y ciencias, la más perfectas y bellas.’ Me he
enriquecido, por mi conocimiento y práctica de todas las artes. Mi
experiencia y la experiencia de mi época son superiores a las de todos
los siglos, y de nada tengo necesidad. ‘Nada tengo que aprender de la
verdadera Iglesia.’ Tal es el espíritu satánico que anima a los falsos
políticos, gobernantes ruines, y pseudo Cristianos de nuestra época, que
siguen a estos ‘líderes’ y otros miserables, quienes, despreciando toda
verdadera ciencia, toda sana doctrina, y al no escuchar ya a los
pastores de almas, se ven a sí mismos como justos, y sólo siguen los
impulsos de su amor propio, y de su voluntad pervertida. Estos se
abisman en su propia perdición. — Y no sabes, eres mísero por la pena
que seguirá. Además eres pobre en mociones espirituales, mociones que no
pueden subsistir en el estado de aversión con el que desafías a Dios.
Eres ciego, porque no ves, y no reconoces tus lacras, tus vicios, tu
indigna pobreza y tu miseria interior. Y estás desnudo y despojado de
las virtudes de la fe invencible, la esperanza, la caridad, la justicia
de Dios: y no sabes que son las virtudes como el manto del alma. El
segundo vicio de esta edad es esta absurda y frívola confianza en
riquezas, tesoros, objetos preciosos, ricos ornamentos, magnificencia de
edificios y templos, y en el exterior esplendor de las cosas
temporales, siendo falsificadas las espirituales. Y como nada de esto
obtiene comunión con el padre Celestial, ni con el Verbo divino, ni con
el Santo Espíritu, tampoco placerá a Jesucristo. Porque Dios no
reconocía los sacrificios del Antiguo Testamento, si despojados de
misericordia. Todos esos bienes serán presa del Anticristo, quién
saqueará los tesoros de las Iglesias, de los reyes, príncipes,
gobernantes y grandes en este mundo. Hollará y blasfemará todo lo santo y
lo sagrado; entregará a las llamas y arruinará y profanará hasta las
heces los magníficos templos que aún pervivan. Entonces llegarán la
Desolación, y la Abominación Magna, la mayor de cuantas han habido;
porque todo lo sagrado será consumido por el fuego ignominioso, y
reducido a cenizas.
83. El remedio que Dios propone aquí como
medicina espiritual contra esas dos enfermedades de la vista, para
preservarnos de la ceguera espiritual, consiste, sobre todo, en la
meditación de los novísimos, como se llamaba antaño a la Esjatología; y
de las Santas Escrituras. Esos remedios serán especialmente necesarios a
los testigos de Cristo en los últimos tiempos, a causa del horror de
los tormentos, no solamente físicos, mas asimismo morales, y de los
errores y engaños de los falsos profetas: y también por los escándalos y
la total pérdida de la fe. Por ello, para confortarnos, el Señor
Cristo, nos dice; Unge tus ojos con colirio, esto es, aplica los ojos de
tu alma a la meditación de los novísimos; escudriña el Santo Escrito,
para que distingas nítidamente la vanidad de los bienes de la vida
presente, y la solidez de los futuros bienes en el Reino de Gloria.
Discierne, además, entre la verdad y la iniquidad del Tirano, en sus dos
aspectos, ya mencionados: quién procurará seducirte con promesas y
mentiras, con imágenes o ídolos (Gr. eidolon) seductores, y con falsos
prodigios y aparentes milagros.
84. A dicha circunstancia se
refieren las palabras del profeta Daniel, 11. 45: « Asentará su tienda
real en Apadno, entre los mares (naciones, tribus, lenguas y pueblos,)
sobre el Noble y Santo Monte: y llegará hasta la cima, y nadie le
auxiliará.» La palabra ‘Apadno’ se halla en la Vulgata latina; el Obispo
Scio, en sus notas al pie, indica que los padres la han entendido como
significando la Ciudad Santa, la Jerusalén de Dios; esto es, Su Iglesia
Viadora. Se advierte aquí que el poder del Anticristo tomará y ganará el
poder en la Iglesia Externa. — ‘Y adoraron al Dragón, que dio poder a
la Bestia; y adoraron a la Bestia, diciendo: ¿Quién, semejante a la
Bestia? Y, ¿quién podrá lidiar con ella?’ Estas palabras se ligan
admirablemente con las precedentes; porque todas las naciones adorarán a
Lucifer incorporado en el Anticristo, supuesto que lo considerarán cómo
a una divinidad, y creerán que la deidad mora en él, a causa de su
poderío y los grandes portentos que obrará con el auxilio de Satanás, — Y
también a causa del saber, nociones y palabras que saldrán de su boca,
cuya fuente serán las miasmas del príncipe de los demonios. Con la ayuda
de este poder sorprendente, el Hijo de Perdición, el Anthropos Anomias o
Antinomiano, predicho por San Pablo, en su Epístola a los
Tesalonicenses, obrará singulares prodigios, muy probablemente en el
campo de lo natural. El Dios Trino, Creador de cielos y tierra y
Redentor de Su Cuerpo Místico, permitirá estas señales como castigo de
los hombres, quienes, en los últimos días, llegarán al colmo de toda
prevaricación.
85. Ha sido con ingenuidad excusable que los
antiguos padres y teólogos, influenciados por su tiempo, cuando la
podredumbre y corrupción, y la misma apostasía de este mundo, no eran
aún claramente vislumbrados, supusieran que el Anticristo engañaría a
los hombres, haciéndose pasar por Cristo; esto es, como un Mesías
aparentemente bondadoso y fiel. Por el contrario; las masas del tiempo
del fin, depravadas, crueles, decadentes, pervertidas, criminales al
extremo, sólo podrían y querrán adorar a un diabólico Anticristo (la voz
anti, en Griego, significa, además, contra: un Contracristo;) de modo
que, cuando el Inicuo se manifieste, lo hará dejando ver todos sus
atributos satánicos, que los brutos de este mundo, aún ahora mismo,
cuando oscurece en la Edad de Hierro, veneran y anhelan. Cuando los
hombres bestiales vean los grandes prodigios de este Anticristo, o
Contracristo, todas las naciones, ahora reunidas en un Gobierno Global,
le darán culto, y le adorarán como a su Dios, y Mesías. Por esto dice
San Juan: Y ADORARON A LA BESTIA, como nosotros mismos adoramos al Hijo
del Hombre a causa de Su deidad, ¿Quién, semejante a la Bestia?' Y
¿quién podrá con ella? Estas palabras señalan la apostasía universal,
por la cual la muchedumbre de los réprobos se separará para siempre del
Padre Eterno, y sobre todo de Su Hijo hecho carne, Jesucristo; de tal
suerte que todas las naciones se dejarán seducir a cansa de la
perversidad y enormes pecados de la Bestia, que serán el paradigma de
sus deseos. Y porque Dios los abandonará a esta insana demencia, ellos
dirán, deslumbrados, ‘¿Quién, semejante a la Bestia? Y ¿quién podrá con
ella? Estas palabras del Apocalipsis revelan una horrenda blasfemia
contra el Dios del cielo y contra Su Cristo, esto es, sobre la misma
esencia y omnipotencia del Dios creador de los cielos y la tierra, cuya
segunda Persona se hizo hombre, y habitó entre nosotros, Salmos, 2. Sí;
tales palabras son la mayor blasfemia de cuantas puedan los hombres
hacerse culpables contra el Dios Trino, y contra Cristo, y contra Sus
santos, siervos, profetas, mártires; y contra todo lo que de más sagrado
existe, supuesto que ellas suponen que todo cuanto hay y de Dios
procede, es inferior a lo que viene de Lucifer; esto es, inferior a la
Bestia. Los anticristos de todos los siglos habrán logrado, por unos
momentos, por su cabeza final, invertir tierra sobre cielo; pisotear la
Santidad de Dios, y exaltar la carne caída, que se pudre, y muere; y
esta será la mayor aberración de cuantas hayan jamás existido y jamás
volverán a ser. Tipos de esta blasfemia hallamos en Faraón, y sobre todo
en Goliath. I Reyes., 17.
De la Segunda Venida de Cristo.
86.
La Segunda Venida de Cristo en Gloria y Majestad es la esperanza de la
Iglesia Cristiana, el clímax del Evangelio, cuando Jesucristo vendrá
literal, personalmente, al sonar la trompeta, con todos Sus santos
ángeles. Será el más grande y extraordinario evento del porvenir
inmediato, y el motivo del más grande júbilo de los redimidos hijos de
Dios. La promesa de la Segunda Venida fue conocida y proclamada incluso
en los días del Antiguo Testamento. Los Cristianos depositan su final
confianza de vida eterna en este suceso. En el momento de la Venida del
Señor, la Parusía, tendrá lugar la resurrección, transformación, y
traslado de los piadosos y justos por la Sangre del Eterno Cordero, a
Casa del Padre Celestial. El día y hora de Su Venida son un misterio
para todos: los santos, y los infieles, a la vez.
87. No
obstante, el Señor señaló aquellos Signos de los Tiempos que
testificarían la proximidad de Su Retorno, que es inminente. El
cumplimiento, ya casi completo, de todas las líneas proféticas, indica
que ‘Él está cerca, a las puertas.’
88. La Venida de Cristo será
un hecho visible. Vendrá en la Gloria y Majestad de Su Padre, con todos
Sus santos ángeles. Será un momento trágico para muchos, y de
bienaventuranza, para otros: quizá, unos pocos. En la Parusía, el futuro
eterno de los justos e injustos, en cuerpo y alma, será resuelto de
manera definitiva. (Juan, 14.1-3; Tito, 2.11-14; Hebr., 9.28; Hech.,
1.9-11; Apoc., 1.7; Math., 25.31; Luc., 9.25; 21.25-33; Math.,
24.14,36-39,33 KJV, margen. — Ver, asimismo, Judas, 14; Apoc., 22.12;
Tit., 2.11-14; I Tes., 4.16,17; I Cor., 15.50-54; Fil., 3.20-21.)
De la Primera Resurrección.
89.
Los justos muertos serán levantados a la vida cuando la Segunda Venida
de Cristo. Junto a los justos vivos, serán llevados a lo alto, a
encontrarse con el Señor en el aire. Irán con Él a los cielos, donde
permanecerán durante ‘mil años,’ término al que no debe adjudicarse
cronología, según el tiempo de la tierra caída. Los impíos que vivan al
tiempo del Segundo Adviento de Cristo serán destruidos por el resplandor
de Su Venida. Estos, con los infieles muertos de todas las eras,
aguardarán por la resurrección final, al concluir el milenio en lugares
celestiales. (Apoc., 1.7; Jn., 5.25,28,29; Os., 13.14; I Cor., 15.51-55;
I Tes., 4.13-18; Juan, 11.24,25; 14.1-3; Apoc., 20.4,5,6; Esa., 25.8,9;
II Tes., 1.7-10; 2.8; Judas, 14-15; Apoc., 20.5,12,15; Juan, 5.28,29;
Hech., 24.15; Esa., 24.21,22.)
De la Resurrección Final.
90.
Al finalizar los mil años, tendrán lugar los siguientes sucesos. (a.)
Cristo y los justos descenderán del cielo, con la Santa Ciudad, la Nueva
Jerusalén (Apoc., 21. 2, 10;) (b.) Los impíos muertos resucitarán
(Apoc., 21.11-12;) (c.) Satanás, sus ángeles, y los incrédulos recibirán
el salario del pecado cuando el fuego celestial de Dios les consuma,
junto al infierno y la muerte. Esta es la muerte segunda (I Cor., 15.26;
Apoc., 20.7-10,14,15); (d.) Este fuego, que destruye las obras del
pecado, purificará la tierra (II Pedr., 3.10-14; Mal., 4.1-3; Apoc.,
20.4, 8.)
De la Nueva Tierra.
91. La tierra, purificada
por fuego y recreada por el poder de Dios, será hogar sobrenatural de
los redimidos, y Dios mismo vivirá con ellos. Como allí donde Jesús
está, no puede sino estar el cielo, es que se entiende que la Nueva
Tierra es una celestial (II Pedr., 3.9-13; Esa., 65.17-25; 35.1-10;
45.18; Math., 5.5; Mal., 4.1-3; Prov., 11.31.)
Del Último Mensaje de Misericordia.
92.
Es la proclamación de la Palabra de Dios, y el poder de Su Evangelio,
en el mensaje y los Medios de la salvación por gracia, del Místico
Cuerpo de Cristo, esto es, el testimonio postrero de los creyentes que
guardan Sus mandamientos y tienen la fe de Jesús; y este mensaje es dado
inmediatamente antes de la Venida del Señor. Este final testimonio,
anunciado en medio de la Ciudad Anticristiana, trae a la vida y
santifica a un pueblo, separado de la Babilonia espiritual y la simiente
del áspid. De esta manera los últimos fieles salen de Babilonia y se
congregan en el Remanente, y no tienen parte con sus Plagas (Amos, 3.7;
Math., 24.29-34; Apoc., 12; 13; 14; 17.1-18; 18.1-5; II Cor., 6.14-18;
Sof. 3.13; Miqueas, 4.7,8; Esa., 26.2; Apoc., 22.14.)
‡
© 2004 © 2009 © 2021
Revd. Enrique Ivaldi, Pastor Senior, HonThD.
All rights protected.
Reservados los derechos de la Ley 11723.
‡
Apéndice. Artículos Adicionales.
De las Dos Naturalezas en la Persona de Cristo.
1.
Creemos y enseñamos que Jesucristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios,
engendrado del Padre de toda eternidad, y también verdadero hombre,
concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen María en la plenitud
del tiempo. De las dos naturalezas personalmente unidas en Cristo, una,
la naturaleza divina, es y siempre fue real y esencialmente divina, y la
otra, la naturaleza humana, es, y desde su concepción fue,
esencialmente humana, consistiendo de un cuerpo humano y de un alma
racional, con su propia inteligencia y voluntad humanas, habiendo en la
única persona una unión y no una mezcla de naturalezas. Aunque dos
naturalezas completas y distintas están unidas en Cristo, no hay en Él
la unión de dos personas, desde que Su naturaleza humana jamás ha
subsistido por sí misma, sino una unión personal, no con el Padre, no
con el Espíritu Santo, pero sí con Dios el Hijo, la Segunda Persona de
la Deidad.
2. Aunque las dos naturalezas personalmente unidas en
Cristo son y permanecen esencialmente distintas, cada una reteniendo sus
propios atributos o propiedades esenciales, su propia inteligencia y
voluntad, de modo que Su Divinidad no es Su humanidad ni una parte de la
misma, ni Su humanidad es Su Divinidad — aún así hay en Cristo una
comunión de naturalezas, de manera que la naturaleza divina es la
naturaleza del Hijo del Hombre, y la naturaleza humana la naturaleza del
Hijo de Dios, lo cabal de la una siendo predicable de la otra, y
estando la una donde la otra está.
3. Y aún cuando en la Persona
de Cristo cada naturaleza retiene sus atributos esenciales, aún así cada
naturaleza comunica sus atributos a la otra en la unión personal, de
modo que la naturaleza divina participa en los atributos de la
naturaleza humana, y la naturaleza humana en aquellos de la naturaleza
divina.
4. De este modo, los atributos de cada naturaleza se
adscriben a la entera Persona de Cristo, predicándose los atributos
divinos a lo cabal de Su naturaleza humana, y los atributos humanos a lo
cabal de Su naturaleza divina.
(Genus Idiomaticum).
(Jn.,
21.17; Hebr., 13.8; Math., 1.23; Luc., 2.4-11; Rom., 9.5; Jn., 3.13;
Math., 9.6; Jer., 23.5-6; 33.16; Math., 22.42.43; Rom., 8.32; Gál., 4.4;
Col., 1.13-14; Jn., 1.14; Rom., 1.3; I Cor., 2.8; Hech., 3.15)
5.
Otra vez, aunque la naturaleza humana en la Persona de Cristo
permanezca realmente humana, todavía todas las propiedades divinas y
perfecciones del honor y de la gloria a ella pertenecientes se comunican
sin duda alguna a Su naturaleza humana, de modo que las perfecciones
que la naturaleza divina posee como atributos esenciales, la naturaleza
humana los posee como atributos comunicados; tales como la
omnipresencia, la omnisciencia, la omnipotencia. (Genus Maiestaticum.)
La divina no es limitada ni afectada por la humana, ya que es perfecta y
toda suficiente, y de nada carece. A esto se llama ‘no-reciprocidad del
segundo genus.’
(Math., 18.20; 28.20; Efes., 1.23; Jn., 3.13; 21.27; 2.24-25; Col., 2.3; Jn., 17.2; Filip., 3.21; Math., 28.18.)
6.
La unión personal de la dos naturalezas de Cristo, la asunción de la
naturaleza humana por la naturaleza divina en Una Persona, ha tenido
lugar por y para el propósito de la salvación de los hombres, y en la
ejecución de las obras correspondientes a Su Triple Oficio, que la
entera Persona ha realizado o realiza, ambas naturalezas concurren en
dichas operaciones y obras, cada una obrando en comunión con la otra lo
que es propio a cada una de ellas (Genus Apotelesmaticum.)
(I
Jn., 1.3-8; 4.10; Gál., 4.4-5.; I Tim., 2.5-6; Hebr., 2.14; Hech.,
20.28; I Jn., 1.7; I Cor., 15.3; Efes., 5.2; Genes., 3.15; 22.18; Rom.,
5.10-11, Luc., 2.30-32; Math., 20.28; Rom., 8.3-4; Gál., 1.4.)
De la Satisfacción de Cristo, Nuestro Sumo Sacerdote.
7.
Creemos que Jesucristo es Sumo Sacerdote, con juramento, según el Orden
de Melquisedec, y se ha puesto en nuestro lugar ante el Padre para
apaciguar Su ira con plena satisfacción, inmolándose a Sí mismo en el
Árbol de la Cruz, y derramando Su preciosa sangre para purificación de
nuestros pecados, como los Profetas habían predicho. Porque escrito
está: ‘el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos
nosotros curados; como cordero fue llevado al matadero, y fue contado
con los pecadores;’ y como malhechor fue condenado por Poncio Pilatos,
aunque éste le había declarado inocente. Así, pues, ‘se han hecho
poderosos Mis enemigos, los que Me destruyen sin tener por qué’ y
‘Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos;’ y esto, tanto en Su cuerpo como en Su alma, sintiendo el
terrible castigo que nuestros pecados habían merecido, tanto que Su
sudor fue cayendo en gotas de sangre sobre la tierra. Él clamó: ‘Dios
mío, Dios mío, ¿por qué Me has desamparado’?; y ha padecido todo esto
para el perdón de nuestros pecados. Por lo cual, con razón decimos con
Pablo: ‘me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a
Jesucristo, y a Éste crucificado... aun estimo todas las cosas como
pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor;’
hallamos así toda clase de consuelo en Sus heridas, y no precisamos
buscar o concebir algún otro medio para reconciliarnos con Dios, sino
solamente Su ofrenda. ‘Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para
siempre a los santificados.’ Esta es también la causa por la que fue
llamado Jesús por el ángel de Dios. ‘Salvador, porque Él salvará a Su
pueblo de sus pecados.’
(Salmos, 110.4; Hebr., 5.10. Rom., 5.8-9;
Hebr., 9.12; Jn., 3.16; I Tim., 1.15; Filip., 2.8; I Pedr., 1.18-19.
Esa., 53.5; I Pedr., 2.24; Esa., 53.7. Esa., 53.12; Math., 15.28. Jn.,
18.38. Salmos, 69.4. I Pedr., 3.18; Exod., 12.6; Rom., 5.6. Salmos,
22.15; Dan., 9.26. Luc., 22.44. Math., 27.46. I Cor., 2.2. Filip., 3.8.
Hebr., 9.25-28; 10.14. Math., 1.21; Hech., 4.12; Luc., 1.31.)
De la Fe por la que Somos Justificados.
8.
Creemos que, para obtener verdadero conocimiento de este gran misterio,
el Espíritu Santo, por los Medios de Gracia, enciende en nuestros
corazones una fe sincera, invencible, la cual abraza a Jesucristo con
todos Sus méritos, se lo apropia, y fuera de Él ya no busca ninguna otra
cosa. Porque necesariamente tiene que concluirse, que, o bien todas las
cosas requeridas para nuestra salvación no están en Jesucristo, o bien
sí están todas en Él y así, aquel que posee por la fe a Jesucristo,
tiene en Él su salvación completa. De modo que, si se dijera que Cristo
no es suficiente, por cuanto además de Él aún se necesita algo más, esto
sería una blasfemia ya que así se seguiría que Cristo es solamente un
Salvador a medias. Por eso, justamente decimos con el apóstol Pablo, que
‘el hombre es justificado por la fe, aparte de las obras de la Ley.’ No
obstante, para hablar con mayor claridad, nosotros no decimos que la fe
nos justifica como si fuese una obra, pues ella es sólo un instrumento
por el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia. A nuestros adversarios
respondemos, asimismo, que la fe no es una obra en modo alguno. Así
pues, no puede ella ser una acción meritoria. No es una resolución del
ánimo; es una comprensión de que el mensaje o promesa de vida eterna es
verdadero. Una segunda objeción con la que ellos han pretendido urgirnos
es que si la fe, esto es, el creer, se imputa por justicia, entonces la
justificación es por obras, o por algo en nosotros mismos. En esta
objeción, el término obras es equívoco. Si significa obras de obediencia
a la Ley Moral, la objeción es infundada, pues la fe no es una obra de
tal clase; y si significa el mérito por obras de algún género, carece
asimismo de fundamento: pues ningún mérito se atribuye a la fe, y esta,
en el sentido de una confianza exclusiva, o seguridad en los méritos de
otro, excluye y enmudece, por su misma naturaleza, toda asunción de
mérito en nosotros mismos, pues de ser así, no habría necesidad de
acudir a los méritos de ese otro. Pero si se significa que la fe (o el
creer) es proceder en algo en el orden de nuestra justificación, ella
será, en este punto, la performance de una condición, un sine qua non,
lo cual no solamente no es prohibido por la Escritura, mas se requiere y
espera de nosotros, — ‘esta es la obra de Dios, que vosotros creáis en
Aquel que Él ha enviado;’ ‘quienquiera crea será salvo, y el que crea no
será condenado.’ Y de tal manera es esto así estimado por el Apóstol
Pablo, al examinar la libre gracia de Dios en nuestra justificación, que
él establece nuestra justificación por la fe como prueba de su
naturaleza gratuita, ‘pues por gracia sois salvos, por medio de la fe.’
‘Por lo tanto, es por fe, para que sea por gracia.’ La fe, entonces, es
aquello que sobreviene cuando somos convencidos de la verdad por la
Eficacia de la Palabra. — Sin embargo, no entendemos que sea la fe misma
la que nos justifica, pues ella es solamente un medio por el cual
abrazamos a Cristo, nuestra justicia. Mas Jesucristo, dándonos la fe
invencible, que obra en nosotros, y se nos imputa a justicia, ha lavado
nuestros pecados con Su sangre; y esta fe; sí, que nos reconcilia con el
Padre, es la que nos lleva a confesar que Cristo, y nadie más, es
nuestra justicia; y aquella es la que nos mantiene con Él en la comunión
de todos Sus bienes, los cuales, siendo hechos nuestros, nos resultan
más que suficientes para la absolución de nuestros pecados.
(Salmos,
51.6; Efes., 1.(16)-18; I Tes., 1.6; I Cor., 2.12. Gál., 2.21. Jer.,
23.6; 51.10; I Cor., 15.3; Math., 1.21; Rom., 8.1; Hech., 13.26; Salmos,
32.1. Rom., 3.20-28; Gál., 2.16; Hebr., 7.19; Rom.,10.3-4; 10.9; 4.5;
3.24,27; Filip., 3.9; Rom., 4.2. I Cor., 4.7. Rom., 8.29, 33.)
Del Ministerio Público (In Extenso.)
9.
Creemos y enseñamos que el Ministerio Público de la Palabra y los
Sacramentos es un Orden Sagrado, divinum ordinem sacerdotum, el cual,
ejercido por Obispos y Pastores debe ser profesado por hombres (no por
mujeres, I Cor., 14.34-36; I Tim., 2.11-12,) cuyas calificaciones y
funciones oficiales están exactamente definidas en la Sagrada Escritura.
Ellos, como instrumentos del mismo Cristo, predican la Palabra de Dios y
administran los Santos Sacramentos, por mandato y en el nombre de
Cristo, para servir tanto al Señor, como a Su rebaño. Las iglesias
particulares, cuyo cimiento, — bajo la Única Cabeza de la Iglesia, el
Señor Cristo, que las gobierna por Su Palabra y los Sacramentos, — se
sustenta en la comunión de los santos electos escondidos* en ella, son
soberanas en virtud del Oficio de las Llaves que las engendra y las
sostiene; y lo son, asimismo, por su derecho a la custodia y resguardo
de la doctrina, discerniendo entre los Apóstoles de Cristo y los falsos
profetas.
* Cuando decimos escondido, aludimos a la doctrina,
según la cual la iglesia, el Ministerio, aún las glorias de Cristo,
permanecen escondidas o encubiertas, ocultas a la carne y el mundo, ya
que solamente son percibidas por la fe.
10. En tanto sin hesitar
establecemos lo expuesto en el párrafo anterior, rechazamos la herejía
de algunos, quienes, siguiendo a los funcionalistas, y otros erroristas
‘auto-gobernados,’ asumen el Sacro Ministerio como la mera y regular
transferencia de los privilegios de un ‘sacerdocio general de los
creyentes’ [*] a un hombre entre ellos, para actuar como Ministro in
nomine nostro. Los Apóstoles fueron los primeros Pastores; ellos no
recibieron su autoridad de la Iglesia Externa, desde que esta no existía
en aquel tiempo, mas fueron llamados y ordenados por el Señor Cristo en
persona, Math., 10.1; Juan, 20.21—23; Math., 28.18—20; Ver Math.,
26.26—27; Luc., 22.19; I Tim., 1 con Tito, 4—5. Los Pastores Cristianos,
así pues, no son los mandatarios del pueblo, mas hombres enviados por
Dios. Por doquiera en el Nuevo Testamento observamos que el Santo Oficio
del Ministerio público, engendra las iglesias o cofradías, y nunca que
el Oficio sea una mera transferencia de derechos congregacionales y
poderes plenarios, ni que las iglesias confieren el Oficio. Éste se
eleva en medio de la Iglesia como un árbol fructuoso que posee semillas
en sí mismo. En tanto el examen y la ordenación permanecen en manos del
Presbyterium, (los Pastores,) es correcto, y así debe ser sostenido, que
el Oficio, que coexiste con la Palabra, se completa y propaga a sí
mismo de persona a persona, y de generación en generación. Aquellos que
lo poseen lo traducen a otros; y aquel a quien sus Ministros lo
traspasan, lo posee como viniendo de Dios. El Oficio es una corriente de
bendiciones que derrama la fragancia y el bálsamo de Cristo desde los
Apóstoles a sus discípulos, y desde estos hasta la consumación de los
siglos, según la promesa del Señor: que las puertas del infierno no han
de prevalecer contra Su iglesia; Math., 16.18; 28.19—20.
[*] La
expresión rendida como ‘reino de sacerdotes’ (Gr. basileion hierateuma)
en I Pedro, 2.9 debiera traducirse como ‘los santificados o sacralizados
del reino’ que reciben, antes que dar, de la plenitud del Cristo
Sacerdos in Aeternum, así como son el genus escogido del Padre, hacia la
nación santa, ethnos agion, en la obra del Santo Espíritu; ~ para
consumarse en este pueblo peculiar, (o mejor, redimido,) laós eis
peripoiesin, propiedad de Dios en el cumplimiento esjatológico.
11.
Advertimos de qué distinto modo procede la elección de los Diáconos
(Hechos, 6,) si la comparamos con aquella de los Pastores. En el caso de
estos últimos, la iglesia no es llamada en consulta; queda enteramente
en manos de los Apóstoles y Evangelistas proveer el llamado; y ellos,
según su discreción, y de acuerdo a como lo requiera la circunstancia,
buscan el consejo de la congregación, o de miembros individuales. Por
otra parte, en la elección del Diaconado, toda la congregación es
llamada a una; el designio es expuesto delante de ella – aun cuando, es
verdad, en la forma de un mandato, pues los Apóstoles son los
representantes del Señor – y ella expresa y testifica su aprobación.
Entonces, ¿cómo son escogidos los Diáconos? Siguiendo la norma de
calificación ofrecida por los Apóstoles, es la congregación quien los
selecciona, llevándolos delante de los Apóstoles, para que ellos los
ordenen. Podemos llamar al Presbyterium una humilde, sabia y paternal
aunque sacra aristocracia de la Iglesia, en tanto en la elección de los
Diáconos se observa un cierto criterio de autonomía.
Comentarios:
Así, teólogos ortodoxos; Hollaz (Examen Theologicum Acroamaticum,
1277;) ‘La Iglesia Colectiva (ecclesia synthetica, apo tes suntheseos,
de la colección o reunión de todos sus miembros vivientes, que forman el
Cuerpo Místico) es la Iglesia considerada colectivamente, consistiendo
en Maestros y alumnos, reunidos por el lazo de una misma fe; y se le
llama Iglesia Colectiva para distinguirla de la Iglesia Representativa
(Mat., 18.16-17,) la cual es, en esencia, la asamblea de los Ministros,
Sacerdotes, o Maestros Cristianos formalmente reunidos con el propósito
de dirimir cuestiones inherentes a la doctrina de la fe, y su práctica.’
(Quenstedt, Theologia Didactico-Polemica; IV, 478;) ‘En tanto y cuanto
ellos están capacitados para representar y explicar la doctrina pública
de la Iglesia más plena y correctamente, que lo que puedan hacerlo los
alumnos solamente, sin sus Maestros.’ El asunto que consideramos aquí
es, enunciado de manera más general, el siguiente; ‘¿A quien corresponde
el gobierno de la Iglesia?’ A esto responde Hutter (Loc. Com. Th.,
568): ‘Nosotros enseñamos que la forma aristocrática de gobierno es la
mejor, y que ella se corresponde con la mayor propiedad a la Iglesia
Militante sobre esta tierra.’ Más acertadamente: ‘Creemos que esta es la
mejor y más propicia y ventajosa entre todas las formas de Gobierno
Eclesiástico, si la Iglesia permanece unida en la unidad de la fe y del
Espíritu en un Cuerpo Místico, bajo una Cabeza Universal, Cristo, y bajo
un idéntico Ministerio de Maestros, o Pastores, u Obispos de la
Iglesia.’ Y luego procede Hutter (581): ‘La pregunta es, Si la forma
monárquica de gobierno no puede concurrir, ¿cuál forma, por lo tanto, es
conveniente a la Iglesia?’ – y responde, ‘Estimo que debemos replicar a
esta cuestión en un estilo no decididamente categórico; mas debiéramos
proceder en cuanto a ella de modo específico, según la triple
correlación que sostiene la Iglesia. Pues (1.) la Iglesia debiera ser
considerada con respecto a su Suprema y Única Cabeza, la cual es,
únicamente, Cristo Jesús. De esta forma, reconocemos que el gobierno de
la Iglesia es pura y absolutamente monárquico. Otra vez (2.) la Iglesia
debiera ser considerada con relación a su Cuerpo Místico, el cual crece
en concierto en el pleno organismo de los creyentes, llamados a
conformar un mismo cuerpo, animados por un mismo Espíritu. Ahora, en
tanto en la elección y llamado de los Ministros, las oraciones y
sufragios de todos los creyentes y los del triple orden jerárquico son
requeridos [en una operación que comprende el examen de parte del
Presbyterium; la elección o Axios de la iglesia, y la sagrada
ordenación, practicada por un Obispo;] así, de un mismo modo, los
privilegios, beneficios, derechos y dignidades de la Iglesia no se
restringen o confinan a este o aquel orden solamente, o a este o aquel
hombre, más fueron transmitidos y encargados por Cristo y los Apóstoles a
toda la Iglesia. Por último (3.) la Iglesia debe ser considerada,
asimismo, con respecto a sus Obispos y Pastores, sin olvidar los
aspectos en que la Iglesia Universal y las iglesias particulares
difieren. Pues una iglesia particular puede tener un Pastor definido.
Pero aquí la cuestión no se vincula con la forma de gobierno de una
iglesia particular, mas con la regla de gobierno de la Iglesia Universal
o Católica; si ella, con relación a sus Pastores y Obispos, es
monárquica, y depende de uno de estos. Aquí mantenemos la negativa, y
creemos y enseñamos que este gobierno es aristocrático, sobre el
fundamento de estos argumentos: (1.) La Iglesia debe ser administrada
del mismo modo en que lo fue la Iglesia Primitiva, por parte de los
Apóstoles. Y los Apóstoles la gobernaron de modo aristocrático. Por lo
tanto, (2.) Aquello que es administrado con recta justicia por unos
pocos, y por ellos como quienes están a cargo, es gobernado de manera
aristocrática. Así la Iglesia es administrada con recta justicia por
unos pocos, que pertenecen a un Orden más elevado. Así pues, (3.) Una
prueba se deriva de la práctica de la Iglesia Primitiva, que fue
gobernada por Obispos. (4.) Y la última prueba puede procurarse por el
común acuerdo de los antiguos... De este modo concluimos nuestra tesis
con este silogismo general: Todo aquello que Dios ha dispuesto, todo lo
que fue siempre observado por los Apóstoles, y confirmado por la
práctica de la Iglesia Primitiva, mostrándose como bueno y propicio para
la Iglesia, esto debe ser estimado como necesario, y por ello debe ser
firmemente retenido por la Iglesia. Pero tal regencia de la Iglesia, con
respecto a los Obispos y Maestros, ha sido aristocrática. Como
corolario, debe loársele como necesario, y retenérselo firmemente, y
jamás debe cambiárselo en una monarquía.’
12. El Ministerio
Público es una ordenanza divina (de iure divino,) al ser el Oficio
propio de Cristo. El Ministerio Público de la Palabra y Sacramentos es
el Oficio más elevado en la iglesia, y la fuente de la cual emanan todos
los otros oficios en la iglesia.
13. Este Ministerio Pastoral
fue instituido por el mismo Señor Jesucristo cuando llamó a los
Apóstoles como los primeros Ministros de Su iglesia y los envió con la
Gran Comisión, ‘Como Mi Padre me ha enviado, así Yo os envío’ (Jn., 20.
21-23;) confirmando luego este Oficio especial a Pedro, ‘Alimenta mis
ovejas... alimenta mis corderos’ (Jn., 21. 15-17.) Ellos no tuvieron
sucesión en sus funciones y poderes extraordinarios (Marc., 3.13-14;
Math., 10.2; Luc., 6.13; Hech., 1.2-25; Rom., 1.5; I Cor., 12.28-29;
Efes., 2.20; II Pedr., 3.2; Apoc., 12.14; I Tim., 2.7; II Tim.,1.11; II
Pedr., 1.1; I Tim., 1.18; II Tim., 1.13; II Tim., 2.2; Math., 28.20; II
Cor., 5.19;) pero en sus funciones y poderes ordinarios y comunicables,
esto es: la predicación del Evangelio, la administración de los
Sacramentos y el ejercicio de la disciplina bíblica, ellos fueron
co-obispos, pastores, ministros, y sacerdotes con los otros ministros
(Hech., 1.20; 5.42; 20.24; Rom., 1.15; Efes., 3.8; 6:19; I Cor., 4.1;
Math., 28.19; I Pedr., 5.1; I Cor., 3.5; 2 Cor., 11.23; Col., 1.7;
23-25; Jn., 21.16,) en quienes quedó establecida su sucesión, que,
esencialmente, es una de doctrina, sin descuidar la histórica.
Comentarios:
1.- El Ministerio y los miembros de nuestra Iglesia han orado y se han
esforzado, a lo largo de los años, en condiciones adversas, para
preservar incorruptible la doctrina del Señor; y así adherimos con
honesta firmeza a la doctrina que Él nos entregó, manteniéndola a salvo
de impurezas ó disminución, como un tesoro Real, sin que nada le sea
agregado, y nada se le quite. La unidad Cristiana es unidad en la
Verdad; no una unidad dependiente de un poder central exterior: es
unidad interior en una misma Fe y un mismo bautismo en la comunión de
fieles y de iglesias. Esta unidad adviene bajo el gobierno del Señor
Cristo en Su Palabra proclamada y los Sacramentos: esencialmente el
Sacramento del Altar, que funda la unidad de la Iglesia al reunir a los
Cristianos con Cristo y a unos con los otros. La Iglesia, así, es una
Sociedad Eucarística, plenamente católica (v.g. ‘la que posee la
plenitud en todo,’) que existe dondequiera que el Santísimo Sacramento y
Augusto Sacrificio se celebre según la institución de Cristo. ‘Pues
allí donde está Cristo, allí está la Iglesia.’ De manera que al aplicar
el término católico, lo hacemos pensando en el milagro viviente de la
unidad de los muchos en uno, por la comunión en los Sacramentos. Y así
como afirmamos que el Oficio del Ministerio es un Orden Sagrado, que
engendra y sostiene a la Iglesia como un árbol a sus frutos, asimismo
enseñamos que si bien nuestros Pastores son Maestros y doctores de la
doctrina, el custodio de la fe no es solamente el Ministerio Público,
mas todos los miembros de la Iglesia. El Pastor proclama; la Iglesia
posee. La constancia invariable y la verdad inequívoca de los dogmas
Cristianos no dependen, finalmente, del Orden jerárquico; son
conservados y custodiados por la totalidad de los fieles, que son el
Cuerpo de Cristo, quien es Cabeza de la Iglesia, y Maestro y Dios de
todos los predestinados. 2.- Superando el ámbito local, la iglesia se
expresa en Concilios. 3.- En la economía del Antiguo Testamento la
sombra o tipo precede al cumplimiento, ó antitipo. Primeramente Dios
establece el culto y el ritual, y su sacerdocio; después, Él viene a
morar por medio y con éstos en Su pueblo (Exod., 29. 44—45.9.) Pero esta
Ley ceremonial típica, ‘no teniendo más que las sombras de los bienes
futuros, y no la realidad misma de las cosas,’ (Hebr., 10.1,) no es la
cosa en sí misma, mas su anticipación, la figura típica. La Escritura
nos enseña que el Señor Cristo ‘abolió aquellos sacrificios para
establecer otro, que es el de Su cuerpo.’ (Hebr., 10.9; 8.) Ahora bien,
en el Nuevo Testamento se modifica el orden; la Encarnación lleva en sí
misma la cosa y la sombra; a partir de la Cruz, la sombra – el ritual y
el Oficio del Ministerio, el sacerdocio – no precede, mas sigue y
procede del Único Sumo Sacerdote, consagrador y sacrificador: nuestro
Señor Jesucristo. Los fieles ya no se congregan en un tabernáculo de
reunión, ‘ni en esta montaña, ni siquiera en Jerusalén,’ mas en Cristo.
La Iglesia, Cuerpo santificador de la Palabra y los Sacramentos, se
diferencia a partir de allí en sus elementos armoniosos (Efes., 4.16.)
El Sagrado Oficio de Cristo, es la Vida de Cristo por nosotros y en
nosotros. La plenitud del Sacerdocio y su Ministerio y la de la Iglesia
toda se halla en Cristo, Quien lo colma todo en todos (Efes., 1.23.)
Esta plenitud tiene su fuente en Cristo, y desde allí, procediendo desde
Su Oficio (justificador y santificador) de la Palabra y los
Sacramentos, la doctrina, la Escritura, el culto divino, florecen y se
fijan gradualmente; y con ellos aparece la iglesia, sólo visible como
tal a la fe y escondida a la carne y al mundo, dando vida al Cuerpo
Místico, acompañado por la presencia invariable del ‘Testigo absoluto,’
Su Espíritu Santo, que revela al Sacerdote Absoluto, el Señor Cristo: Él
no trasmite Su poder personal a los Apóstoles, pues esto implicaría Su
ausencia. La transmisión del Orden Sagrado del Ministerio, pues, procede
por medio de la imposición de manos, pero la causa formal, la comunión
de los dones, es un carisma de Cristo a Sus Ministros. La imposición de
manos incluye; pero el don del Oficio es investido por Cristo sobre Su
siervo. Si hablamos de sucesión apostólica, pues, no hablamos de la
prerrogativa de uno sólo de los Apóstoles (como quería la iglesia de
Roma) ni tampoco de la de un colegio de obispos. La prerrogativa
incomparable, aquí, es la del único Sumo Sacerdote y Sacrificador,
Cristo Jesús. Bien lo afirma la Escritura, el sacerdocio según el Orden
de Melquisedec es uno ‘sin padre, sin madre, sin genealogía,’ (Hebr.,
7.3) — supera cualquier inmanentismo o delegación meramente humana o
histórica. La sucesión apostólica, así, no es meramente una histórica,
mas una de doctrina, la successio doctrinalis. Cristo exhala el poder de
las Llaves sobre los Doce, exponiendo que el origen del Santo
Ministerio es uno solamente divino; ‘No me elegisteis vosotros a Mí, más
Yo os elegí y ordené a vosotros’ San Juan., 15.16. [Cae además aquí el
concepto populista de la asamblea de fieles transfiriendo un supuesto
poder sacerdotal colectivo ‘in nomine nostro.’– Es llamativa la
semejanza de este concepto con aquel por el cual la Revolución Humanista
y Atea enfrentó a los órdenes Monárquicos y Aristocráticos.] – Sin
duda, siempre se espera la aprobación y el Amén de los fieles cuando un
Pastor es instalado, o se consagra al Obispo; mas esto no es sino una
expresión de la theandria, la manifestación armónica de la vida de
Cristo y de las operaciones de la Deidad en Su iglesia, Cuerpo Místico
de Cristo. 4. En este sentido, pues, el Ministro es sacerdote, pues
actúa en lugar y por mandato de Cristo, representando a Cristo, el único
Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento. Y donde hay sacerdote, hay
oblación. Es el Sacramento del Altar donde esta característica es
especialmente axiomática. Allí el Pastor, el Obispo, son consagradores y
sacrificadores.
De la Ecclesia.
14. Creemos, enseñamos y
confesamos que hay una Santa Iglesia Cristiana sobre la tierra, la
Cabeza de la cual es Cristo, la cual es congregada, preservada y
gobernada por Cristo, por medio del Evangelio. Los miembros de la
Iglesia son todos aquellos que viven y mueren creyendo que Dios perdona
sus pecados por causa de Cristo. La Iglesia, pues, en el sentido propio
del término, sólo se compone de los creyentes sinceros. Desde que la fe
no puede ser vista por los hombres mas es conocida solamente por Dios,
enseñamos que la Iglesia Cristiana, por lo tanto, aunque visible, está
escondida del mundo hasta la Segunda Venida de Cristo en gloria y
majestad.
15. Los Medios de Gracia, Palabra y Sacramentos, son,
en sentido estricto, las Marcas de la Iglesia. Desde que, dondequiera el
Evangelio se predica y se administran los Sacramentos, la Iglesia
Escondida de Cristo se halla con seguridad, la predicación del Evangelio
y la administración de los Sacramentos son las marcas infalibles de la
existencia de la iglesia escondida (Hechos, 2. 42; Esa., 5. 10-11;
Marcos, 16.15-16).
16. La Iglesia, pues, aparece en iglesias
particulares o congregaciones, (ecclesia simplex,) engendradas por el
Oficio de la Palabra y de los Sacramentos, las más pequeñas así como las
más grandes, con posesión plena de las Llaves, en la mutua concordia y
jurisdicción de la Jerarquía con los miembros, constituyéndose de este
modo una comunión autocéfala como la legítima posesora de todos los
privilegios y poderes que el Señor inviste sobre Su Iglesia. Sólo en
estas iglesias pueden ser hallados verdaderos creyentes, pues ningún
escogido puede discernirse fuera de la asamblea de aquellos que han sido
llamados.
17. Iglesia ortodoxa: La predicación, enseñanza, y
profesión de la verdad divina en toda su pureza, revelada infalible y
verbalmente en la Sagrada Escritura, y la administración de los
Sacramentos en completo acuerdo con su divina institución, son el
criterio de la verdadera u Ortodoxa Iglesia Visible de Cristo sobre la
Tierra (Juan, 8. 31-32; Mateo, 28.20).
18. Del mismo modo,
creemos y enseñamos que en la enseñanza de la Iglesia, debe siempre
existir una confiable y sincera unidad fundada sobre la Palabra de Dios,
y la santa Tradición, que con ella concuerde. La disciplina bíblica
eclesiástica debe ser ejercida en cada congregación para que se rechace
toda doctrina contraria a las Escrituras, y toda vida de impiedad.
19.
El carácter de ortodoxia de una iglesia se establece no sólo por su
adhesión externa o suscripción a un credo ortodoxo, sino por la doctrina
actualmente predicada en sus púlpitos, en sus instituciones, y en sus
publicaciones.
20. Gobierno eclesiástico: Cristo gobierna Su
Iglesia por medio de Su Palabra y los Sacramentos, a través del
Ministerio de la Palabra y de los Sacramentos, que Él confirió a los
Apóstoles y sucesivamente a Sus Ministros (Obispos, Presbíteros.)
Entendido esto, confesamos la institución divina de la congregación o
iglesia particular.
21. Creemos que el gobierno episcopal, tal
como desde antiguo se ha mantenido en la iglesia, hace al ‘esse’ de
ésta. Y de este modo hemos diseñado el Orden, los Cánones, y el Libro
Viejo-Católico de Oración Común, como regla de nuestra Iglesia.
De la Elección y Predestinación.
22.
Creemos, enseñamos y confesamos que el Señor Dios ha elegido a algunos
de toda eternidad para vida eterna. Él no hizo esto por algo bueno que
haya en nosotros, algo obrado por nosotros, o algo que nos diferencie de
otros hombres. Ha sido solamente por gracia. Debemos saber que Él nos
ha escogido; que, en el tiempo, también nos ha traído a un conocimiento
salvífico en Jesús nuestro Salvador, por medio de la Palabra y los
Sacramentos, proveyendo también con ellos madurez a nuestras vidas
Cristianas, preservándonos en la fe y asegurándonos eterna salvación.
23.
Predestinación significa que Dios nos ha elegido previendo nuestra fe:
no como la causa motivadora o meritoria, desde que somos escogidos en
Cristo nuestro Redentor, mas como instrumento eficiente; en esa manera
según la cual confesamos que la mano del mendigo es eficiente al recibir
el libre don. Así, con toda certeza, sostenemos que Dios, de sola
gracia, nos ha elegido en la presciencia de nuestra fe perseverante
hasta el final.
24. Sí, la Elección es un eterno acto de Dios,
por el cual, según el afecto de Su Voluntad, y solamente por los méritos
de Cristo, Él ha elegido, para vida perdurable, de entre la entera masa
de la humanidad caída, a todos aquellos de quienes ha previsto que, por
los medios de salvación que serían ofrecidos en el tiempo a todos los
hombres, sin distinción, habríamos de creer en Cristo, el Salvador de
toda la humanidad, sinceramente y hasta el fin, de modo que, por Su
decreto infalible e inalterable, seamos salvos para alabanza de Su
gloriosa gracia, Efes., 1.1-5; I Pedro, 1.2, 18-21.
25. El Señor
Dios no ha predestinado a nadie a la condenación. Su Voluntad es que
todos los hombres vengan al arrepentimiento y sean salvos. La doctrina
de la Elección Eterna de Gracia no es Ley, sino Evangelio; así, debe
hacerse uso de ella para el regocijo y la paz de los santos sinceros, a
quienes afligen sus pecados. Por lo tanto, debemos siempre contemplar
esta santa doctrina de las Escrituras desde la cruz de Cristo, y no
solamente desde el veredicto de un decreto eterno.
26. La
Elección de Gracia es la causa por la cual los hombres son traídos a la
fe en Cristo y son salvos por vida y eternidad. No obstante, ella no es
la fuente por la cual otros hombres permanecen incrédulos e impíos luego
de haber escuchado el Evangelio. De acuerdo con las Escrituras, esas
personas se pierden para siempre por juzgarse ellas mismas indignas de
la vida eterna, o resistiendo obstinadamente al Espíritu Santo, al
rechazar el Evangelio en incredulidad; y así son condenadas por su
propia falta.
‡
© 2005. © Mínima Revisión 2021.
Pastor & Gemeindes Versammlumg.
© Actualizada 2008-2021.
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‡
SOLI GLORIA DEO


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